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lunes, 16 de marzo de 2020

Desde mi ventana I (y los que quedarán).

Mi ventana va a ser durante las próximas semanas mi ventana al mundo, mi ventana a la esperanza, mi ventana a la ilusión, mi ventana a la naturaleza, mi ventana…
Voy a pasar todos los días un rato mirando por mi ventana. Mirando las aves que vuelan libres, que se mueven en busca de pareja, que se mueven en busca de alimento, que cantan, que se pavonean o que se acicalan.
Son tiempos complicados en los que debemos de ser solidarios, en los que debemos respetar las indicaciones que nos dicen, en los que debemos de ayudar y cooperar entre todos para salir de este mal sueño. Tiempos en los que las aves viven su vida, sin preocuparse de nuestros problemas.
Desde mi ventana veo algunos árboles, la catedral de Zamora, tejados y cielo. En este mundo las cigüeñas blancas descansan en la catedral, preparan sus nidos o vuelan rumbo al vertedero mientras los gorriones comunes se persiguen por los tejados o un colirrojo tizón se exhibe sobre un muro moviendo insistentemente su pequeña y rojiza cola.
Es un mundo urbano al que las aves se han adaptado a sobrevivir. Las palomas domésticas están en pleno cortejo, las machos se pavonean y persiguen a las hembras en los tejados o en la catedral pero siempre mirando al cielo, más aún en esta época ya que uno de sus grandes enemigos aparece como una flecha caída del cielo, el halcón peregrino.
El halcón peregrino, cuando comienza la época de cría, aparece por la zona en busca de las palomas de la catedral o de las iglesias cercanas.
En mi día 1 lo he podido ver sobrevolando la zona, esperando una oportunidad. Lo he visto en varias ocasiones cazar sólo o con la pareja. Cuando lo hace en pareja es impresionante ver la estrategia que son capaces de desarrolla, cooperan en busca de un fin común.
Uno de ellos vuela muy bajo sobre los tejados; lo hace de tal manera que las palomas posadas en la iglesia o en la catedral no lo ven venir hasta que está casi encima, momento en el que se asustan y levantan el vuelo. Ahí es cuando la pareja entra en acción, un misil caído del cielo se lanza sobre el grupo de palomas asustadas que vuelan sin orden ni concierto, momento en el que una de ellas se separa o es más lenta, paloma que va a ser objetivo del halcón caído del cielo. Impresionante.
Un macho de mirlo canta altivo mientras un milano negro sobrevuela a dos milanos reales que tienen una escaramuza con constantes caídas, picados y agarradas en el aire; el territorio o la pareja serán las causas de las disputas.
Las grajillas se posan en la cúpula de la catedral mientras varios pardillos se mueven por los tejados y un carbonero común se desgañita en una rama cual cantante lírico que quiera impresionar a su dama. Junto a ellos vuelan las primeras golondrinas y aviones comunes que acaban de llegar de sus cuarteles de invierno para comenzar su temporada de cría.
Una garza real va en dirección a la colonia de cría que tienen en el río Duero mientras varias torcaces vuelan hacia un tejado en el que, sobre una chimenea o en una antena varias tórtolas turcas se acicalan o se exhiben.
Tórtola turca que llegó proveniente de Asia Menor a España en 1960 a Asturias, el primer nido se localizó en 1974 en Santander y desde 1980 se distribuyó por toda la península y Baleares para llegar a Canarias en 1990.
Anochece desde mi ventana. Es el tiempo de los cárabos que se oyen con su canto lastimero muchas noches. Cárabos urbanos que viven en un convento cercano o en el parque del castillo.
Esta ventana va a ser una importante mirada a la naturaleza, a la existencia durante los próximos días, semanas…
Ánimo a todos, cuidarse y mucha paciencia.

jueves, 23 de abril de 2015

Pollos de cárabo y de búho chico.

Hace unos días, en uno de mis paseos por el bosque de Valorio (Zamora), tuve la inmensa suerte de encontrarme con dos polladas de rapaces nocturnas, las primeras que veía este año.
Mimético. Hierático. Está pero parece que no está. Es una prolongación del tronco, es un nudo del árbol. Dormido. Tranquilo. En su posadero diurno. En su bosque. En Valorio. El cárabo es una rapaz nocturna de gran adaptabilidad que tiene una amplia dieta que quizás sea la calve de su éxito. Desde otras aves hasta insectos, mariposas nocturnas, larvas, gusanos, ranas y, sobre todo, micromamíferos forman su dieta habitual.
Ahí está, en su atalaya, en su posadero diurno, en su lugar pero, no está sólo, un rechoncho pollo de ojos grandes, redondos y negros me mira asustado. Está escondido. Agazapado. Está en el suelo. Ha salido del tronco en el que nació, se ha movido por las ramas y ha caído hasta el suelo, debe ocultarse, debe pasar desapercibido e intentar subir a alguna rama, sino lo consigue, se ocultará en la profundidad de las zarzas, donde nadie lo vea. Allí permanecerá oculto, escondido, sin moverse pero al llegar la noche llamará a sus padres que bajarán a darle de comer, a atenderlo, a que continúe vivo.
El adulto cambia de ubicación. Se coloca en una grieta del árbol. Sigue inmutable. Es una parte del árbol, parece la misma madera, su camuflaje es verdaderamente imponente. Su mimetismo es absoluto. Allí permanecerá todo el día hasta que llegue la noche, momento en el que se activará y comenzarán sus movimientos por su territorio, por su bosque y bajará a dar de comer a su pequeño que seguirá en suelo o habrá subido a alguna rama; seguramente tenga más pollos en alguna otra rama o en el hueco en el que nacieron, a todos atenderá, a todos dará de comer.
La luz se apaga. La luna ilumina el bosque y el cárabo despierta. Su canto lastimero retumba en la noche. Su poderosa voz marca su territorio, indica a otros cárabos que él está allí; los habitantes del bosque se ponen en guardia, ha despertado el rey nocturno que comparte territorio con otra de las aves que viven en la noche, el búho chico que también ha tenido pollos.
Una cabeza asomaba entre las ramas del pino. Un búho chico me miraba con sus grandes ojos entre asustado, intrigado y sorprendido. Estaba en el nido. Quieto. Estático. Sin mover ni una sola parte de su cuerpo. 
Muy cerca del nido otro pollo estaba en una rama. Se había movido. Los pollos de búho chico a los pocos días de nacer salen del nido y se van moviendo por las ramas, van andando torpemente, agarrándose con fuerza y, cuando comiencen a pegar aleteos y vuelos cortos, se cambiarán de árbol pero permanecerán en la zona ya que sus padres acudirán a su llamada y les darán de comer allí donde se encuentren.
Los adultos están cerca. Vigilantes. Expectantes observarán todo lo que pasa cerca del nido. Controlarán a a sus pequeños. Observarán ocultos. Entre la espesura. Estarán en el mismo árbol o en alguno cercano sin perderse nada de lo que acontezca donde sus pequeños búhos se encuentren.
Estas no fueron las únicas sorpresas del día ya que también pude observar una preciosa tórtola europea; era la primera vez que veía una en Valorio y dado su enorme descenso en los últimos años supuso una gran alegría poder verla.
Para rematar la mañana, localicé, por primera vez este año, una rata de agua que se movía cautelosa por el arroyo. Nadaba rápidamente hasta que salió del agua, se puso a comer unas pequeñas hojas y desapareció entre la vegetación de la orilla.
La mañana había sido muy fructífera. Había conseguido dar un agradable paseo y poder ver nuevos habitantes del bosque que lucharán por sobrevivir en un mundo lleno de peligros pero muy hermoso. 

viernes, 30 de enero de 2015

Un paseo por el bosque de Valorio.

El bosque de Valorio es el bosque por el que paseamos o hacemos deporte muchos zamoranos. Bosque de unas 80 hectáreas y unos casi tres kilómetros de longitud situado en la misma ciudad de Zamora que a lo largo de los siglos ha ido cambiando sus usos. Desde la Edad Media se conoce su aprovechamiento forestal con replantaciones sucesivas hasta que en 1762 se plantaron los grandes pinos piñoneros que actualmente pueblan el bosque en su parte central.
Entre 1841 y 1852 se reforesta de nuevo y reacondiciona con la construcción del gran paseo de entrada, la Casa del Guarda, el estanque de Los Pinares y la Fuente del León en 1884 siguiendo las ideas románticas de la época. El bosque va perdiendo extensión a lo largo de los siglos y en 1927, con la llegada del tren, termina por configurarse su tamaño actual.
En este bosque hay una gran diversidad de vida que suele pasar desapercibida para la mayoría de la gente que pasea por sus caminos (según los datos de J. Alfredo Hernández, amigo y uno de los mayores conocedores del bosque, por no decir el mayor conocedor, 158 especies de vertebrados lo pueblan). En este bosque me gusta pasear, sobre todo en invierno, en los días de fuertes heladas que cubren el verde intenso que lo alfombra.
Un paseo por el bosque puede deparar un buen puñado de sorpresas que van apareciendo según avanzas entre sus pinos, junto al riachuelo que lo atraviesa o en sus laderas pero, como sucede en muchas ocasiones, hay días que ves muy poco y otros, en cambio, los avistamientos se suceden; así me ocurrió en mi último paseo por el bosque.
La tarde estaba soleada, hacía frío pero el sol era agradable e iluminaba los verdes, los marrones, los ocres y los grises que salpican el bosque.
De todas las aves que pude ver en esa tarde me gustaría destacar algunas de ellas, en primer lugar las tres que pude disfrutar de la familia de los pájaros carpinteros. Pájaros carpinteros que están íntimamente ligados a la madera ya que de ella consiguen alimento y en ella construyen sus nidos. Durante muchos años tuvieron la mala fama de "secar los árboles", nada más lejos de la realidad y que, definitivamente, se ha ido corrigiendo en los últimos tiempos.
En primer lugar el más pequeño, el pico menor, un pequeño habitante del bosque, es el más pequeño de todos los pájaros carpinteros que tenemos en la península ibérica, poco más grande que un gorrión, tan pequeño que pasa totalmente desapercibido en innumerables ocasiones. Tan pequeño que verlo no es nada fácil, es escurridizo y se adapta perfectamente al entorno en el que vive. Lo localicé por el sonido.
Un pequeño repiqueteo sonaba entre los árboles, por el sonido tan bajo, había muchas probabilidades que fuera un pico menor así es que me paré y esperé en silencio a ver de donde provenía; pasados unos minutos el suave repiqueteo volvió lo que me permitió moverme para localizarlo. Después de hacer varias veces la misma operación localicé al pequeño carpintero.
Allí estaba, picoteando en una fina rama, era un macho que se movía sin parar. Se adapta perfectamente al tronco del árbol, sus colores y su pequeño tamaño le hacen pasar casi totalmente desapercibido.
El pico menor ha bajado mucho en su población por varias razones, siendo las más importantes la perdida de su hábitat, la eliminación de troncos caídos y viejos y por malograrse muchas de sus puestas y polladas como le pasó a la pareja que estuve siguiendo esta primavera pasada que, después de dos puestas, no consiguieron sacar ningún pollo. 
El siguiente pájaro carpintero que pude ver, siguiendo su tamaño, fue el pico picapinos que, nuevamente localicé por el sonido de su repiqueteo en uno de los grandes pinos piñoneros de 253 años que se sitúan en el centro del bosque.
El pico picapinos golpeaba fuertemente con su peculiar pico que no tiene totalmente recto, sino que tiene una ligera curva para evitar que se rompa, de este modo transforma cada golpe que da en el árbol en una fuerza de empuje.
Pero si golpea tan fuerte, ¿cómo no le repercute en el cráneo? Esto sucede porque entre el pico y el cráneo está reforzado con un tejido esponjoso y tiene unos músculos que se tensan en contra del sentido de los golpes, de tal manera que absorberá la fuerza del impacto.
El siguiente fue el pito real, el más grande de los tres, que localicé también por el sonido pero esta vez por su fuerte reclamo que resuena en el bosque. 
El pito real es muy territorial y, en esta época, controla su territorio. Estos pájaros conviven con la misma pareja toda su vida permaneciendo separados hasta la época de cría en la que se juntan de nuevo.
Al verlo moverse por el tronco del árbol te das cuenta de que está perfectamente diseñado para vivir en vertical gran parte de su vida, está perfectamente adaptado, se agarraba al árbol con sus dedos dispuestos dos a dos, es decir, dos apuntan hacia adelante y dos hacia atrás, para agarrarse con facilidad, además de la cola tan corta y robusta que apoya contra el tronco para tener mayor estabilidad, es otro punto de apoyo.
Otro de los habitantes que me encontré fue uno ocasional, el picogordo que, en invierno, viene al bosque.
Es un ave curiosa, de cabeza voluminosa, pico grande y fuerte, cuello ancho y cuerpo grueso con alas relativamente cortas que se mueve cautelosamente de un árbol a otro o al suelo en busca de comida donde recogerá las semillas que pueda encontrar.
En su viejo hueco estaba el cárabo. Mimético. Está pero parece que no está. Asomado desde su atalaya. Dormido. Tranquilo. 
En su posadero diurno que cambiará en cuanto se acerque la noche, su día, su momento. Momento que comparte con otro de los habitantes del bosque de Valorio, el búho chico.
Esa tarde pude disfrutar de más habitantes del bosque de Valorio como esta preciosa lavandera blanca enlutada.
La noche se adueñaba poco a poco del día y las sombras comenzaban a engrandecerse por momentos, era hora de marchar, de abandonar este precioso bosque hasta otra ocasión en la que podré disfrutar de sus habitantes que seguían moviéndose en el declinar de la tarde; según marchaba iba recapitulando  algunos de los habitantes del bosque que había podido disfrutar como el mosquitero común, el colirrojo tizón, algún petirrojo, varios zorzales comunes y alirrojos, una preciosa lavandera cascadeña, los fijos mirlos comunes además de herrerillos y carboneros comunes, o algún ánade azulón que se movía por el riachuelo, sin olvidarme del pinzón vulgar, el estornino negro y el gorrión común. Todos habitan este precioso y entrañable bosque que muchos zamoranos llevamos muy dentro de nosotros desde muy pequeños.
En el blog podéis encontrar anteriores entradas sobre el bosque como estas dos que podéis ver pinchando en las siguientes imágenes.
Esta primera habla un poco de la historia y características del bosque.
La segunda es sobre el búho chico y "sus armas".
Espero que los que no las conozcáis las disfrutéis como lo hago yo cuando voy a pasear por sus caminos.

sábado, 22 de marzo de 2014

El cárabo.

Hace un par de semanas nos encontrábamos en una zona céntrica de Zamora ciudad cuando un sonido llamó nuestra atención. Un "houuuuu, ho, ho, ho, houuuuu" resonaba poderosamente en la noche. Nos acercamos al parque y, siguiendo el sonido, localizamos de donde procedía. Un cárabo situado en lo alto de un árbol estaba "como loco" emitiendo su sonido característico pero, para nuestra sorpresa, otro cárabo le contestó y otro y otro...¡cuatro cárabos se encontraban en menos de cien metros en plena ciudad!
El espectáculo era impactante. La fría noche recibía el canto de estos cuatro preciosos cárabos que localizamos rápidamente siguiendo la potencia de su voz. Estuvimos hasta casi la una de la madrugada disfrutando de la exhibición de estas aves de aspecto rechoncho, de voluminosa cabeza, sin "orejas" y poderosa voz.
Durante los siguientes días no los volví a ver juntos pero si a localizar otros (o quizás esos mismos) por separado en las cercanías incluido uno que canta muy cerca de mi ventana muchas noches (en plena ciudad).
Muy cerca de mi casa vive J. Alfredo Hernández que tiene un enorme conocimiento de la fauna zamorana. Oírle hablar es aprender, es empaparte de conocimientos que expresa tranquilamente, de forma clara, precisa y llena de sabiduría. Hablamos sobre ellos. Comentamos qué pueden hacer allí, de donde vienen o cuantos hemos visto. Muy cerca tenemos el Bosque de Valorio en el que también hay cárabos. Cárabos que conoce muy bien Alfredo. Pocas personas conocen tan bien a los habitantes del Bosque de Valorio como él. Bosque de incontables paseos buscando a sus habitantes. Bosque en el que vive el cárabo de la siguiente historia. Pero antes quiero agradecer enormemente a Alfredo su inestimable colaboración para la realización de esta entrada. Sin él hubiera sido imposible.
Mimético. Está pero parece que no está. Asomado desde su atalaya. Dormido. Tranquilo. En su posadero diurno. En su bosque. En Valorio.
Su tranquilidad se vio alterada por un escarabajo carpintero europeo (Xicolopa violacea) que vuela a su alrededor (Gracias, nuevamente, Alfredo por tu ayuda). Se le acerca como un pequeño bombardero. Se le aproxima cauteloso. Se aproxima más y más y más hasta que, para mi sorpresa, se posa encima de él. La reacción fue inmediata. El cárabo se escondió en su agujero como si le hubieran activado un resorte. 
A los pocos minutos volvió a salir. A su posición. A su forma de dormir. A su tranquilidad.
El cárabo es una rapaz nocturna de gran adaptabilidad que tiene una amplia dieta que quizás sea la calve de su éxito. Desde otras aves hasta insectos, mariposas nocturnas, larvas, gusanos, ranas y, sobre todo, micromamíferos forman su dieta habitual.
Vuelve a salir. A colocarse en su posición. Su mimetismo es absoluto. Allí permanecerá todo el día hasta que llegue la noche, momento en el que se activará y comenzarán sus movimientos por su territorio, por su bosque.
La luz se apaga. La luna ilumina el bosque y el cárabo despierta. Su canto lastimero retumba en la noche. Su poderosa voz marca su territorio, indica a otros cárabos que él está allí; los habitantes del bosque se ponen en guardia, ha despertado el rey nocturno del bosque que compartía territorios con una buena población de búho chico que vivía en el Bosque de Valorio pero que desde hace un par de años han ido desapareciendo progresivamente, de una forma extraña, sin una causa aparente.
Adulto de búho chico en el Bosque de Valorio.
Joven búho chico en Valorio.
Pollo de búho chico en el Bosque de Valorio.
Búhos que ya no se ven en el bosque. Búhos que ahora cuesta mucho encontrar. Búhos desaparecidos
Búhos que se han ido esfumando al igual que los autillos y las lechuzas comunes. El cárabo resiste. El cárabo se mantiene. El cárabo sigue en el bosque. Esperemos que los demás tengan otra oportunidad y se recuperen. Esperemos volver a verlos en este rincón tan querido y entrañable de Zamora.