martes, 19 de febrero de 2013

La batalla de las fochas.
Entre la primera entrada de El territorio del lince y la segunda me gustaría narrar la batalla de fochas que pude ver el pasado domingo en el centro de interpretación de las lagunas de Villafáfila.
La laguna estaba repleta de estas aves y la actividad era febril. Estamos en la temporada en la que los machos pelean entre ellos con gran agresividad. Es tiempo de marcar territorios, de dejarse ver por las hembras, de conseguir pareja y los machos lo hacen de una manera espectacular.
Cuando dos machos se enfrentan, la batalla comienza como si fuera un duelo en una película del  oeste. Se observan a cierta distancia (sólo faltaba la música de La muerte tenía un precio)... 
Se sopesan. Si uno de ellos cree que no tiene opciones se dará la vuelta y se irá pero si los dos piensan que se encuentran parejos de fuerzas...
Se aproximarán de una manera intimidatoria, para atemorizar a su rival. Se acercan uno al otro con el cuello estirado, a ras de agua, las alas entreabiertas e hinchándose, crecidas, como si quisieran parecer más grandes y poderosas. Comienza la batalla. 
Picotazos. Posturas y golpes al más puro estilo de karate de las películas de kung fu que veíamos de pequeños. Se sientan sobre la cola y levantan las patas para golpearse con tremendos golpes de los que el mismísimo Bruce Lee estaría orgulloso. Patalean. Abren las alas. Se abalanzan una sobre la otra. 
Cuando una de las fochas parece que va a perder, se recupera y lanza un contraataque. Más golpes. Patadas. Picotazos y persecuciones. Todo ante la atenta mirada de otras fochas (supongo que tanto machos como hembras no pierden detalle).
Al final uno vence. El otro huye. Ha terminado una batalla pero no la guerra porque pasados unos minutos volverán a empezar. Un nuevo rival se acercará y una nueva batalla comienza.

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