martes, 15 de octubre de 2013

...y apareció la manada.
Estos últimos meses he tenido la inmensa suerte de ver unas cuantas veces al lobo. Verlo es un momento único y especial que siempre es diferente; cada observación tiene su propia historia, sus propias particularidades. La última ha reunido todo en una y creo que merece la pena contarla.
El viento cortaba la cara y la niebla se iba levantando poco a poco mientras los primeros rayos de sol se abrían paso por encima de la neblina y luchaban por calentar la fría mañana con solamente dos grados.
Me encontraba en una conocida zona de la sierra en la que había unas diez personas venidas de diferentes lugares de la península; todas con la esperanza de ver a esa maravilla natural que es el lobo ibérico. En otras ocasiones he criticado y sido bastante duro con alguna de la gente que se congrega en estas zonas tan conocidas de la sierra, pero en esta ocasión he de felicitar a todos los que allí se encontraban. Todos venían a intentar ver al lobo. Sabían cómo comportarse y eso siempre hace más fáciles las observaciones.
Me coloqué a unos diez metros de ellos. Quería ver una parte de la sierra que desde donde ellos estaban no se veía. Craso error. Unos cuarenta minutos más tarde oí un ruido delante de mí, detrás de las escobas que daban a la vía. Parecía que un animal había salido a la vía y caminaba por las piedras. Asomé un poco la cabeza pero el talud no me dejaba ver nada. Sería un corzo o un ciervo. Al minuto, un movimiento rápido de mis compañeros delataba que habían visto algo. ¡El lobo les salió a unos diez metros! Había pasado por delante de mí y bajaba por el cortafuegos. 
Esta primera foto es testimonial ya que está desenfocada.
No me dio tiempo a más.
Lo vi a unos ochenta metros. Se paró. Se giró y nos miró. Nadie hablaba. Todo eran caras de sorpresa, incredulidad y admiración. Solamente se oía mi cámara que intentaba capturar todo lo que podía. Intentaba absorber el instante.
Ninguna de las fotos está recortada. He querido dejarlas tal cual salieron
de la cámara porque quería que se apreciara al lobo en su entorno...
El lobo continuó cortafuegos abajo con ese andar elegante y seguro. Llegó hasta abajo y se paró de nuevo. Volvió a girarse. A mirarnos. ¿Qué pensaría? Segundos después comenzó su nuevo recorrido.
Nos quedamos boquiabiertos. Lo buscábamos en la lejanía con los telescopios y nos salió al lado. Este animal nunca dejará de sorprenderme. Se encontraba seguro. Le trasmitíamos tranquilidad y seguridad. No nos evaluó como una amenaza. 
...en su hogar. El color del lobo le camufla. Es igual que el de su entorno.
Pasados unos segundos de sorpresa y estupor comenzamos a reaccionar. "¡Vaya pasada!" "¡Impresionante!" "¿Le has hecho alguna foto?" "¿Lo grabaste?" Había sido un momento especial para todos y para algunos mucho más, acababan de ver un lobo por primera vez en su vida y tan cerca. Esta observación, por sí sola, hubiera sido algo memorable para todo el día,... pero no. La historia continuó, y de qué manera.
Nos volvió a mirar. Nos controlaba.
Pasados unos diez minutos avisé a mis compañeros: "¡Cinco lobos!". No eran cinco. Eran seis preciosos lobatos que se movían como fantasmas entre el brezo.
Los jóvenes lobatos se movían tranquilos. Descubrían su territorio. Avanzaban despacio. Oliendo. Buscando. Memorizando todo lo que les rodeaba. Captando sensaciones. Dos de ellos se separaron del grupo y desaparecieron entre el brezo, los otros cuatro permanecieron juntos. Se tumbaban. Se sentaban. Jugaban. Olían. Deambulaban descubriendo un mundo nuevo.
Su pelaje pardo, monocromo y corto les delataba como jóvenes lobatos de unos cinco o seis meses pero todavía les faltaba el color característico de sus padres y la vistosa silla de montar que no les saldrá hasta pasado más de un año de vida.
Su pelaje todavía no es el apropiado para pasar el invierno.
Parece delgado, débil...
Avanzaban hacia la izquierda. Apareciendo y desapareciendo entre brezos y rocas. Se acercaban. Se olían. Jugaban. Se sentaban. Se tumbaban. Se asomaban al valle.
En esta época los jóvenes lobatos cada vez pasan más tiempo solos, deambulando por su territorio. Tienen mucho que aprender y los juegos y peleas simuladas marcarán su futura conducta. Sus padres u otros miembros de la manada no andarán lejos.
Los cuatro lobatos recorrieron casi un kilómetro de forma pausada, pero seguros de sí mismos. Llegaron hasta un camino y, ¡de repente! Aparecieron dos lobos adultos con un andar rápido. Seguro. Elegante. De aspecto fuerte y pelo más tupido. Inmediatamente los lobatos se acercaron sumisos y les comenzaron a saludar contoneando su cuerpo, moviendo su cola y chupándoles el hocico. Querían comida. Uno de los lobos adultos se perdió entre los brezos seguido de tres de los lobatos pero el otro lobo adulto se paró. Agachó la cabeza y su cuerpo comenzó a arquearse con espasmos cada vez más seguidos. Supongo que regurgitó comida ya que el lobato cercano se puso a comer algo del suelo. Este lobo adulto se volvió por el camino hasta cierta distancia desde donde observaba inquieto. Algo le preocupaba. Cuando se tranquilizó, volvió y desapareció junto con los otros entre la vegetación más espesa.
...pero no es así. Es un superviviente. Un luchador. Es un lobo.
Fueron algo más de dos horas de disfrute. De no quitar la vista del telescopio. De no perderse ni un detalle de las evoluciones de esta manada de lobos. Habíamos visto nueve lobos. Un subadulto, seis lobatos y dos adultos. La sonrisa no se nos quitaba de la cara. La emoción nos salía por los cuatro costados. 
Volví a casa contento. Emocionado. Era la segunda observación en la que había visto un número mayor de lobos. La vez que más he podido ver fueron catorce preciosos lobos en una memorable mañana de hace varios años. (Si queréis recordarla pinchar aquí)
Según volvía a casa recordaba lo vivido en una mañana espectacular en la que también pude presenciar dos peleas de ciervos que cualquier otro día hubiera sido un recuerdo fantástico, pero hoy los recuerdos estaban llenos de lobos. Recordaba su andar, su comportamiento, su elegancia y su mirada. Mirada que he podido ver muy cerca. Mirada nocturna, de ojos brillantes, que tuvimos la inmensa suerte de ver hacía una semana a escasos diez metros y que nos causó un enorme impacto, pero eso será otra historia. La historia del lobo de los ojos luminosos y por qué tienen ese fulgor.
(Si alguno de los que estabais en la espera leéis esta entrada y me distéis el e-mail., disculpadme, ya que perdí el papel. Poneros en contacto conmigo.)

10 comentarios:

  1. Enorabuena José, inmensa suerte la que has tenido.
    Mira que he hecho horas delante de ese cortafuegos imaginando que el lobo salía por donde os salió a vosotros.
    Supongo que será cuestión de tiempo, perseverancia y algo de suerte.

    Saludos desde león

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    1. Tuvimos mucha suerte. Coincidió y lo aprovechamos. Un saludo y gracias por el comentario.

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  2. Fantástico amigo!!!...vaya momentazo...y pedazo fotos...
    Salud!!

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    1. Muchas gracias. La verdad es que las fotos las podía haber acercado y que se viera el lobo más cerca pero me gustaba que se viera todo el entorno; donde vive, por donde va. Fue un momento muy especial. Un saludo.

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  3. Si resulta único y sobrecogedor el momento en el que te echas un lobo a la vista... no podemos ni imaginar (aunque tu elocuente relato lo explique a las mil maravillas) como ha de ser el encuentro múltiple que has disfrutado en esta ocasión.
    Todo un lujo!!
    Un saludo de 'Ojolince y Sra.' y nuestra sincera enhorabuena.

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    1. Es muy, muy especial...Muchas gracias por vuestro fiel seguimiento del blog. Un saludo.

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  4. Eres muy paciente y todo tiene su recompensa.
    Un abrazo.

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  5. Que Maravilha,
    Abraços de Portugal

    Patrícia e Luís

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    1. Muchas gracias Patricia y Luis hace mucho que no coincidimos; seguro que seguís viniendo. Un saludo y a ver si nos vemos pronto.

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