domingo, 23 de septiembre de 2012

En busca del oso II.
Tras una buena comida nos encontrábamos en el porche de la casa hablando y comentando las experiencias vividas mientras un buen número de lavanderas blancas y cascadeñas pasaban constantemente por nuestras cabezas, así como algún mosquitero musical, colirrojo, aguilucho ratonero, golondrinas o aviones cuando, por sorpresa, llegó corriendo nuestro maravilloso "anfitrión" diciéndonos: "¿No queríais ver al gato montés? Allí está". Nos dejó perplejos. Eran las cuatro de la tarde. Había cerca de 30 grados y en teoría, sólo en teoría, no se debía de mover nada, pero no era así, el gato montés estaba en la ladera de enfrente.
Caminaba elegante, con ese andar que le caracteriza, ligero pero seguro, ágil pero contundente. Se movía por la pradera con cautela. Silencioso, de repente, se paró. Se quedó inmóvil. Mirada fija y cola en un ligero arco. Así estuvo unos segundos hasta que movió una pata, despacio, muy despacio, cuando la situó, movió otra, una trasera y luego una delantera, tras un par de metros avanzados se detuvo, flexionó ligeramente las patas traseras, tensó las delanteras, se arqueó levemente, se equilibró con la cola y, pasados unos segundos, que parecieron minutos, saltó como un resorte, con una agilidad increíble, seguramente su presa sería un pequeño ratón o topillo que consiguió escapar. El gato montés había fallado pero su espectáculo nos dejó boquiabiertos. Disfrutamos de varios intentos de caza. Todos infructuosos. Una hora y cuarto lo estuvimos viendo moverse por los prados. Buscaba su comida. Buscaba una presa. Al día siguiente lo volvimos a ver en el mismo sitio, a la misma hora y con un calor similar.
No sólo se movía el gato montés, un poco más abajo, en la misma ladera, una corza con su cría comían placenteramente. En esos momentos me vino a la cabeza la cantidad de veces que solemos decir o pensar que los animales solamente se mueven al amanecer o anochecer y parece que se mueven más de lo que nos creemos.
Contentos y admirados nos dirigimos en busca del oso. A las seis de la tarde ya nos encontrábamos buscándolo. Esperando y deseando poder volver a verlo aunque con lo que habíamos visto, nos conformábamos pero tuvimos, la inmensa suerte, de observar y disfrutar de mucho más.
El tiempo pasaba y no aparecía. Entre tanto, los rebecos y los corzos se movían de acá para allá en busca de comida y los arrendajos chillaban en disputas por alguna bellota. Nuestra esperanza empezaba a flaquear hasta que Isa exclamó: "¡Ahí está! Toma. Toma. Toma". "¿Dónde?". Preguntamos al unísono. "¡No lo sé!" Nos contestó emocionada. Miramos por su telescopio y nos quedamos sin habla. Allí estaba. Parecía más grande. Parecía la osa de la mañana pero...¡estaba subida en lo alto de un roble! ¡Estaba en la copa de un roble de cerca de veinte metros de altura...comiendo bellotas!

En ese momento me impresionó verla allí. Subida en un árbol. A veinte metros de altura comiendo todas las bellotas que quedaban a su alcance. Es increíble ver a un animal de alrededor de cien kilos subido a un árbol y hacerlo de manera tan ágil y segura. Allí estuvo comiendo unos veinte minutos en los que pudimos admirar a tan fantástico animal. Se movió por diferentes ramas hasta que decidió bajar y certificamos que era la misma osa que habíamos visto por la mañana.
Se movió entre los avellanos y los robles, comiendo, caminando decidida, tenía hambre, comía todo lo que podía ya que esta época es determinante para acumular grasas de cara a la hibernación y, si ha tenido la suerte de quedarse preñada, la posterior cría de los pequeños oseznos que nacerán en la profundidad de la osera.
Las osas tienen la implantación diferida, como comentaba en entradas anteriores igual que les pasa a las corzas y a las tejonas, es decir, la osa se queda preñada alrededor de mayo-junio pero el embrión no se empieza a desarrollar hasta aproximadamente noviembre y, en enero, dentro de la osera, nacerán los pequeños oseznos (normalmente de uno a tres) que pesarán alrededor de 350 gramos y saldrán en abril a un nuevo mundo para ellos. La osa los cuidará con mimo y los protegerá de los ataques de algunos machos que intentarán matarlos para que la osa entre en celo otra vez y ser ellos los que copulen con ella. Los pequeños oseznos seguirán a su madre durante los siguientes 15 ó 16 meses acompañándola a todos lados. Pasado ese tiempo, la osa, los abandonará  coincidiendo con el siguiente celo. Al abandonarlos, los hermanos permanecerán juntos otro año más y la osa, dos años después, volverá a parir, si ha quedado preñada, una nueva camada.
Una manera de contabilizar los osos es por las osas criando, es decir, todos los años se cuentan las osas con crías y así se puede saber la evolución de la especie en la zona. En la subpoblación occidental se están recuperando mejor que en la oriental. En el año 2010 se contabilizaron 25 osas con crías en la occidental y 3 en la oriental (datos de la Fundación Oso).
Uno de los problemas de las dos poblaciones oseras es la inconexión entre ellas. Se están haciendo esfuerzos para conectarlas y que los individuos puedan entremezclarse pero hasta el momento es sumamente complicado.
Estuvimos viéndola comer y moverse por la zona alrededor de 40 minutos hasta que decidió adentrarse en el robledal donde nos fue imposible seguirla ya que el bosque nos impedía ver. Fue una experiencia impactante. No salíamos de nuestro asombro e incredulidad al pensar que ese animal, tan pesado, se movía por las ramas del árbol con total soltura y seguridad. Aquí os dejo un pequeño vídeo realizado por casavuelta y montado por mí. Espero que os guste.
Regresamos hablando y comentando nuestra experiencia mientras se oía al cárabo y al autillo en la noche asturiana. Al día siguiente no la vimos. No salió del robledal y fue imposible observarla pero un curioso corzo de una sola cuerna llamó nuestra atención durante un buen rato. Puede que la hubiera perdido en alguna pelea en junio o julio cuando luchaba contra otros machos por las hembras o, simplemente, que no le hubiera salido.
El fin de semana acababa no sin antes charlar largo y tendido con nuestro “anfitrión” que nos contaba historias de lobos y osos, de urogallos o de experiencias que nos tenían abstraídos en su conversación. Fueron unos magníficos días llenos de naturaleza, belleza, tranquilidad y paz que nos hicieron disfrutar de un entorno privilegiado. Volveremos. Estoy absolutamente convencido. Fue un verdadero placer para los sentidos. Gracias a nuestro “anfitrión” y su familia que nos acogieron de una manera excepcional y nos hicieron sentirnos como en nuestra casa.

4 comentarios:

  1. Apasionante experiencia bien relatada, como es habitual en tus interesantes crónicas.
    Un 'finde' como el que habéis vivido no se olvida. Experiencias propias y ajenas para el recuerdo y la transmisión.
    Un saludo desde Pucela.

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  2. Así es. Una experiencia así no se olvida. Gracias por tu comentario que anima a seguir, aunque, en muchas ocasiones ves que las entradas no tienen mucho éxito pero sigues porque te gusta y apasiona y sabes que hay gente como vosotros. Un saludo.

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  3. Estaba esperando a esta segunda parte.
    Es muy complicado describir el primer encuentro con un oso, y la verdad es que has dado en el clavo con tus palabras.
    Si me dices, antes de irte, que vas a ver todo lo que has visto y con tanta "proximidad"... no me lo hubiera creído (y seguramente tu tampoco).
    Mi mas sincera enhorabuena por las fotografías y por el vídeo, la verdad es que es todo lo que espera cualquiera que lleva horas y horas y días y días tras este gran mamífero.
    Un saludo!

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    1. Ni por asomo pensábamos ver todo lo que vimos. Íbamos con esperanzas pero fueron superadas con creces. Gracias por tus comentarios y un saludo.

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