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miércoles, 2 de octubre de 2019

Su primer grupo familiar de lobos.

Comenzaba a bajar el sol cuando nos dispusimos a buscar al grupo familiar de lobos que llevaba observando desde hacía casi un mes. Grupo familiar esquivo que tenía seis preciosos cachorros reacios a dejarse ver y que salían cuando no les molestaba nadie y corrían menos riesgos, de noche.
Isabel, David, mi pequeña de cinco años y yo nos dispusimos a escudriñar el valle en busca de los lobos. El grupo familiar lo conformaban ocho adultos y seis cachorros. Grupo familiar que cuando lo sigues durante un tiempo eres capaz de diferenciar perfectamente a varios de sus miembros más característicos, entre ellos el gran macho reproductor, la madre de los cachorros, un viejo lobo de cara blanca, una hembra subadulta muy clarita, un subadulto muy pequeño que engañaba en muchas ocasiones por su tamaño, el lobo oscuro…miembros de este grupo familiar que se ha comportado de una forma atípica, seguramente provocada por el movimiento e incordio de algunos humanos que no son capaces de respetar lo que en teoría más aman, la naturaleza.
Pasaban los minutos y los ciervos eran los dueños y señores del lugar, algún corzo aislado y un solitario jabalí conformaban el elenco de actores que se movían en el valle; esperábamos a los actores principales y vaya si aparecieron, a lo grande. 
De repente, de la nada, surgieron seis preciosos cachorros y dos adultos en un amasijo informe de lobos en el que saltaban, se echaban unos encima de otros, se perseguían, se mordían…todos jugaban, los dos adultos eran un cachorro más al que perseguir o morder.
Rápidamente cogí a mi pequeña, la puse en el telescopio y le dije:
-Mira ¿Los ves?- le pregunté.
-¡Si! ¡Los veo! Son dos –me contestó pasados unos segundos con una enorme sonrisa y ojos de emoción.
Acababa de ver por primera vez en su vida un grupo familiar de lobos. Lobos adultos ya había visto antes pero esta vez era diferente; eran unos preciosos cachorros que jugaban tranquilamente con dos adultos ante nuestra atenta e ilusionada mirada.
Los veía. No es nada fácil para una niña de cinco años regular y mirar por un telescopio a menos que la vayas acostumbrando desde pequeña a mirar, a moverle el ajuste, a decirte cuándo lo ve borroso o no. Los veía. Los estaba viendo y mi satisfacción era enorme. El poder enseñar a tu hija algo que vives tan profundamente es una satisfacción que no tiene parangón.
Estos son los dos lobeznos que vio. Las fotografías son fotogramas
de un video grabado por una gran persona a la que le agradezco enormemente
el grabarlos y que mi hija tenga ese momento guardado para toda su vida.
Gracias John Hallowell.
Hay que educar a los niños en la naturaleza. Hay que enseñarles a observar, a tener paciencia en una espera, a entretenerse sin hacer ruido y, por supuesto, sin el móvil, a apreciar dónde están, lo que están viendo…Todo se enseña. Todo se aprende. A respetar y apreciar también se enseña y aprende.
Habrá días que te hará más caso que otros. Habrá días en los que no querrá saber nada del tema pero el poso va quedando poco a poco, lentamente, no hay que agobiar, simplemente mostrar con ilusión cómo es la naturaleza para que un día llegue y te llame corriendo: “Papi. Papi. Mira” Y te enseña hormigas que llevan algo, un pequeño ratón que está comiendo, una mariposa en una flor, una nutria que fue capaz de ver junto al río o viene indignada del colegio porque un compañero ha intentado pisar una lagartija. Todo suma. Todo se les va quedando. Hay que conseguir que respeten nuestro entorno y para conseguirlo hay que tener paciencia e ilusión.
Los lobos siguieron un buen rato jugando en el valle. Cuando dejaron de jugar y se desplazaron, la situación cambió por completo. Un lobo adulto comenzó a andar seguido de todos los cachorros en fila y el otro lobo adulto cerraba la formación. Había que moverse y todas las precauciones son pocas para un lobo así es que lo principal era proteger y cuidar a los pequeños. Un adulto delante y otro detrás. En el medio todos los cachorros, protegidos, sin que se separaran demasiado. Habían terminado los juegos y comenzaba la lección de la supervivencia.
Desaparecieron en un bosquete cercano. Mientras la luz se iba apagando lentamente volvieron a aparecer. Sus contornos se desdibujaban en la oscuridad de la noche mientras corrían al lugar donde los vimos por primera vez. Dejamos de verlos. Continuaron con su vida en la que nosotros éramos los intrusos, los extraños.
Recogimos y nos fuimos. Según avanzábamos por el camino varios chotacabras se iban moviendo delante nuestro. Acercaba el coche. Me paraba y los ojos de mi pequeña se abrían desmesuradamente observando a ese extraño pájaro que parecía dormitar en el suelo. Inmutable. Hierático delante del coche.
Al día siguiente contaba orgullosa a todo el mundo los lobos que había visto el día anterior. Una persona le dijo: “no sabes la suerte que tienes”. Una enorme sonrisa de satisfacción se dibujó en mi cara porque si ella había disfrutado, ni que decir tiene cómo lo hice yo.

4 comentarios:

  1. Muy bonito me encanta por la peque que ganas tengo de darle un abrazo

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  2. Un bonito relato en la mejor compañía.Esos momentos perduran para toda la vida. Que afortunado te has de sentir. Un saludo

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    1. Hola Antonio. Lo recordará siempre como cuando vi mi primer lobo que me enseñó mi padre. Es un momento que no se olvida. Un saludo y gracias por el comentario.

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  3. Es el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros pequeños. Enseñar con paciencia las maravillas de la naturaleza que, por suerte, aún tenemos en nuestro hermoso planeta.
    No sólo disfrutan aprendiendo, nosotros (como bien cuentas) lo hacemos con ellos, y ¡sin duda! sumamos un cómplice más en la defensa de la naturaleza.
    Genial narración de la espera, observación y emociones José.
    Enhorabuena por la vivencia y el relato.
    Un saludo de 'Ojolince y Sra.'

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