lunes, 11 de junio de 2012

Lobo. Primera lección: pasar desapercibido.
Eso fue lo que sucedió cuando nos encontrábamos en una zona de la Sierra de la Culebra y esperábamos confiados la aparición de tan increíble animal. Sospechábamos donde había un grupo y queríamos verlos entrar a su encame, un valle de robles, escobas y brezos. Las zonas de entrada posibles al valle eran varias pero la que probablemente utilizarían sería un cortafuegos, ya que el lobo intenta minimizar su gasto de energía moviéndose por zonas que le supongan un ahorro, en este caso un cortafuegos.
El lobo tiene un territorio que variará su extensión, sobre todo, en función de la abundancia de comida de la que pueda disponer. Dentro de él se pueden diferenciar varias zonas. Por un lado el dominio vital que sería su zona de campeo y por otro, el hogar, que sería la zona más íntima. Y es esa entrada al hogar la que estábamos observando, esperando que algún lobo llegara a ella.
Los telescopios no quitaban ojo del cortafuegos cuando apareció el primer lobo. Bajó tranquilamente por él, casi siempre van por un lateral evitando el centro del cortafuegos. Esto lo hacen porque por los laterales siempre van a cubierto, por lo menos por un lado y tienen un escape rápido y seguro. Bajó con su andar elegante hasta un punto determinado en el que se salió hacia el valle perdiéndose entre la espesura. A los diez minutos apareció el segundo lobo que hizo el mismo recorrido y pasados veinte minutos un tercer lobo que recorrió exactamente los mismos pasos que los dos anteriores. Todos sabían lo que hacían. Todos habían aprendido desde pequeños por donde ir y como llegar. Los tres eran lobos jóvenes.
Ese aprendizaje de los lobos se hace desde cachorros. Otro de los días que observábamos esa zona pudimos ver al típico cachorro remolón que va por libre y que en muchos casos terminará en problemas. Esta vez era al anochecer y fuimos incapaces de ver a ninguno salir del hogar. El cortafuegos estaba desierto. ¿Cuándo habrían salido? ¿Por donde han pasado? Esas son preguntas que te martillean en muchas ocasiones que vas a intentar observar al lobo.
Estábamos a punto de abandonar cuando nos fijamos que en medio del cortafuegos, detrás de un pequeño brezo, se levantó una figura, era un cachorro. El remolón. Allí estaba. No había marchado con la expedición de aprendizaje. Estaba sólo o por lo menos eso nos pareció, quizás algún subadulto anduviera cerca cuidándolo, si estaba, no lo vimos. El cachorro jugaba, mordía el brezo, saltaba pero no se movía de allí. De repente se tumbó, y se quedó quieto detrás del brezo, parecía una prolongación del arbusto. Nos fijamos y vimos que venía una cierva con su cría del año y del año anterior por el cortafuegos, a unos 50 metros a la izquierda del cachorro.
La cierva paró. Levantó el hocico y venteó. Le olía a lobo pero no lo veía. El olor para ella sería peligroso pero continuó, se arriesgó. Pasaron casi rozando al cachorro que no se movió ni un milímetro. Había aprendido a esconderse. A pasar desapercibido. Esconderse le supondrá en muchas ocasiones salvar la vida.
Cuando los adultos sacan a los cachorros de expedición les enseñan y cuidan constantemente. Así sucedió cuando un buen amigo, en el mismo sitio, volvió para ver si había suerte con el remolón y sus hermanos.
Llegaba la noche y ese día vio salir a unos cuantos. La disposición era la siguiente. En primer lugar avanzaba un lobo adulto. A unos veinte metros, seis cachorros de unos 6 ó 7 meses, todos en fila, uno tras otro. Detrás de ellos un adulto y más atrás, como a unos 20 metros otro adulto. Todos caminaban cortafuegos arriba hasta salir a un camino. Siempre pegados a un lateral. A buen paso. De repente el primer lobo se tumbó y automáticamente todos los demás hicieron lo mismo. Era una señal de peligro. ¿Qué pasaba?
Un coche venía por el camino. No lo podían ver porque había una curva entre ellos pero el primer lobo sabía que venía. Aguantó tumbado hasta que apareció por la curva. Cuando lo vio se lanzó al lado del camino, a la cuneta y se tumbó. Inmediatamente todos los demás hicieron lo mismo. Todos quedaron ocultos en la cuneta, al lado del camino, como si fueran sombras, como integrantes del propio paisaje. El coche pasó a su lado y ninguna de las personas que iban dentro vio ni se enteró de nada. Habían pasado al lado de nueve lobos y no los habían visto.
Los cachorros aprenden a esconderse, a moverse por el campo, a pasar desapercibidos. Aprenden a ser discretos, a no llamar la atención. Lo necesitarán en su dura vida y si no lo aprenden lo pasarán muy mal, y mal, para un lobo, es la muerte…
(La primera y última fotos de esta entrada han sido tomadas en un centro de semicautividad)

4 comentarios:

  1. Un relato elocuente sobre las costumbres de ese enigmático animal, con el que has conseguido mantener nuestra atención desde la primera a la última línea.
    Esas vivencias, que tan bien nos sabes transmitir, nos ayudan a los que no hemos tenido la experiencia a hacernos una idea de cómo podría ser. No dudes en contarnos la siguiente.
    Un saludo desde Pucela.

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  2. Muchas gracias. No tardando mucho contaré otra historia de lobos que espero os guste. Es una satisfacción poder transmitiros mis vivencias. Espero que no tardando mucho podáis verlos y disfrutar de su presencia, merece la pena. Un saludo.

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  3. Interesante entrada. Más le vale pasar desapercibido por la cuenta que le trae.
    Saludos.
    Antonio Córdoba

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    1. Esa es su primera ley. Pasar desapercibido. Gracias por el comentario y un saludo.

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