jueves, 23 de febrero de 2012

Visita a Doñana I: zona sur.
Era la segunda vez que íbamos al Parque Nacional de Doñana y hemos quedado encantados con las rutas realizadas. Seguramente el hecho diferenciador hayan sido los guías. Voy a dividir estas entradas dedicadas a Doñana en zona sur y zona norte. En esta hablaré de la sur. (Seguramente para los que vivan cerca de Doñana estas entradas no sean novedosas pero para mí que era la segunda vez que iba, son importantes para mostrar una pincelada de la importancia del Parque Nacional).
Doñana está seca. Lo está porque lleva meses sin llover y las marismas están sin nada de agua, lo cual supone un problema para miles de aves que tienen allí su zona de descanso, cría o toma de fuerzas. Según los lugareños y guías, este año han venido miles de aves menos y muchas de ellas se están yendo más delgadas de lo que vinieron ya que no encuentran comida; un ejemplo muy claro son los gansos que han venido en mucha menos cantidad y se han quedado muy poco tiempo porque no encuentran su comida principal, la castañuela, que se da en las marismas, pero como estas están completamente secas, no ha podido brotar.
Correlimos en la playa corriendo delante de las olas.
Eran las ocho de la mañana cuando llegamos al centro El Acebuche, lugar de partida de las rutas que van al interior de Doñana. La entrada a particulares está totalmente prohibida, solamente pueden entrar trabajadores del parque, lugareños con trabajos tradicionales (coquineros, recogida de piñas,…) o científicos con permisos especiales. Por lo tanto, si se quiere visitar, hay que contratar una ruta. Ahí estábamos, dispuestos a volver a Doñana.
Mientras esperábamos, los rabilargos prospectaban la zona en busca de cualquier resto de comida y una lavandera blanca enlutada caminaba con su andar característico entre ellos.
Doñana se llama así por Doña Ana de Silva y Mendoza, hija de la Princesa de Eboli cuyo marido, Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, en 1585 compró al Consejo de Almonte gran parte de los terrenos que forman el actual Parque Nacional. Al adquirir estos terrenos, que el duque dedica al aprovechamiento forestal, caza y pesca en almadrabas, construye un palacio en el medio de sus dominios, en el cual se instala su mujer. Es el actual palacio de Doñana.
Ostreros, gaviotas y un correlimo buscando comida en la playa de Doñana.
Salimos a las ocho y media del centro, dirección Matalascañas, donde comenzamos el primer ecosistema, la playa. Playa virgen de unos 30 km que recorrimos hacia la desembocadura del Guadalquivir. Nuestro guía-conductor era extraordinario, de una gran sensibilidad hacia el medio ambiente y utilizando palabras precisas y claras que llegaban a todo el mundo. Nos iba hablando de los coquineros que trabajaban en la costa recogiendo almejas, de historia o de las gaviotas que nos íbamos encontrando. Vimos gaviotas sombrías, patiamarillas y una rareza, una gaviota de Audouin con el característico color verde oliva  de sus patas y el rojo de su pico, pincelado de amarillo; era la primera vez que veía una. Gaviota en peligro de extinción en los años sesenta y setenta que se recupera lentamente.
Pasaban los kilómetros con el mar a nuestra derecha jalonado de coquineros trabajando mientras los correlimos, ostreros y gaviotas buscaban comida corriendo según el vaivén de las olas y la playa a nuestra izquierda donde pudimos apreciar una de las torres de vigilancia del siglo XVI, que es lugar de nidificación de un halcón peregrino que oteaba el horizonte desde sus atalaya.
Grupo de jabalís corriendo por La Vera.
Llegamos a la desembocadura del Guadalquivir donde nos adentramos en La Vera, zona fronteriza entre la marisma y los cotos. Esta zona siempre está húmeda, ya que el agua se filtra de las dunas y arenas y, al chocar con el suelo arcilloso de la marisma, sale manteniendo la humedad; por lo tanto es zona de pastos y es ahí donde se concentran jabalís, ciervos y gamos buscando comida, así como las vacas y caballos autóctonos. Pudimos ver jabalís de todas las edades, hembras con crías, tanto rayones como jabatos, y grandes machos. El jabalí de Doñana es un poco más pequeño y presenta en algunos ejemplares una coloración muy oscura, casi negra. También los ciervos son un poco más pequeños debido a su adaptación al terreno en el que viven.
Cierva observando atenta entre los matorales.
Grupo de gamos y ciervo en La Vera.
Continuamos por el coto y las marismas que, como dije anteriormente, está completamente seca. La marisma es el ecosistema más cambiante de Doñana y ahora mismo está como si fuera verano. En la marisma encuentran refugio miles de aves que, muchas de ellas, criarán en primavera, aunque este año se plantea muy problemático por la falta total de agua. Antes de llegar a la parada del poblado de La Plancha vimos un posible cruce de jabalí y cerdo doméstico que campeaba tranquilamente entre los arbustos.
Según avanzábamos por el bosque de pinos y matorrales, nuestro guía, Jerónimo, nos explicaba la importancia del lugar haciendo hincapié en que Doñana es como una cebolla, me explico, hay una parte central que es el Parque Nacional de 50.720 hectáreas; rodeada de 54.250 ha. de Parque Natural, es decir 114.970 hectáreas protegidas en las que se encuentran unas 365 especies de aves, 21 especies de reptiles, 11 de anfibios, 20 de peces de agua dulce, 37 de mamíferos no marinos y unas 900 especies de plantas. Y en este lugar podemos encontrar a dos de los animales emblemáticos de la península ibérica, el lince (que por desgracia no vimos) y el águila imperial, de la que pudimos disfrutar a placer…pero eso será otra entrada.

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