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viernes, 22 de mayo de 2020

Mis primeros paseos por el río.

Mis primeros paseos, en esta fase que nos está tocando vivir, han sido por una zona a la cual le tengo mucho cariño: el río Duero. Paseos al amanecer; momento en el que hay menos movimiento ya que salí una tarde y no me encontré nada bien por la cantidad de gente, pero, sobre todo, por la cantidad de gente que no tiene un ápice de solidaridad, empatía, ni responsabilidad, que no entiende que esto no se ha acabado, que esto depende de nosotros, de nuestro comportamiento que, ahora mismo, no hay ni tratamiento, ni vacuna, que esos cuantos que no respetan las normas nos ponen en peligro a todos, que no recuerdan la gente que ha muerto, la gente que ha trabajado y sigue trabajando en primera línea en condiciones duras y de riesgo, con una enorme carga psicológica…me enervan pero, vayamos al río, a mis paseos matutinos.
Mi infancia y juventud la pasé junto al río. Mis abuelos tenían su casa y, la vieja carpintería de mi abuelo, en una de sus orillas, junto al puente de piedra. Orillas que atesoran una enorme biodiversidad. Orillas que deberían de estar protegidas. Orillas e islas en las que viven habitantes que pasan desapercibidos para la mayoría de los paseantes. Habitantes que nacen, viven, mueren o pasan por este tramo del río Duero a su paso por Zamora.
El río está lleno de vida. La mayoría de sus habitantes están en pleno proceso de cría aunque también hay visitantes ocasionales que están de paso como el precioso charrán común que volaba sobre las aceñas y zudas zamoranas.
Charrán común que, gracias al gran ornitólogo zamorano Alfonso Rodrigo, he sabido que es la cita nº42 para Zamora y el ejemplar nº74 (muchas gracias Alfonso). Charrán que se encontraba en el paso de su migración prenupcial.
Migración desde las costas ecuatoriales de áfrica, zona de invernada, hasta las zonas de cría situadas en las costas europeas. En España cría en puntos muy concretos: Delta del Ebro, La Albufera de Valencia, Las Salinas de Santa Pola y la bahía de Santander.
Una de las aves mas complicadas de ver en el río Duero a su paso por Zamora es el avetorillo. Sigiloso, escurridizo, hierático, mimético...ahí está: asomado al río.
Macho de avetorillo.
Esta época es muy buena para poder verlos ya que se encuentran en pleno cortejo y están más activos; con un poco de ojo y suerte, puedes localizarlos entre los juncos. Puedes escuchar sus sonoros reclamos o verlos trepar por los carrizos para exhibirse ante su pareja que permanece mimetizada en el carrizal.
Hembra de avetorillo.
El avetorillo llega en primavera pero aquí, en Zamora, tenemos la inmensa suerte de que algunos ejemplares permanezcan todo el año entre nosotros.
El talud del río se encuentra agujereado. En su interior tres habitantes diferentes han cavado los túneles que albergan o albergarán a sus pequeños.
El primero de ellos es el más colorido de los habitantes del río: el abejaruco. Ave que es como la paleta de un pintor en la que caben todos los colores posibles. Ave hermosa, llamativa, de aires tropicales que vuela incansable en busca de comida para llevar a la colonia en la que sus pequeños esperan al final del oscuro túnel que ha cavado en el talud del río.
Abejarucos.
El segundo de ellos es el martín pescador. Pequeña flecha azul que pasa velozmente mientras el tercero de ellos, el avión zapador vuela sobre las marrones aguas del río.
El río es canto: carricero común y tordal, ruiseñor común y bastardo, chochín, mirlo. Todos compiten por ver cuál es el canto más hermoso. Cantos suaves, dulces, intensos, con trinos largos, cortos y voces aflautadas que resuenan a lo largo de toda la ribera.
Carricero común.
Chochín.
Ruiseñor común.
Garza real.
Las garzas reales están en sus nidos; las encontramos a unas con pollos grandes, otras incubando e incluso algunas acabando de adecentar su plataforma. Entre ellas se han colado los martinetes que alimentan a sus pequeños cerca de la percha en la que el águila calzada descansa.
Martinete.
Águila calzada.
Somormujo lavanco.
Un milano negro levanta el vuelo de su nido mientras el somormujo lavanco se zambulle ante la atenta mirada de un cormorán grande que se seca al sol. Se escucha el inconfundible canto de la oropéndola que se esconde entre las copas de los árboles y es, por lo menos para mi, muy complicada de fotografiar; parece estar jugando conmigo al gato y al ratón, pero siempre pierdo yo.
Macho de pájaro moscón.
El pájaro moscón recolecta material de los carrizos para construir su precioso e increíble nido. Nido digno del mejor arquitecto. Nido que es, sencillamente, una obra de arte entretejida con ese material arrancado de los juncos.
Vencejo común.
El cielo es un gran baile de aviones comunes, zapadores y roqueros, golondrinas comunes y vencejos comunes que realizan vuelos acrobáticos, rápidos, elegantes, imposibles. Son aves insectívoras. Se alimentan en vuelo y son, insecticidas naturales. Aves que quizás, en muchas ocasiones, no se les ha hecho el caso que merecen, ni se les ha dado la enorme importancia que tienen ya que controlan insectos e incluso evitan la transmisión de enfermedades.
Avión roquero cogiendo material para el nido.
Verderones, verdecillos, jilgueros, mitos, gorriones comunes y molineros, estorninos, azulones, gallinetas, pitos reales, pico menor, cigüeñas… todos están en sus quehaceres, en su vida. El río es vida y esa vida es la que absorbo cada vez que paseo por sus orillas, cada vez que me acerco. Estos días me está dando oxígeno. Gracias río.

viernes, 15 de mayo de 2020

9 años del blog: la mirada del lobo.

Se cumplen 9 años desde que este blog comenzó a andar. 9 años en los que los inicios fueron muy complicados. Quería contar mis propias experiencias, transmitir sentimientos, emociones, inquietudes, valores. Quería dar a conocer la naturaleza que nos rodea para poder valorarla y respetarla.
Nos encontramos en un momento en el que la inmediatez, agilidad y alcance de las redes sociales han ido arrinconando y haciendo que muchos grandes blog hayan desaparecido. Momento en el que los blogs están de capa caída. Momento en el que los blog han ido decayendo pero los que se mantienen siguen siendo una magnífica ventana a la naturaleza, a la difusión de sus valores, a la educación ambiental.
Hace dos años Emilio J. Orovengua me hizo una entrevista en naturablog dentro de las entrevistas blogueras (os recomiendo pinchar aquí para leerla completa). De ella quiero extraer varios pasajes que creo son muy significativos en este momento.
Las redes sociales y los blogs no tienen por qué ser excluyentes, al contrario, pueden ser complementarios, pueden coexistir. Un gran problema de mantener un blog es el enorme trabajo que conlleva. Desde mi punto de vista para poder mantener un blog hay que tener una serie de ideas claras, de características específicas para que funcione: “…fundamentalmente tres: entusiasmo, constancia y capacidad para transmitir. El entusiasmo es básico; tienes que hacer algo que te gusta, que te apasiona, que disfrutas haciéndolo. A ese entusiasmo hay que añadirle el deseo de transmitir, de enseñar, de contar historias. Todo este entusiasmo y deseo de trasmisión serían inútiles sin la constancia. Mantener un blog es arduo, complicado y tienes que ser muy constante para no desanimarte, para no dejarlo”.
Sinceramente creo que “el blog se caracteriza más por sus textos, por lo que cuento en él que por las fotografías. Las fotografías acompañan al texto pero no son básicas, ni determinantes, es evidente que ayudan pero lo verdaderamente importante es lo que quiero contar, lo que quiero transmitir, las emociones, las historias aderezadas con información, con defensa de la naturaleza. Quiero que a la mayoría de la gente que entre en el blog, tengan o no grandes conocimientos, les llegue”.
Después de 9 años, casi 480.000 visitas de todas las partes del mundo, 420 entradas, 1.000 comentarios, una media en los últimos años de casi 6.000 visitas mensuales aquí seguimos y para celebrarlo he querido hacer dos entradas muy especiales sobre un animal mítico, el lobo ibérico. La primera dedicada a mis sensaciones al sentir al lobo (podéis recordarla aquí) y esta segunda acerca de su mirada. En ambas he querido extraer algunos pasajes del libro “Observaciones de campo del lobo ibérico” que nació de este blog.
La mirada del lobo:
Ahí está. Me mira. Nuestros caminos se han encontrado. Coincidimos. Nuestras miradas se entrecruzan durante un tiempo eterno, un tiempo que parece haberse detenido, petrificado. Estamos él y yo. No escucho nada. No hay nada a mi alrededor. Sólo está su mirada. Una mirada de ojos almendrados que parece bucear en tu interior. Una mirada que como decían desde antiguo: “te hiela la sangre”. En cierto  modo es verdad. Es una mirada penetrante, profunda, hipnótica. Una mirada que no puedes dejar de mirar hasta que él decida cambiarla. Es la mirada del lobo.
Mirada que espero poder volver a ver en cuanto sea posible. Mirada que espero volverme a encontrar lo más pronto posible. Mirada que eriza el bello. Mirada que nunca me ha dado miedo. Mirada que siempre me ha dado respeto.
“Mirada que vi por primera vez cuando tendría unos siete u ocho años. El verano terminaba y volvía con mis padres y hermano del Lago de Sanabria, donde habíamos pasado casi dos meses en tienda de campaña; justo antes de llegar al pueblo de Galende, en una curva cerrada hacia la izquierda, mi padre redujo la marcha y nos dijo. “Mirad. Un lobo”. El animal cruzó la carretera de izquierda a derecha y comenzó a subir por un camino. Paramos el coche para contemplar cómo subía con un andar elegante y majestuoso, cómo se paraba, se volvía, nos miraba un instante y seguía tranquilamente”.
El lobo mira y te quedas hipnotizado como me sucedió hace muchos años. “Eran las 8 de la mañana nos dirigíamos por un camino hasta una finca. En una curva de 90º mi hermano dijo: “Para. Un lobo”. Miré a la cuneta y allí estaba. Mirándonos. Escasos tres metros nos separaban de él. Su mirada color miel nos sopesaba, nos medía, nos preguntaba si éramos una amenaza para él. Nos quedamos de piedra. Pasados unos segundos decidió irse ladera arriba. Lo hizo de forma imponente ya que subió corriendo la ladera mirándonos fijamente, sin perdernos de vista. Era increíble verle correr hacia delante, con la cabeza vuelta, mirando hacia atrás, hacia nosotros”.
Mirada que fue muy especial en una soleada pero fría mañana del mes de agosto: “Jose Luis escrutaba los brezos como un vigía que está a punto de descubrir tierra. Noa, su hija pequeña, observaba atentamente todo lo que hacíamos y miraba con sus grandes ojos la zona de la que ni su padre, ni yo, quitábamos un segundo la mirada. Los brezos se volvieron a mover. El movimiento era suave, ligero. No era ni un jabalí, ni un corzo, ni un ciervo. Según mirábamos los tres, un precioso e imponente lobo, se asomó por encima de una peña, entre los brezos. Nos miraba. Nos miraba. Nos miraba fijamente con sus ojos almendrados, cara oscura, grandes orejas, pelo muy corto de verano y expresión seria pero decidida y firme. Su mirada penetrante parecía escrutarnos. Parecía sondearnos. Parecía preguntarse quiénes éramos, qué queríamos, qué hacíamos allí, qué mirábamos, los intrusos éramos nosotros, los observados éramos nosotros, la espera nos la estaba haciendo él a nosotros.
El lobo nos miró durante unos minutos que avanzaron lentamente. Era como si el tiempo se hubiera detenido o avanzara al ritmo de la mirada del lobo, no había nada más, su mirada y nosotros. Nos quedamos hipnotizados ante la mirada de aquel lobo que teníamos a escasos diez metros. El lobo nos miró profundamente, como cuando un ilusionista quiere entrar en tu mente. En ningún momento quitamos los ojos de él. Había que saborear y disfrutar este momento tan intenso, tan profundo. Nada más verlo tuve la fuerza de coger la cámara y mirarlo a través de ella, sólo hice cinco fotos, y son muchas ya que en otras ocasiones no he hecho ninguna al quedarme absorto observando pero, en esta ocasión, las hice.
El tiempo se detuvo durante esos minutos. Ninguno nos giramos a ver que hacía el otro, cada uno saboreábamos el momento a nuestra manera, era como cuando te dejan muy poco tiempo para ver un cuadro de un pintor famoso y quieres aprovechar cada segundo, cada instante. Allí estaba. Mirándonos. Era un lobo adulto. Su porte, expresión y comportamiento así lo delataban, un lobo joven nunca hubiera tenido ese aplomo, esa seguridad a la hora de comportarse, hubiera sido más fugaz, se hubiera movido más rápido pero este lobo no, todos sus movimientos fueron seguros, firmes y decididos pero lentos y suaves. Estaba tranquilo, seguro de sí mismo, confiaba en él. Seguramente nos hubiera oído y decidiera observar quiénes éramos y si suponíamos una amenaza o quizás pasaba por la zona. Nunca lo sabremos. Pero lo que nunca se nos olvidará es su mirada, el hecho de que un lobo adulto y en total libertad estuviera a escasos diez metros observándonos, estudiándonos, no perdiendo detalle de nuestros movimientos y nuestro comportamiento.
Pasaron los minutos y, cuando decidió que había visto lo suficiente, se bajó de la roca y desapareció entre los brezos. Seguimos viendo el movimiento de los brezos que se iba alejando lentamente como cuando sigues las burbujas de una nutria que van saliendo a la superficie. A unos cincuenta metros volvió a asomar. Se subió en una roca y nos volvió a mirar. Seguíamos ahí. Inmutables. Hieráticos. En silencio absoluto sin casi oír ni nuestra propia respiración. No había nada. No existía nada. Sólo estaba el lobo que nos volvió a observar. Tenía que cerciorarse. Estuvo unos segundos en la roca. Bajó y desapareció. No lo volvimos a ver”.
Esa mirada me caló desde pequeño y me sigue calando hondo cada vez que me la cruzo. Mirada de un animal emblemático, icono de nuestra fauna, un animal con el que debemos convivir y sobre todo, respetar. Ese es el lobo y esta es su mirada.

jueves, 7 de mayo de 2020

Sentir al lobo.

Ver a un lobo es un momento único, especial, diferente. Da igual las veces que lo hayas visto, siempre hay una sensación de emoción, alegría, nerviosismo controlado o euforia que te recorre el cuerpo como una pequeña descarga pero, si además de poder verlo, tienes la inmensa suerte de poder verlo cerca (o muy cerca) o de sentirlo, entonces, las sensaciones se multiplican exponencialmente. Esos dos momentos son muy especiales: su mirada y cuando lo sientes. Estos dos momentos son únicos, impactantes, diferentes y los recordarás toda la vida.
Hace algo más de tres años publiqué el libro: “Observaciones de campo del lobo ibérico”. En él narraba varios encuentros muy cercanos con este animal tan emblemático de nuestra fauna ibérica. En estas dos próximas entradas quiero recordar algunos de ellos y añadir alguno mas que no aparece en el libro.
En esta primera quiero contar las sensaciones vividas cuando sientes a un lobo pero no lo ves. Sabes que está ahí. Lo notas. Notas su presencia. Lo oyes. Oyes su jadeo. Oyes su respiración. Oyes como se mueve a tu lado. Tus pelos se erizan y tus sentidos se ponen en alerta. Se acerca. Está a menos de cinco metros de ti. Esto nos pasó a mi amigo Jose Luís y a mi con un lobo que vino a ver quienes éramos y qué hacíamos allí.
El lobo bordeó una pequeña pradera...
“El sol se había ocultado y se veía muy poco. No había luna y la oscuridad lo cubría todo. El lobo bordeó una pequeña pradera y desapareció entre los brezos. Se acercaba. Nos quedamos quietos. En silencio absoluto. Escuchando. Pasados unos minutos un leve ruido delante nuestro nos hizo girar e indicar el lugar. Estaba allí. A escasos diez metros. Luego a escasos cinco metros. Entre el brezo. Nuestros sentidos se pusieron en alerta máxima. No veíamos nada pero si escuchábamos. Se movió a nuestra derecha en un andar muy lento, suave, como si no estuviera pisando entre brezos y carqueisas. Se movía y se paraba. Nos debía de estar observando detenidamente. Andaba de nuevo. Estaba a nuestra espalda. Se paraba y oíamos su respiración en la noche. Nos estaba rodeando. Estaba haciendo un círculo en el que nosotros éramos el centro. Quería comprobar e informar a su general lo que éramos y que queríamos. Siguió moviéndose lentamente, muy lentamente, notábamos su presencia, oíamos sus pasos en un susurro, escuchábamos su respiración. Nos dio la vuelta completa. Había terminado su trabajo. Debía de informar. Salió a la pista y oímos cómo se sacudía los trozos de brezo que pudieran haber quedado entre su pelo, era como cuando un perro sale del agua y se la sacude de un lado a otro”.
Sentirlo. Esa palabra alcanza todo su significado cuando se te acerca. Cuando sabes que está ahí. Cuando está a tu lado pero no lo ves como nos pasó en otra ocasión.
“La mañana era agradable y varios grupos de ciervos se movían entre brezos, escobas y pinos cuando José Luis me dijo casi en un susurro: "Tenemos un lobo detrás. Mira a ver". Los pelos se me erizaron como las púas de un erizo cuando se siente amenazado. También lo había oído. Silencio. Un jadeo. Silencio. Me giré muy despacio y busqué entre las peñas que teníamos detrás. No veía nada pero allí estaba. Sentíamos su presencia. Una presencia que no ves pero que sabes que está allí. No vimos nada. Giramos de nuevo la cabeza hacia los ciervos y otra vez. Silencio. Jadeo. Silencio. Jadeo. Silencio. Allí estaba por segunda vez. Detrás nuestro. Observándonos. Nos volvimos a girar pero nada nuevamente. Había estado allí. Nos había observado él a nosotros. El lobo había estado allí. No lo vimos pero notar su presencia, oírlo jadear es algo indescriptible, algo que hay que vivirlo para poder entenderlo”.
Estos encuentros han quedado grabados en mi memoria de una manera tan especial que según escribo estas líneas se me erizan los pelos de los brazos al recordarlos.
El último encuentro que quiero contar en esta entrada sucedió en un camino por el que íbamos tranquilamente cuando el sol se encontraba en lo mas alto. La conversación era amena y agradable acerca de los ciervos de la zona, los corzos que habíamos visto y el calor que hacía en pleno mes de agosto. Según avanzábamos noté una presencia; como cuando notas que alguien te está mirando, que tienes sus ojos clavados en tu nuca, esa sensación en la que miras para atrás y no ves a nadie, esa sensación en la que notas perfectamente que te están vigilando.
Bajábamos por el camino y la sensación no disminuía, al contrario, crecía por momentos. Cada pocos metros me giraba y miraba hacia atrás. Nada. No se veía nada en absoluto pero la sensación seguía ahí. A la cuarta o quinta vez que me volví un lobo asomó la cabeza por la parte izquierda del camino. Ahí estaba. La sensación que me vigilaba había aparecido. La preciosa cabeza dio paso a un potente cuerpo en el que se notaban todos sus músculos tensos al avanzar hasta el otro lado del camino. Cruzó y desapareció.
Me dejó de piedra. Boquiabierto. Ojiplático. La sensación que había tenido sobre mí durante un tramo del camino desapareció. El lobo desapareció. Fuimos incapaces de volver a verlo y eso que se metió en una zona de hierbas agostadas en la que teníamos muchas probabilidades de verlo pero él no quiso volver a mostrarse.
Estas dos entradas van a ser muy especiales porque con ellas quiero conmemorar los nueve años de existencia de este humilde blog que gracias a vosotros ha ido creciendo hasta llegar a las casi 6.000 visitas de media mensual. Gracias a todos.
Espero que haya podido transmitir alguna de las sensaciones que pude experimentar. Sentir al lobo es muy difícil de transmitir; quizás me entiendan un poco mas los que se hayan visto en situaciones parecidas.
Esta fotografía corresponde al primer encuentro narrado en esta entrada
porque antes de venir a vernos...nos miró.
La próxima entrada será la mirada del lobo. Esa mirada penetrante y cautivadora que he podido ver muy de cerca en unas cuantas ocasiones.

sábado, 2 de mayo de 2020

146 especies vistas por los zamoranos desde sus ventanas.

Aquí seguimos: mirando por la ventana. 50 días llevamos observando la naturaleza desde nuestras ventanas. Ventanas de esperanza. Ventanas de escape. Ventanas que nos siguen dando alegrías. Ventanas desde las que 56 zamoranos de 18 localidades diferentes hemos conseguido ver u oir 146 especies. Una cifra verdaderamente sorprendente que sigue deparándonos sorpresas que nunca hubiéramos podido imaginar ver en la ciudad. Pinchando aquí  podréis ver todas las especies, los colaboradores y las localidades.
Vencejo común en Zamora.
Me gustaría felicitar y agradecer a todos aquellos zamoranos que estáis mirando por vuestras ventanas, disfrutando de la naturaleza de esta manera tan extraña que nos está tocando vivir. El conocimiento de la fauna que vive o pasa por nuestras ciudades y pueblos va a tener un punto y aparte cuando acabe este confinamiento porque habremos recibido numerosos datos que ampliarán enormemente su conocimiento y, nos daremos cuenta, del enorme desconocimiento que teníamos de lo más cercano, lo que tenemos junto a nuestras casas; esa naturaleza urbana que ha pasado muy desapercibida y que estamos descubriendo.
En las siguientes fotografías, todas hechas desde casa, podréis ver una pequeña muestra de la enorme variedad de especies que estamos viendo.
Muchas gracias a: Juanjo González, Alfonso Rodrigo, Manuel Segura, Hipólito Hernández, Juan Pablo Martín y Gary Losada por dejarme vuestras magníficas fotografías para ilustrar esta entrada. Gracias a todos.
Tórtola europea fotografiada por Manuel Segura en Calabor.
Pareja de azulones sobrevolando Zamora.
Hembra de mirlo común fotografiada
por Juan Pablo Martín en Morales del Vino.
Alcaudón común en Zamora.
Carbonero común fotografiado por Gary Losada en Benavente.
Gorrión molinero fotografiado por Juanjo González en Benavente.
Grajilla fotografiada en Zamora por Alfonso Rodrigo.
Alcotán en Zamora.
Cernícalo primilla en la catedral de Zamora.
Precioso torcecuello fotografiado en Calabor por Manuel Segura.
Verderón común fotografiado por Juan Pablo Martín en Morales del Vino.
Lavandera blanca fotografiada en El Puente de Sanabria
 por Hipólito Hernández "Poli".
Colirrojo tizón fotografiado por Alfonso Rodrigo en Zamora.
Pareja de tórtola turca fotografiada en Benavente por Gary Losada.
Milano negro fotografiado en Zamora.
Garza real en Zamora.
Macho de mirlo común fotografiado por Juanjo González en Benavente.
También podréis encontrar información en otros dos blog zamoranos: saliegosbirding y zamorabiodiversa.

martes, 21 de abril de 2020

El patio de mi casa: historia y habitantes alados.

El patio de la comunidad de vecinos en el que está mi casa se ha convertido en una comunidad de verdad. Hemos empezado a aplaudir, a escuchar música con peticiones, a tomar nuestros aperitivos y, lo más importante, a hablar y a conocernos. En este patio al verme con cámara de fotos, prismáticos y telescopio en mano, me han empezado a preguntar e interesarse por lo que estaba haciendo y sorprenderse de todo lo que se puede ver, simplemente, con observar con tranquilidad.
Este patio tiene historia. Una larga historia de auge y caída. Historia que voy a ir contando según describo a sus nuevos habitantes. Historia extraída del magnífico trabajo de Rafael Ángel García Lozano titulado: “El hospital y la capilla de la Cofradía de los Ciento. Aportaciones para el estudio del urbanismo y la arquitectura de Zamora”.
Este patio era el patio de un ilustre palacio, el Palacio de Los Valencia: “El Palacio de los Valencia era una magnífica casona del siglo XV en la que vivió la familia de D. Gonzalo de Valencia, Caballero del Hábito de Santiago, Procurador a Cortes y Patrón de la capilla de San Bernardo de la Catedral zamorana. Los orígenes familiares se remontan al matrimonio del rey Fernando III con Beatriz de Suabia, hija del emperador de Alemania Felipe de Suabia, en 1219. Su última descendiente fue Doña María Antonia de Villafañe…”.
En este patio tranquilo con un pequeño jardín, varios arbustos, arbolitos y un gran abeto se desarrolla una vida paralela a la nuestra que sigue su curso, sigue los dictados de la naturaleza. Tiene sus propios habitantes que actúan según sus necesidades.
Los mirlos comunes están muy atareados consiguiendo comida para sus pequeños que los tienen en un árbol de un patio cercano que escapa a mi visión. La pareja de mirlos se va alternando en las llegadas al jardín. Normalmente el más atareado es el macho, es el que más veces se ve patrullando el césped. Camina despacio, como si estuviera escuchando algo o tuviera un geo-radar para localizar a los pequeños gusanos o lombrices que viven bajo la superficie. Camina a pequeños saltitos para pararse. Inclinar la cabeza y, como si supiera donde está su presa, meter toda la cabeza entre la capa de césped cual experto buceador para después, tirar, como si de un largo espagueti se tratara, y sacar una larga lombriz que sujeta con su anaranjado pico para volver a iniciar nuevamente, la misma operación. Cuando considera que tiene comida suficiente para sus pequeños marcha contento para, a los pocos minutos, aparecer la hembra que hará la misma operación.
La hembra, con más mala leche, no tolera la presencia de las palomas torcaces que también vienen al patio y se lanza chillando y alterada sobre cualquiera de ellas para echarlas del lugar en el que está buscando la comida para sus pequeños pero, las urracas, apostadas en las antenas o en los tejados, son la horma de su zapato y, en cuanto pueden, se lanzan sobre la hembra de mirlo como para decirle que  son ellas las que mandan en el lugar, porque no es por la comida, ya que, en ningún momento, las he visto buscar alimento aquí.
Patio ilustre en el que: “Mediada la segunda década del siglo XIX, mientras se llevan a cabo unas obras de reforma en el palacio episcopal, el Palacio de los Valencia se convierte en la residencia provisional del obispo de la Diócesis, D. Pedro de Inguanzo y Rivero…..Con el devenir del tiempo el palacio acoge a finales del siglo XIX las dependencias de la Guardia Civil, procedentes del cercano Palacio de los Ocampo, a cuyo cargo estaba el comandante Antonio Pascual del Real. El establecimiento de la Benemérita en el Palacio de los Valencia se hace paradójicamente compatible con otros usos en algunos momentos. Allí permanece hasta que se traslada al desamortizado convento de los Trinitarios, en la calle San Torcuato”.
Los estorninos también vienen al jardín. En unos primeros momentos se veía a varias parejas que bajaban juntas y, mientras el macho, reclamaba constantemente, la hembra se dedicaba a comer siguiendo una técnica muy parecida a la de los mirlos. El macho se pavoneaba delante de su amada para intentar camelarla y, la hembra, más práctica, comía tranquila mientras su pretendiente alardeaba ante su presencia.
Estos estorninos también sufren las embestidas de las urracas que son como el matón del lugar. Después de varios intentos de bajar y que los echaran las urracas, esta pareja de estorninos siguió una táctica de despiste.
Se subieron al abeto y se quedaron quietos, agazapados entre sus ramas, esperando. Cuando las urracas desaparecieron, los estorninos bajaron al jardín para continuar con sus quehaceres.
La historia del antiguo Palacio de Los Valencia continúa: “…llega a Zamora en 1866 Federico Cantero Seirullo como director de la línea ferroviaria de Medina del Campo a Zamora. Tras su matrimonio con Isabel Villamil, se hace con parte del palacio, donde fija su residencia familiar y despacho. Se dispone a reformar estas estancias del palacio ya de por sí maltrecho para acoger a su familia sin privarla de las comodidades propias de su condición adinerada. Para ello manda dotar su casa de despacho, sala de billar, sala para audiciones musicales, salones para recepciones, cuartos de baño completos, e incluso decoración pictórica en algunas de las salas. La obra a la que se ve sometido el palacio es de notable importancia, quizá no tanto el aspecto exterior, pero sí transformando su interior de forma sobresaliente. Con sus diferentes inquilinos, todas estas reformas transcurren entre 1864 y 1883, dando como resultado una considerable modificación del edificio. Trasladado Cantero Seirullo a Vigo, su hijo Federico Cantero Villamil le sucede en el cargo, dando continuidad a la presencia de la familia en el palacio".
En tal ilustre lugar ha habido numerosos e importantes visitantes a lo largo de toda su existencia; entre ellos me gustaría destacar a D. Miguel de Cervantes Saavedra que pasó una temporada alojado en el palacio de D. Francisco de Valencia que fue compañero de cautiverio en Argel o la visita de trabajo de Juan Antonio Benlliure (padre del gran escultor Mariano Benlliure) para los trabajos de decoración y reforma encargados por Federico Cantero Seirullo en el interior del palacio.
Los pequeños gorriones comunes se mueven desde los patios y tejados cercanos hasta los arbustos del jardín, se dan baños de arena que les servirán de protección y limpieza ante indeseados inquilinos o se alimentan del delicioso diente de león que comen con gran delicadeza.
En el alto abeto o sobre las antenas se escucha el precioso canto de los pardillos que se desgañitan hinchando el pecho para que su voz resuene y atraiga a su amada. Cuando una hembra ha bajado a comer al jardín, el encandilado macho, se acerca con un regalo, una miga de pan que será un magnífico obsequio que sellará su amor.
La hembra de pardillo no pierde el tiempo; necesita material para su nido y se dedica a recoger los pelos que los perros de los vecinos han caído cuando los bajan a pasear. Es muy afanosa y, cuidadosa y meticulosamente, va recogiéndolos para cuando tiene una buena cantidad volar hacia el lugar en el que su nido está comenzando a tomar forma.
El viejo palacio continúa con su ajetreada vida: “Tras la marcha de la familia Cantero Villamil de la ciudad en 1924, las dependencias menores del palacio, ya conocido vulgarmente como Palacio de los Cantero, fueron habitadas por varios vecinos. Años después pasa a manos de la empresa hidroeléctrica “Saltos del Duero” que lo destina a viviendas para sus empleados…..
….Este fue su último uso, hasta que el abandono y la ignominia de una ciudad despreocupada en los años setenta del siglo XX por sus edificios singulares acabaron con él definitivamente. De la factura original del Palacio de los Valencia poco sabemos. Solamente lo que nos ha llegado por su portada y escudo actualmente integrados en el nuevo edificio…” (el antiguo palacio de Los Valencia fue destruido en 1976)
Las palomas torcaces, tórtolas turcas, colirrojos tizones, grajillas y palomas domésticas son otros de los habitantes de este patio de vecinos en el que, coincidencias que tiene la vida, me enteré hace relativamente poco tiempo, que en el antiguo patio del Palacio de Los Valencia, en los años cincuenta y sesenta se hacían conciertos de música y, curiosamente, mi abuelo Manolo, era uno de los integrantes de la banda de Zamora que tocaban en el antiguo lugar. Lugar que es ahora el patio en el que observo las evoluciones de sus habitantes alados. Lugar en el que los vecinos hemos empezado a conocernos.