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domingo, 21 de octubre de 2018

Alcaravanes y grullas.

Lo ves y no lo ves. ¿Dónde está? Ahí delante. Buscas con los prismáticos y ves dos, tres…vuelves a pasar, te fijas mucho más detenidamente y, donde había tres, cuatro…había diez y no los habías visto pero ellos a ti si. Te miran con sus enormes ojos de color amarillo-ámbar que parece que estén siempre espantados, asustados, ojos muy abiertos. Grandes ojos rodeados de un fino anillo amarillo. Enormes ojos que necesitan para captar mayor cantidad de luz por la noche o en el crepúsculo, qué es cuando se suelen mover estos curiosos animales.
Es una ave difícil de localizar, de ver y de fotografiar. Es mimética. Silenciosa. Pasa completamente desapercibida a menos que se levante y corra agachada con su característico movimiento o eche a volar. La ves y no la ves. Es una piedra en el camino. Encontrarla es toda una agudeza visual y un reto.
Hace unos días Cristian Osorio había visto un grupo de alcaravanes, de perniles, como se llaman en muchos puntos de Zamora; se llaman así por el canto que se asemeja a esa palabra: pernil. Decidí ir a buscarlos, a probar suerte a ver si los localizaba.
El viento era terrible. Soplaba con una enorme fuerza que levantaba el polvo de los caminos y de las tierras, todo esta seco, muy seco, lamentablemente seco. Levanté los prismáticos y comencé a buscar. Sería complicado ya que ante la fuerza del viento los alcaravanes estarían achaparrados, pegados al suelo, echados lo que hacía mucho más difícil su localización.
Al poco de buscar apareció uno y otro, otro y otro…a algunos solamente se les veía la parte de arriba de la cabeza y un gran ojo amarillento sobresalir entre las hierbas, otros eran verdaderas piedras en el campo.
Un pequeño grupo se levantó y se posó en un campo cercano. Fueron los únicos que pude ver de pie.
Conté 32 pero estoy absolutamente seguro que había más ya que su localización era realmente complicada. Este grupo es un grupo en migración que podría llegar hasta el sur de la península o hasta África donde pasarán el invierno.
Dejé los alcaravanes y continué en busca de las grullas. Las primeras de la temporada. Grullas elegantes, esbeltas, estilizadas que han llegado hace pocos días y que irán aumentando sus números en las próximas semanas.
150.000 grullas invernan en España, de las cuales más de la mitad se concentra en las dehesas extremeñas donde encuentran una fuente de alimento fácil y nutritiva, la bellota. El resto lo hace entre Andalucía, Castilla la Mancha y Aragón pero, un porcentaje muy bajo, se queda en las lagunas de Villafáfila. La mayoría de estas grullas provienen de Alemania, Suecia o Noruega y, en un porcentaje muy bajo, de Polonia, Finlandia, oeste de Rusia o países bálticos.
Las grullas suelen viajar en familias y en pequeños grupos. Extremadura y la laguna de Gallocanta (Zaragoza) son los principales lugares en los que las grullas pasan el invierno en la Península Ibérica.
Un grupo de 133 grullas comía tranquilamente en el campo cercano. La mayoría eran adultos pero algunos jóvenes seguían a sus padres allá por donde se moviesen; esos jóvenes que se distinguen fácilmente por ser un poco más pequeños y tener la cabeza pardo grisácea, tienen que aprender, tienen un año entero para conocer la ruta migratoria; por dónde ir, a dónde parar y, cuándo llegan al lugar de destino, donde moverse para comer o para descansar, sin olvidarnos de la ruta de vuelta hasta sus zonas de cría. Esos jóvenes deberán recordar todo lo que le enseñen los adultos ya que, al año siguiente, ya no tendrán esos guías tan especiales, deberán realizar el viaje sin seguir las indicaciones de los adultos que tendrán otro pollo al que enseñarle el recorrido.
Estaban tranquilas. Mientras unas comían otras levantaban la cabeza y vigilaban ante cualquier peligro turnándose cada poco. Me acerqué hasta que consideré el límite al que aguantarían y allí permanecí un buen rato observándolas. Me fascina observar a los animales, sus movimientos, el por qué hacen una cosa u otra, como se comportan en cada momento, el por qué y su reacción. Sé que hay gente a la cual le parecerá un auténtico rollo o pesadez estar media hora, una hora o dos horas mirando lo que hacen un grupo de grullas, ánsares o lobos y seguir sus evoluciones pero, para mi, es disfrutar, es naturaleza pura y es aprender.
Estuve un buen rato observándolas hasta que no me quedó más remedio que pasar cerca de donde se encontraban para poder continuar. Nada más que pasé la línea que, ellas consideraban de peligro, se levantaron con su vuelo poderoso y elegante, se alejaron unos cien metros y continuaron comiendo en familia, en su grupo.
Las grullas se mueven en familias que se van uniendo y formando un grupo, el cual migrará desde el lejano norte de Europa hasta la península ibérica donde pasará el invierno.
Me dirigí hasta el centro de interpretación de las lagunas de Villafáfila donde esperaba que el chorlito dorado americano hubiera aguantado toda la semana pero no hubo suerte aunque si pude deleitarme con una buena variedad de limícolas.

sábado, 20 de abril de 2013

El alcaraván. Una piedra en el camino.

Es una ave difícil de localizar, de ver y de fotografiar. Es mimética. Silenciosa. Pasa completamente desapercibida a menos que se levante y corra agachada con su característico movimiento o eche a volar. La ves y no la ves. Es una piedra en el camino.
Siempre hay que hacer caso a los hombres de campo. A esos hombres que han recorrido caminos, veredas o valles y conocen comportamientos, costumbres, sonidos y reacciones de todo aquello que llevan viendo toda la vida. Uno de esos hombres es Juan Antonio Panero. He hablado algunas veces con él. Es un hombre culto, de voz pausada y firme. De amplios conocimientos adquiridos en su condición de maestro pero sobre todo en la vivencia diaria, en el contacto con la naturaleza y si un hombre como él dice: "Por aquí tiene el nido". Hay que hacerle caso porque, aunque lleve años sin ver un alcaraván por la zona o pernil como lo llaman vulgarmente, si dice que tiene el nido por allí, es qué lo tiene. No se equivocó. Allí estaba el precioso tesoro de dos huevos. Tesoro expuesto, a la intemperie, a la vista de todos, ¿a la vista? Si eres capaz de encontrarlo, porque os aseguro qué estás a dos metros de él y no lo ves.
Los dos preciosos huevos parecían una piedra. El color. La disposición en un pequeño agujero. Las piedras de alrededor iguales que ellos. Las hierbas y flores que forman una barrera natural para ocultarlos. Es su manera de protegerlos. Su manera de que nadie los toque. Su manera de que pasen desapercibidos. El mimetismo con el entorno. Si algún animal los descubre. Adiós puesta. Tienen que estar perfectos. Camuflados.
Si el alcaraván no se hubiera levantado y movido hacia el valle. Jamás lo hubiéramos visto, aunque estaba a metro y medio del camino. Hubiera pasado como si fuera una piedra más de las que se encuentran en la cuneta. Se alejó pero permaneció atento. Inmóvil. Pendiente de volver a calentar la puesta. Nos alejamos. Lo dejamos tranquilo y desde cierta distancia lo observamos con los telescopios. Escondido. Camuflado. Esperando a qué pasara el peligro.
Poco a poco. Agachado. Andando muy despacio volvía a su lugar. No fue directo. Dio un pequeño rodeo para llegar hasta los preciosos huevos. Rodeo de precaución. Rodeo para ir escondiéndose entre flores y hierba para que nadie descubra su tesoro. De vez en cuando se paraba. Se quedaba quieto e inmóvil. Miraba hacia el cielo para ver pasar un águila calzada que merodeaba la zona.
Cuando pasó el peligro continuó su camino. Llegó hasta el nido. Se tumbó y quedamos tranquilos. Nos marchamos contentos por haberlo visto y esperanzados de qué esos pequeños alcaravanes pronto corran por unos campos en los que habían sido muy comunes y ahora son como un oasis en el desierto, una rareza.
También pudimos ver al segundo alcaraván. Más lejos. Echado en el valle. Quieto. La pareja que también incubará los huevos. Pareja que dicen que es para toda la vida. Pareja que observaba con sus enormes ojos de color amarillo-ámbar que parece que estén siempre espantados, asustados, con los ojos muy abiertos. Grandes ojos rodeados de un fino anillo amarillo. Enormes ojos que necesitan para captar mayor cantidad de luz por la noche o en el crepúsculo qué es cuando se suelen mover estos curiosos animales. 
Animales que esperemos consigan sacar adelante a sus pequeños, que sean capaces de qué su puesta siga pasando desapercibida y llegue a buen puerto. Esperemos y confiemos. 
Animales que como podéis ver en la fotografía anterior. Son miméticos y, si no se mueven, pasan totalmente desapercibidos. Son como una piedra en el camino.