jueves, 2 de enero de 2014

El petirrojo: ¿audaz o temerario?
Llegamos a la sierra. Sacamos el telescopio y nos dispusimos a buscar. Nada más colocarnos apareció en los arbustos que estaban junto a mí una pequeña ave regordeta, con un naranja intenso en el pecho y en la cara, de patas y pico finos, vivaz y nervioso que se agachaba y estiraba sin descanso, levantaba la cola y la agachaba en un frenético movimiento de impaciencia y nerviosismo, era un petirrojo.
El petirrojo es una de las aves más comunes y que más veo, sobre todo en invierno, en mis paseos por el río. Es un ave curiosa por naturaleza que se acerca y te mira como si te escudriñara o se preguntara que haces ahí o por qué estás en su territorio pero este petirrojo era especial.
Del arbusto bajó al suelo, junto a mi pie, se movía entorno nuestro sin descanso, buscando con impaciencia e inquietud. Quería comida. Estaba seguro que quería comida. Conocía el lugar y sabía que mucha gente acudía allí con sus bocadillos y siempre se les escapaba alguna miga o trozo que llevarse al pico. Del suelo al arbusto. Del arbusto al suelo. Sin perdernos de vista. Allí estaba. Esperando su oportunidad. Su oportunidad de comer algo de una manera fácil aunque arriesgada o quizás, sabía lo que hacía, se arriesgaba porque esperaba su recompensa o una manera de conseguir alimento de una forma cómoda y fácil.
Ernesto se fue al coche y volvió con algo en la mano. "A ver que hace". Ante mi sorpresa había cogido un puñado de maíz y lo había machacado en la mano hasta convertirlo en un polvillo que rápidamente captó la atención del petirrojo. Estiró el brazo y se quedó inmóvil. ¿Comería el petirrojo de la mano?
Mi incredulidad se convirtió en sorpresa cuando el pequeño petirrojo se posó en el arbusto, a escasos centímetros de la mano. ¿Iría hasta la mano? ¿Comería de la mano?
El petirrojo voló hasta la mano y picoteó dentro de ella para llevarse un pequeño trozo de maíz. ¡Había comido de nuestra mano! No me lo podía creer. ¿Lo habría hecho más veces? ¿Por qué se arriesgaba tanto? ¿Era un petirrojo osado o inconsciente?
De la sorpresa pasé a la preocupación. Si era tan confiado es que seguramente lo hubiera hecho más veces, o no; quizás era la primera pero estaba arriesgando su vida; no todo el mundo sería como nosotros que no le íbamos a hacer nada. ¿Lo sabría?
Que los humanos demos de comer a animales salvajes es algo que conlleva, casi siempre, muchos riesgos para ellos. Recuerdo una loba muy famosa en la sierra de La Culebra que una persona se dedicó a dar de comer desde que era un cachorro y se acostumbró a salir del pinar en cuanto oía rumores, pasos o un coche específico. Esa loba se asomaba y esperaba. Esa loba comió durante años de la mano del hombre que le dejaba allí el alimento. Esa loba se acostumbró a conseguir esa comida fácil. Esa loba fue fotografiada en infinidad de ocasiones. A esa loba la mataron de un tiro. Esa loba se acostumbró a confiar en el hombre pero no todos somos iguales; unos queremos verlos,  disfrutar de ellos, observarlos pero, por desgracia, otros quieren y disfrutan haciéndolos sufrir o matándolos.
En otra ocasión me encontraba en Navarredonda de Gredos. La noche estaba fría pero clara y hermosa con un cielo estrellado que invitaba a mirarlo y empaparse de su belleza cuando unos ojos surgieron en la oscuridad. Estábamos comiendo un bocadillo y los ojos lo sabían. La suave luz que nos envolvía delimitaba donde estaban los ojos que nos miraban fíjamente. No eran ojos malvados ni perversos. Eran ojos suaves que nos miraban con hambre. Un trozo de pan voló hasta donde se encontraban. Los ojos lo cogieron y desaparecieron en la oscuridad de la noche. Minutos después volvieron y un nuevo trozo de pan voló hasta ellos pero esta vez más cerca, en la zona de suave luz. Los ojos penetraron en la luz. Un precioso zorrillo se dejó ver. Se acercó cauteloso. Cogió el trozo de pan y desapareció nuevamente. El zorrillo volvió en busca de más comida y terminó comiendo a escasos metros nuestros. 
Una preciosa curruca cabecinegra también se acercó a buscar comida.
Se limitó a buscar por el suelo. No fue tan osada como el petirrojo.
Curiosamente, los dos, estaban anillados.
Ese zorrillo vivió durante varias temporadas en la misma zona hasta que desapareció. Unos decía que lo habían matado, otros que se había ido. Nunca lo supe pero el hombre había influido en su vida, ¿para bien o para mal? ¿Hay que dar de comer o influir en la vida de los animales salvajes? Esa es una de las cuestiones éticas que más ríos de tinta han hecho surcar en artículos, documentales o conferencias y que seguirán siendo motivo de controversia. Pero, dar de comer a los animales se hace de muchas formas y maneras. Montar un comedero, poner un muladar, un cebadero, echar pan a las palomas o pajarillos en el parque, dar de comer a un zorro o a jabalís en un pueblo o ciudad también es dar de comer a un animal salvaje. ¿Está bien o está mal? ¿Quién lo decide? La verdad es que todo hay que tomarlo en su justa medida, simplemente hay que tener un poco de sentido común que, como muchas veces digo, es, en innumerables ocasiones, el menos común de los sentidos.

4 comentarios:

  1. Resulta difícil la decisión, porque como bien dices, si se acostumbran a comer de la mano del hombre, a la larga es una fuente de problemas. Ahí están las imágenes de gentes alimentando a los jabalíes en poblaciones cercanas a Madrid. Creo que habrá que habilitar comederos si escasea su comida, como sucede con los buitres, pero no que coman directamente del hombre.
    Un abrazo y feliz año.

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    1. Comer del hombre, casi siempre, es un problema. Hay que tener sentido común. Un saludo y gracias por el comentario.

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  2. Ciertamente, es un error darle de comer a los animales en estado salvaje. Puede que, en contadas ocasiones, como ésta del petirrojo podamos atrevernos a hacerlo, o que, otras veces, sea necesario por la falta de sustento para la fauna salvaje.
    Este atrevimiento ocurrió tras comprobar que se daban tres peculiaridades. Primero, se trata de un petirrojo, no de un lobo, zorro u otro animal de aquellos que "soportan" la animadversión de parte de la población. Segundo, estaba en una zona de merenderos, es un animal acostumbrado ya a ser alimentado por el hombre. Tercero, es un hecho absolutamente puntual, no algo que se vaya a repetir de manera que el petirrojo espere esa comida.
    Fue, en cierta manera, un experimento. Hecho, como bien dices, Pepe, en su justa medida y bajo la atenta mirada del sentido común.
    Aún así, y pese a esta "excepción", creo que no se debe dar de comer a ningún animal que viva libre...

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    1. Las tres peculiaridades que comenta Ernesto son completamente ciertas; sino no lo hubiéramos hecho.

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