jueves, 14 de marzo de 2019

Una tarde imperial.

El águila imperial ibérica es una de esas especies emblemáticas que se mueven entre el mito, el romanticismo y la realidad. En agosto de 2012 tuve la inmensa suerte de verla por primera vez en mi provincia, Zamora, observación que me impresionó porque la pude ver en un intento de caza; desde ese momento la he visto en diversas ocasiones en diferentes puntos de la provincia y, en el año 2018, se produjo la maravillosa noticia de que, por primera vez, criara en nuestra provincia.
La he visto en diferentes oportunidades durante los últimos años pero la observación de hace unos días fue única y quizás irrepetible. 
Una gran rapaz era acosada por una pareja de cuervos que la atosigaban sin descanso; según nos acercábamos la rapaz empezó a tomar forma, era un águila imperial adulta que volaba cada vez más alto para dejar atrás a los cuervos que la acosaban sin tregua. Se elevó y elevó hasta perderse entre las nubes. Había que esperar a que volviera por la zona.
En la espera apareció otra águila imperial. Allí estaba. Posada en lo alto de una ladera. Majestuosa. Imponente. Observaba su entorno como digna dominadora de todo el valle. Cabeza alta. Porte altivo. Era otra adulta, seguramente la pareja de la anterior que no perdía detalle de su alrededor; en un momento determinado un conejo se movió a su izquierda, conejo que es la base de su alimentación, conejo que salió a la hierba y comenzó a comer tranquilamente sin percatarse del peligro que tenía tan cerca.
Era curioso ver a la presa y a la cazadora, juntos, tan cerca uno del otro. El águila imperial lo miró en varias ocasiones pero no hizo el más mínimo intento de moverse, siguió tranquila, esperando.
Pasados unos minutos la otra águila imperial apareció y se situó junto a ella conformando una estampa espectacular en lo alto del cerro y, ante nuestro asombro, se subió encima de ella y pudimos presenciar una cópula de esta especie tan mítica. No salía de mi asombro. ¿Estábamos viendo una cópula de águila imperial? Así era. Nunca me lo hubiera imaginado pero era cierto, pasados unos segundos se bajó y se quedaron juntas observando su territorio.
El águila imperial ibérica es un mito. Un mito que estuvo a punto de desaparecer, a punto de extinguirse por culpa del hombre. La masacramos hasta casi la extinción; pensemos que en 1974 se localizaron, solamente, 38 parejas.
Las dejamos en su atalaya y continuamos por el camino; pasado un tiempo otra águila imperial se distinguía en el horizonte, no había una, eran otras dos, una pareja en otra ladera que contemplaba la caída del sol. Elegantes, esbeltas e hieráticas observaban desde lo alto. Llevábamos cuatro águilas imperiales adultas y otra de segundo año que volaba en la lejanía. Cinco preciosas e imponentes águilas imperiales. 
La tarde llegaba a su fin. Una tarde memorable en la que habíamos disfrutado de la maravilla de la naturaleza que es esta ave emblemática, ave que apareció para la ornitología en la parte final del romanticismo europeo, en 1861, en el boletín de actas de la XIII Reunión de la Sociedad Ornitológica de Alemania donde Ludwig Brehm hizo“la primera descripción para la ciencia de una nueva especie de águila y la propuesta de que se denomine águila del príncipe Adalberto, con el nombre científico de Aquila adalberti, en homenaje a S.A.R. el príncipe Adalberto de Baviera (1828-1875)”  (texto extraído del libro “El águila imperial ibérica” de Luis Mariano González y Andoni Canela).
En el mismo libro podemos leer: “ Ludwig Brehm describió esta nueva especie de águila basándose en cinco ejemplares obtenidos por su hijo Reinhold en 1860 y 1861 en Madrid. En la publicación compara su plumaje y medidas con los de otras águilas con las que podía confundirse, como el águila rapaz (Aquila rapax) o el águila imperial oriental (Aquila heliaca), y llega a la conclusión de que se trata de una nueva especie diferente”.
En 1957, el fotógrafo Eric Hosking, integrante de la famosa expedición británica al Parque Nacional de Doñana, tomó la primera fotografía conocida de la especie, apareciendo en la revista The Sphere, en National Geographic y en el ABC.
Primera fotografía tomada a una águila imperial ibérica
 por Eric Hosking en 1957 (Parque Nacional de Doñana).
A lo largo de todo el siglo XX la decadencia del águila imperial fue imparable hasta llegar al borde de la extinción pero su lenta recuperación ha sembrado de esperanza su futuro. Si en 1974 se localizaron 38 parejas; en 1986: 106; en 2003:184; en 2008: 251; en 2011: 327 (datos extraídos del libro: “El águila imperial ibérica” de Luis Mariano González y Andoni Canela). Si seguimos en sucesivos años: en 2012: 350 parejas; en 2013: 407 y actualmente se estiman alrededor de 500 parejas reproductoras.
Datos que son lo suficientemente elocuentes como para dar a entender que ha estado al borde de la desaparición y ahora va despuntando muy lentamente.
¿Y en Castilla y León? En la página efe verde el 24 de agosto de 2016 se escribía: “En 2003, cuando la Junta aprobó el Plan de Recuperación, había 22 parejas. La población de águila imperial ibérica registrada en Castilla y León este año (2016) -que supone 89 parejas reproductoras y 112 pollos que han alcanzado la madurez- multiplica ya por cinco las 16 parejas de esta especie que habitaban la región en 1990, cuando se preveía cercana su extinción”.
Águila imperial subadulta. Fotografía tomada
por J. Alfredo Hernaández, al cual le agradezco enormemente
dejarla para ilustrar esta entrada.
Pasados unos días de la observación de esas cinco águilas imperiales he podido ver otra de segundo año en otro punto de la provincia y, J.A Hernández, magnífico conocedor de la fauna zamorana, pudo observar un subadulto mas. Dejemos que esta emblemática ave se recupere, que vuele libre y sin problemas en nuestros campos, es un icono de nuestra fauna que debemos de preservar.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Desmogue a la vista.

Me miran. Observan a ese extraño humano que no se mueve y les hace fotos. Está anocheciendo y salen de sus encames a campo abierto para comer. Inician su larga noche en la que deben de estar alerta ante cualquier peligro que les pueda surgir. Caminan. Se paran. Comen mientras algún miembro del grupo vigila. Está atento. Orejas tiesas. Cabeza arriba. Cuello estirado. Ante cualquier síntoma de peligro avisa a los demás que, rápidamente, dejan de comer y levantan la cabeza para buscar de donde proviene la alerta, el posible peligro.
Es un grupo familiar dirigido por una hembra adulta, la más vieja, la más experta, es la que guiará a este grupo que han pasado el invierno juntos. Junto a ella irán sus crías de los últimos dos o tres años. Incluidos los machos jóvenes de menos de tres años. Esa hembra es la que decidirá por donde hay que moverse, comer e incluso hacia donde hay que huir ante la presencia de un depredador.
En el pequeño grupo hay varios varetos, machos de un año cuya cuerna son dos largas varas, sin puntas y varios machos jóvenes de dos o tres años que ya tiene algunas puntas en la cuerna; cuerna que está apunto de caerse, el desmogue está muy cerca.
Pasado el tiempo de berrea llegamos hasta, aproximadamente, mediados de marzo, donde las cuernas, que ya han perdido su función, se caerán y lo harán de una manera alterna, es decir, es prácticamente imposible que se caigan las dos a la vez. 
Un golpe con una rama, un enganchón con un brezo o una fuerza en un giro harán que una cuerna se caiga; pasadas horas o días la otra cuerna también se caerá; por eso es muy, pero que muy difícil encontrarse juntas las dos cuernas del mismo ciervo.
En la naturaleza nada se desperdicia y, una cuerna caída en el monte, es algo demasiado apetecible tanto para los humanos (se venden para diferentes usos) como para los animales para pasar desapercibida. Las cuernas están compuestas, fundamentalmente, por sales minerales (calcio, sodio, potasio, hierro,…). Sales minerales que no se encuentran fácilmente en el monte y son básicas para el buen estado físico de cualquier animal, por lo tanto, una cuerna, que contiene un buen número de ellas se convierte rápidamente en algo muy apetecible para multitud de animales que encuentran en ella un suplemento alimenticio básico para su vida.
He visto lamer cuernas a ciervos, a jabalís machacarlas, incluso, los lobos, las muerden y las van comiendo lentamente. Todo se aprovecha.
Estaban inquietos. Ese humano llevaba demasiado tiempo observándolos. Había llegado la hora de volver a la profundidad del bosque. La hembra líder comenzó a moverse más deprisa hacia el espeso robledal, detrás de ella el resto de miembros del grupo la seguían en fila. Todos siguieron a la hembra sin dudarlo y se perdieron entre los robles, las escobas y los brezos.
En los siguientes días esos varetos y jóvenes machos perderán sus preciadas cuernas y comenzará el increíble y extraordinario proceso de creación de unas nuevas que, en escasos cinco meses, volverán a lucir orgullosos en el bosque.

lunes, 25 de febrero de 2019

Un anillador y muchos ojos...

Las gaviotas sombrías son de las consideradas gaviotas “grandes” que consiguen su plumaje de adulto a los cuatro años de edad. Es una gaviota cuyo “plumaje definitivo es completamente blanco en las regiones ventrales y de un intenso color gris en las dorsales, en tanto que las patas y el pico resultan de un vivo color amarillo, al igual que el iris, que luce un anillo ocular rojo…Realizan tres mudas en sucesivos veranos, hasta alcanzar en su cuarto año de vida un plumaje prácticamente idéntico al del adulto, con ligeras diferencias que desaparecerán tras la muda del año siguiente.” (SeoBirdLife).
Una de estas gaviotas sombrías es la S.ABN que, desde su primer año de vida, se ha desplazado hasta nuestra tierra en su migración invernal. 
Una anilla es como si fuera el DNI del ave que la lleva. Esa anilla llevará un número y un remite nacional que servirá para saber todos los datos de esa ave. Pero no solamente es importante anillar al ave sino que es tan importante o más, intentar seguir sus evoluciones, es decir, saber a dónde va, qué distancia recorre, cuáles son sus rutas y eso se hace mediante la comunicación de todos aquellos que la ven en un lugar, leen la anilla y lo comunican. Con la documentación de esos avistamientos se pueden saber sus rutas migratorias, su longevidad o sus desplazamientos.
Esto es lo que ha sucedido con esta gaviota sombría. Cada vez que ha sido vista se le ha comunicado a su anillador que, muy amablemente, siempre contesta de forma rápida y eficiente (algo que es de agradecer). Cada avistamiento comunicado supone para él una serie de datos que van dando forma a la vida de la gaviota que anilló. Poco a poco irá conociendo su ruta migratoria y conformará un mapa de datos que crecerán con cada comunicación.
El hecho de estar anillada y venir al mismo lugar desde que realizó la primera migración me ha permitido seguirla y tener todas las mudas que ha realizado hasta su plumaje actual, plumaje en su cuarto año de vida pero, vayamos por partes, y empecemos por el principio.
10-julio-2015: anillamiento en Zaandammerpolder (Holanda).
Juvenil y primer año de vida: esta gaviota sombría nació en Holanda y fue anillada como pollo el 10 de julio de 2015 por Kees Camphuysen. El 4 de febrero de 2016 fue vista por Miguel Rodríguez, gran ornitólogo y futuro magnífico biólogo en el vertedero de Gomecello (Salamanca) donde desde hace varios años controla los movimientos de todas las aves que por allí pasan, elaborando un exhaustivo y magnífico trabajo de recopilación de datos y avistamientos de diferentes y raras especies de gaviotas. En este lugar permaneció hasta el 1 de abril.
19-marzo-2016: Gomecello (Salamanca).
1-noviembre-2016: le Sable d' Olonne (Francia).
7-diciembre-2016: Gomecello (Salamanca).
Segundo año de vida: su siguiente observación es Holanda a la que volvió a pasar el verano y donde todavía se le vio el 12 de octubre de 2016. Quince días después había comenzado, nuevamente, su viaje de invernada hacia el sur y fue vista en Les Sables (Francia) donde haría un alto en el camino para descansar y alimentarse para así alcanzar el 14 de noviembre su lugar de invernada, otra vez Gomecello (Salamanca) donde Miguel Rodríguez la estuvo controlando hasta el 10 de febrero de 2017 en el que se mueve y viene hasta Zamora, donde la veo en febrero y marzo de 2017.
19-noviembre-2016: Gomecello (Salamanca).
28-febrero-2017: Río Duero (Zamora).
Tercer año de vida: volvió a Holanda, donde pasó el verano. Se la vuelve a ver en un nuevo viaje hacia el sur desde su lugar de nacimiento; el 9 de noviembre de 2017 en la playa de San Lorenzo (Gijón) por Iván Díaz para, 9 días después, regresar a Gomecello.
Ha sido fiel a su lugar de invernada. Ha vuelto a Salamanca y Zamora donde la pude ver en diciembre de 2017; Miguel Rodríguez la puede controlar hasta finales de febrero de 2018 moviéndose entre entre los vertederos de las dos ciudades. Termina su invernada y vuelve a Holanda, donde se la ve hasta el 19 de octubre.
9-noviembre-2017: Playa de San Lorenzo (Gijón).
18-noviembre-2017: Gomecello (Salamanca).
16-diciembre-2017: Río Duero (Zamora).
Cuarto año de vida: entramos en su cuarto año. En octubre de 2018 continúa en Holanda pero, fiel a sus costumbres, vuelve a aparecer en Zamora donde la veo entre diciembre de 2018 y febrero de 2019.
10-octubre-2018: Katwijk (Holanda).
9-febrero-2019: vertedero de Zamora.
Como se puede ver su movimiento de migración sigue el mismo patrón año tras año. En Holanda pasa desde aproximadamente abril hasta mediados de octubre donde comienza su viaje al sur, pasando (en su ida o vuelta) por Las Landas en Francia y Gijón (Asturias) para recalar en Salmanca y Zamora donde permanecerá hasta marzo-abril que nuevamente iniciará el camino de vuelta hasta Holanda.
También se puede comprobar perfectamente la evolución de su plumaje desde el juvenil hasta casi adulto en su cuarto año de vida e incluso ver su estado físico ya que la pude ver el 31 de diciembre de 2018 con una gran cojera, prácticamente no apoyaba la pata izquierda y, el 9 de febrero, seguía coja pero bastante menos. Esperemos que su historial siga creciendo y el invierno próximo vuelva a recalar entre nosotros.
Esta es la historia de la gaviota sombría S.ABN. Historia que sería imposible recrear sin la inestimable colaboración de todos aquellos que la ven, a ellos va dedicada esta entrada y a su anillador, Kees Camphuysen, al cual quiero agradecer su amabilidad y predisposición en todo momento.

sábado, 9 de febrero de 2019

Y la loba los movió...

Hay momentos que te regala la naturaleza que recordarás toda la vida y este que voy a contar es uno de ellos. Todo comenzó una agradable mañana en la que el viento del norte arreciaba y la sensación de frío se hacía patente. Guantes, gorro y braga eran indispensables cuando las primeras luces comenzaban a iluminar el gran valle de la sierra. Los ciervos no se hicieron esperar moviéndose lentamente entre los brezos y las altas hierbas que se movían suavemente como mecidas por la caricia del viento mientras, varios corzos, comían plácidamente.
Al poco de comenzar la búsqueda aparecieron. Cuatro preciosos cachorros de lobo ibérico subieron a unas rocas en las que la rojiza luz de la mañana los iluminaba mostrando toda su belleza. Allí estaban. Quietos. Observando el valle que se abría ante ellos. Tenían entre cuatro y cinco meses. Estaban muy grandes pero, quizás, lo que más destacaría de ellos  sería su osadía y desparpajo para moverse por una parte de su territorio en un constante descubrimiento del lugar en el que han nacido y, poco a poco, van conociendo.
Bajaron de las rocas. Atravesaron el brezal y llegaron a un camino, siempre es mejor andar por caminos ya que gastarán menos energía y, la energía, en un lobo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Avanzaban a buen ritmo pero eso no quitaba que de vez en cuando se pararan a jugar, a revolcarse unos encima de otros o a perseguirse. Subieron valle arriba hasta que llegaron a otro camino y allí apareció un adulto que no había visto en ningún momento y, estoy absolutamente seguro, que iba con ellos, vigilándolos, controlando sus movimientos.
¿Por qué se dejaba ver ahora? Pronto lo supe ya que, no muy lejos, tras una curva que yo no veía, apareció una señora andando. El lobo adulto, la niñera de los cuatro cachorros surgió del brezal y, acto seguido, los cuatro pequeños se ocultaron entre los brezos, quedando dos a un lado del camino y los otros dos al otro lado.
La señora caminaba tranquilamente en su paseo matutino sin ni siquiera imaginar que iba a pasar entre cinco lobos. Avanzó y llegó a la altura de los lobos que no se movieron, solamente la observaban ocultos en la espesura del brezal. La mujer pasó entre ellos sin enterarse de nada. Continuó su camino. Los cachorros no se movieron hasta que el adulto no salió al medio del camino y comprobó que el peligro había pasado, tras lo cual volvieron a juntarse para continuar su exploración y el adulto volvió a desaparecer.
Después de una hora y media de juegos y carreras tocaba volver e hicieron el mismo trayecto pero en sentido inverso hasta las rocas en los que los había visto a primera hora de la mañana. Dos lobos adultos aparecieron detrás de ellos, dos lobos grandes y fuertes que les iban vigilando a cierta distancia. Todos se juntaron y desaparecieron.
Me podía dar por contento pero, lo que hubiera sido un gran día, se convirtió en un día memorable. Después de más de una hora sin que volvieran a aparecer, un lobo adulto surgió de la espesura del brezal y detrás de él uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…¡ocho preciosos cachorros! que caminaban en fila india detrás del lobo que, seguramente, fuera su madre. Los estaba moviendo. Estaba trasladando a toda la camada desde su lugar de encame hasta un nuevo espacio en el que se sintiera más segura.
Iban a buen ritmo. La loba caminaba rápido, a buen paso, paso que seguían sin problema los cuatro cachorros que había visto desde el amanecer pero que otros cuatro cachorros, mucho más pequeños, les costaba seguir, sobre todo a uno que se quedaba demasiado rezagado y le costaba más avanzar. Cuando se iban quedando atrás, la loba aminoraba la marcha e incluso se paraba y miraba hasta que todos los cachorros llegaban a su altura o se volvía hacia los últimos, los más pequeños, metiéndoles prisa con pequeños toques del hocico en sus cuartos traseros para que aceleraran. Quería llegar cuanto antes a su nuevo destino, a su nueva ubicación.
Cuando mueven de esta forma a los cachorros suele ser la madre la que dirige toda la operación pero acompañada por algún otro adulto que irá un poco más rezagado como así iban otros dos lobos adultos que pareciera les cubrían las espaldas; en ningún momento se les acercaron, simplemente les acompañaban desde la distancia.
La loba avanzaba a buen ritmo en una maravillosa fila india que buscaba la protección de otro encame. Cuando una loba se siente amenazada mueve inmediatamente a sus cachorros pero hay veces que los mueven, simplemente, para enseñarles otra parte de su territorio.
La larga fila avanzó entre brezos y carqueisas hasta lo más espeso de un enorme brezal en el que se ocultaron a los ojos del mundo. Desaparecieron mientras una gran sonrisa iluminaba mi cara ante la maravilla que había presenciado en más de dos horas y media disfrutando del lobo ibérico, animal mítico, odiado, amado, animal que no admite medias tintas, o lo amas o lo odias.
La mañana terminaba. Inicié el camino de vuelta pero, el día no dejaría de sorprenderme, según me dirigía a casa, otro lobo cruzó delante mío ante mi más absoluta incredulidad. Había pasado a escasos metros, a buen trote, al trote lobero con el que recorre grandes distancias y que me mostró en todo su esplendor y elegancia así como su desparparjo y curiosidad ya que se paró tranquilo, se giró lentamente y me miró con sus preciosos e inquietantes ojos de color miel que se te clavan en la mente y que es imposible dejar de mirar hasta que él retire la mirada. Fueron unos segundos que hicieron que el tiempo se detuviera hasta que continuó su camino. Llegué a casa y comencé a escribir estas líneas para guardar para siempre esta increíble observación que quedará grabada, sin lugar a dudas, en mi mente, de donde surgirá cada cierto tiempo para poder contarla y seguir sonriendo.

domingo, 27 de enero de 2019

Gaviota cana en Zamora.

Este invierno he ido varias veces hasta el Centro de Residuos Urbanos de Zamora en el que, actualmente, las cigüeñas blancas son las reinas del lugar con unos 400-500 ejemplares (el día que más he podido ver rondarían los 700 ejemplares), seguidas de un grupo de gaviotas reidoras que ronda entre 350-400 pero también se puede ver garcilla bueyera, milano real, busardo ratonero, garza real y multitud de pequeños pajarillos como estorninos pintos y negros, lavanderas blancas, gorriones comunes, sin olvidarnos de los cuervos, grajillas o cornejas.
La presencia de “gaviotas grandes” está siendo realmente escasa; el día que más he podido observar había entre 20-25 ejemplares (y ha sido un sólo día). Números muy bajos en relación a otras temporadas y, no digamos, a hace unos años en los que se podían observar varios miles entre sombrías y reidoras.
La comida está en la mesa, solamente hay que cogerla y eso es lo que hacen estas aves que se alimentan día tras día en este lugar.
Entre este número de visitantes surgen historias a través de la lectura de anillas y apariciones de especies muy poco habituales en nuestra provincia como sucedió el pasado día 12 con la aparición de una gaviota cana adulta que según los datos del magnífico ornitólogo zamorano Alfonso Rodrigo es la observación número 22 y el ejemplar 25 para la provincia de Zamora.
Esta gaviota cana es la segunda que he podido ver en el vertedero; la anterior fue un ejemplar de primer invierno el 10 de noviembre de 2012 identificada por el Miguel Rodríguez, joven ornitólogo salmantino de enorme sabiduría y amabilidad.
Es la que se encuentra a la derecha con las patas en el agua.
También, en este invierno, he podido ver otra gaviota cana de primer invierno en las Lagunas de Villafáfila donde ha permanecido varios días. Gaviotas canas que invernan en diferentes partes de nuestro país (donde no crían) provenientes del norte de Rusia, países escandinavos y las colonias más cercanas de Gran Bretaña, Holanda y Alemania.
La gaviota cana es una gaviota que alcanza el plumaje de adulto al tercer año de vida, de tamaño un poco más grande que una gaviota reidora y aspecto frágil y elegante se deja ver muy poco por nuestra provincia y siempre es una enorme alegría poder disfrutarla.
La identificación de gaviotas me parece verdaderamente muy complicada y admiro profundamente a los que son capaces de hacerlo ya que, como sabéis, además del plumaje de las adultas hay una enorme variabilidad en las diferentes edades de una misma gaviota, lo que hace que, su identificación, sea muy complicada.
Gaviota reidora TPA9.
En el mismo grupo que se encontraba esta gaviota cana pude localizar una gaviota reidora anillada, la TPA9 anillada el 6-1-2018 en Polonia, siendo esta su primera observación fuera de su lugar de origen donde se había visto en una ocasión (6-12-2018); gaviota que ha recorrido más de 2.000 km para llegar hasta nuestra provincia.
Hablar de las cigüeñas del vertedero daría para muchas entradas así es que solamente voy a dar un par de pinceladas de algunas de ellas y me reservo otras historias para futuras entradas. Este año estoy viendo un grupo de cigüeñas blancas de considerable edad: la L|W6 nacida en 1996, la L|W9 de 1997 o las X|8X, 1C07 y 2316 todas de 1999; es decir cigüeñas de 23, 22 y 20 años, verdaderas supervivientes. Todas anilladas en la provincia de Zamora por Jesús Ucero (la primera) y Pablo Santos que regresan a su lugar de nacimiento para criar.
Cigüeña blanca con anilla X|8X de 20 años de edad.
Cigüeña blanca con anilla 1C07 de 20 años
que sigue criando en una iglesia de Zamora.
También he podido ver tres cigüeñas anilladas en Alemania de las cuales solamente he conseguido datos de una de ellas; la DER-AL729 anillada el 10-6-2014 por Manfred Conrad. De las otras dos, una de ellas, la DEW-5T418 lleva en el vertedero desde el 6 de octubre que la vi por primera vez; la otra cigüeña con la anilla: DEW-5T488 apareció el pasado día 23 de enero.
En esta imagen se pueden ver estas dos cigüeñas anilladas en Alemania
junto con otra anillada en Zamora.
Espero que en próximos días comiencen a aparecer algunos grupos de “gaviotas grandes” que, en los últimos dos años, parece que les ha dejado de interesar venir hasta el Centro de Residuos Urbanos de Zamora. Una lastima.

viernes, 18 de enero de 2019

Últimos coletazos de la invernada de ánsar común en Villafáfila.

Lo que era una tendencia acusada, el enorme declive de la invernada de ánsares comunes, se ha confirmado definitivamente: la invernada de ánsares es prácticamente historia. Es una verdadera pena que esté dando sus últimos coletazos, si no los ha dado ya.
Se está terminando como comenzó, lenta pero inexorablemente. La invernada regular de los ánsares comunes en las Lagunas de Villafáfila es relativamente reciente, en el libro: "El ánsar campestre y el ánsar común en Castilla y León” de M .Rodríguez y J. Palacios se dice: 
“1º.-Entre 1963 y 1973 las Lagunas de Villafáfila son un punto de parada en las migraciones invernales tal y como reflejaba F. Bernis en su estudio sobre el ánsar en 1965.
2º.- Entre 1975 y 1981 los censos dan un número de ejemplares inferior a 1.000.
3º.- De 1982 a 1985 invernan más de 2.000 ánsares.
4º.- A partir de 1985 invernan más de 4.000 ánsares.
5º.- En 1988 se supera por primera vez la cifra de 8.000 gansos.
6º.- En 1991 la cifra de Ánsares Comunes en Villafáfila supera los 23.000 ejemplares.”
Es decir, hasta mediados de los años setenta del s.XX, los ánsares comunes pasaban por las Lagunas de Villafáfila, era un lugar de paso, de descanso o alimentación en el que permanecían relativamente poco tiempo. Es, a partir de esos años setenta, cuando comienzan a quedarse a pasar el invierno; comenzando así la invernada del ánsar común que fue aumentando paulativamente su número hasta llegar a su tope máximo en 1999 con 39.296 ejemplares que pasaban el invierno en las lagunas.
En el siguiente cuadro se puede apreciar su evolución: 
Año
Ánsar común
Año
Ánsar común
1979
88
1999
39.296
1980
350
2000
32.690
1981
846
2001
29.779
1982
3.386
2002
23.287
1983
2.400
2003
27.345
1984
3.943
2004
25.897
1985
4.450
2005
22.833
1986
5.100
2006
24.023
1987
11.770
2007
18.588
1988
12.872
2008
15.537
1989
10.219
2009
14.000
1990
17.375
2010
14.181 (media)
1991
23.560
2011

1992
13.088
2012
15.121
1993
18.668
2013
9.000
1994
22.978
2014
12.000
1995
20.264
2015
5.300
1996
24.728
2016
7.476 (14-12-2016)
1997
24.202
2017
5.200
1998
34.755
2018
1.600 (15-12-2018)
2.488 (15-1-2019)
 (Datos extraídos de los censos realizados en las Lagunas de Villafáfila (mes de enero) y de la “Guía de la fauna de la Reserva Natural Las lagunas de Villafáfila” y “Veinte años de seguimiento de fauna en la Reserva de Villafáfila y su implicación en la conservación” ambos de M. Rodríguez y J. Palacios)
Desde el tope de ejemplares en 1999 el descenso ha sido progresivo. Descenso provocado por diferentes circunstancias  pero que hay que dividirlas en dos grandes bloques.
Podemos distinguir una primera fase que podría llegar hasta 2012, en la que las lagunas de La Nava, Pedraza y Boada se comienzan a recuperar mediante su llenado artificial, lo cual supone que los ánsares que llegaban hasta Villafáfila se reparten entre las diferentes espacios, con lo cual, su número se vio reducido ante la competencia de las otras lagunas que tenían más agua en el momento crucial de la llegada de ánsares desde el norte de Europa.
Una segunda fase desde 2012 hasta la actualidad en la que la bajada ha sido espectacular y dramática. Las causas de este enorme declive son varias pero todas se resumen en una: el cambio climático.
El núcleo principal de ánsares que llegan hasta las Lagunas de Villafáfila proceden de los países nórdicos (Noruega, Suecia, Dinamarca,...) que, antes de llegar hasta nuestra tierra, paran en zonas como Holanda y Alemania donde, cada año que pasa, se quedan más sin bajar hasta España.
Todos estos ánsares que no están viniendo hasta nuestro país lo hacen por dos razones fundamentales; tienen comida en la zona de Alemania y Holanda ya que, grandes extensiones de tierra ganada al mar, se utilizaban para el cultivo de flores y se han abandonado, con lo cual, en esas tierras, crecen los pastos que son alimento para todos estos ánsares que encuentran comida y, además, el invierno, tanto en Alemania como Holanda es, cada año, menos duro, con lo cual, se unen estas dos circunstancias para que miles de ánsares no se muevan de esas zonas y los que bajan desde los países nórdicos se queden, en gran número, también allí.
En el artículo: “Ánsar común – Anser anser (Linnaeus, 1758)” de la “Enciclopedia virtual de los vertebrados españoles” realizado por M. Rodríguez y J. Palacios se dice: “La población del Noroeste de Europa, que es la que inverna en España, es una de las mejor conocidas; su tamaño ha pasado de 30.000 ánsares en la década de 1960, a 120.000-130.000 en la década de 1980 (Madsen, 1991), a 200.000 en la década de 1990, a 600.000 a comienzos del siglo XXI (Fox et al., 2010) y a 900.000-1.200.000 en 2015 (Nagy et al., 2015).
Al mismo tiempo que la población ha crecido, se han establecido nuevas áreas de invernada
que se han expandido hasta el sur de Suecia. Mientras que en la década de 1980 prácticamente toda la población invernante se encontraba en España, en la actualidad más de
la mitad de la población lo hace en Holanda y tan sólo un 20 % en España (Ramo et al., 2015)”.
En el año 2012 se contabilizó la llegada a España de 58.168 ánsares mientras que el año anterior fueron poco más de 100.000. Esos 58.168 ánsares se distribuyeron de la siguiente forma: 21.610 en las marismas de Guadalquivir, 21.437 en las Lagunas de La Nava y Campos y 15.121 acudieron a las lagunas de Villafáfila.
En este año se puede apreciar como confluyen las dos tendencias: la llegada de menos ejemplares desde el norte de Europa y la distribución entre varios lugares de invernada.
Si cada vez vienen hasta nuestras tierras menos ánsares también baja enormemente la probabilidad de que entre ellos aparezca algún otro tipo de ánsar infiltrado que no sea el común como los ánsares campestres, barnaclas cariblancas, ánsares indios, ánsares piquicortos o ánsar chico, incluso algún tarro canelo, barnacla cuellirroja o ánsar nival; los únicos que se siguen viendo con relativa regularidad en números muy variables son los ánsares caretos.
Varios ánsares caretos junto a comunes (diciembre de 2018).
Al igual que las probabilidades de ver alguno de estos infiltrados han bajado exponencialmente lo mismo ha sucedido con los ánsares marcados con un collar. En función de los collares que he visto en los últimos años su evolución ha sido la siguiente:
Año
Collares leídos
Nov. 2012-Feb. 2013
20
Nov. 2013-Feb. 2014
 19
Nov. 2014-Feb. 2015
15
Nov. 2015-Feb. 2016
9
Nov. 2016-Feb. 2017
10
Nov. 2017-Feb. 2018
 12
Nov. 2018 – Ene. 2019
3
 La invernada del ánsar común se muere. Agoniza. Vienen muchos menos y además llegan más tarde y están menos tiempo.
Una forma de saberlo y constatarlo es mediante el estudio de los ánsares marcados con collares. Uno de los objetivos de estos ánsares es estudiar sus movimientos, es decir, saber dónde están, cuanto tiempo pasan en una zona o si viajan hasta España; con unos ejemplos se entenderá perfectamente.
El ánsar con collar BPR que fue marcado en Noruega en el año 2001 ha bajado regularmente hasta la zona de Holanda y después hasta España; un 28 de diciembre se vio en Villafáfila (J.J. Orduña) pero el 8 de enero ya estaba de vuelta en Holanda donde pasará un tiempo para subir nuevamente hasta Noruega.
La historia del ánsar con collar BJ6 es muy ilustrativa de lo que está sucediendo. El 11 de noviembre de 2012 se vio en Holanda y un mes después lo pude observar en Villafáfila pero tres días más tarde, el 25 de diciembre de 2012, estaba de vuelta en Holanda. Había bajado hasta nuestra tierra para estar poco más de un mes y regresar antes de fin de año.
Un tercer ejemplo es el ánsar con collar LUF, anillado en Noruega en 2010, que lo pude observar el 1 de diciembre de 2012 y fue visto por última vez en las Lagunas de Villafáfila el 12 de enero de 2013 (J. Orduña, J.A. Casado, J.M. San Román) para estar de vuelta en Holanda y no se le ha vuelto a ver en España, con lo cual, es muy probable que no haya viajado hasta aquí.
O el GF6 que estuvo un mes en las lagunas de Villafáfila; entre el 27-12-2017 y el 28-1-2018.
A fin de cuentas se ha acortado la distancia de la migración (cada vez es más al norte), más cerca de las áreas de cría y la llegada más temprana a sus zonas de cría (cada vez están menos tiempo en las zonas de invernada).
En las siguientes imágenes extraídas de la página: blessgans.de se puede ver perfectamente como los ánsares marcados en Alemania y Suecia no bajan más al sur de Holanda realizando movimientos migratorios muy cortos e incluso algunos permaneciendo todo el año en un entorno de un radio muy pequeño alrededor de sus zonas de cría.
Movimientos de los ánsares radiomarcados en Alemania entre 2016 y 2019.
Movimientos de los ánsares marcados con radiotransmisor
en Suecia entre 2017 y 2019.
Estamos asistiendo a los últimos coletazos de la invernada del ánsar común en nuestra tierra y es una verdadera lástima. Llegará un momento en el que verlos será considerado algo excepcional como es, ahora mismo, ver un ánsar nival, un ánsar chico o un ánsar piquicorto, sin olvidarnos del ánsar campestre que vivió una decadencia muy parecida, preludio de lo que está sucediendo con los ánsares comunes.