domingo, 1 de enero de 2012

¿Por qué se ama o se odia al lobo?
El lobo, ese animal mítico y emblemático de nuestra tierra, siempre ha sido y será foco de controversia, de constantes enfrentamientos entre sus detractores y defensores. Al lobo se le ama o se le odia.
La respuesta del lado de los que le odian está clara, por dinero. El hombre y el lobo han competido, durante siglos, por el mismo recurso, el ganado, la repercusión económica que tiene su existencia para ciertas personas y, aunque su incidencia sea relativa en la economía del ganadero, principal detractor del lobo, siempre se amplificará y se le acusará de infinitas tropelías de las cuales, en un número considerable, son, cuanto menos cuestionables. En esta incidencia económica deberíamos añadir a la administración que no paga las ayudas, ni en tiempo, ni muchas veces en forma; si lo hiciera, seguramente, se aplacarían muchas de las voces que dicen y dicen verdaderas barbaridades sobre el lobo, sin sentido y que tienen un único fin, culparlo y condenarlo socialmente.
Como me encuadro en los que aman al lobo no voy a hablar más de los que le odian, aunque sé reconocer que es un problema que se debería de solucionar y se hará cuando las dos partes tengan un poco más de mano izquierda y se acerquen a puntos equidistantes en los que unos cedan y otros, sobre todo, paguen.
Fotografía tomada por Poli en la Sierra de la Culebra.
“¿Por qué te gusta tanto el lobo?” Es una pregunta que me hacen muchas veces y que mucha gente no entiende su respuesta. Luego viene: “¿Y te levantas a las siete de la mañana para ir a verlo?”, y después: “¡Estás loco!”. Debo de estarlo pero creo que es una locura sana que no hace daño a nadie y que para mí es una enorme satisfacción.
¿Qué hace que un belga, una madrileña y un zamorano (no es ningún chiste) se encuentren, sin conocerse, a las ocho de la mañana en la sierra y esperen, con un frío de cuidado? El lobo. Ese es el motivo. El verlo unos instantes, si hay suerte, cruzar por un prado o entre los brezos y las escobas.
El lobo atrae a gente variopinta por su elegancia, poderío, inteligencia, por su simbología, por su carácter mítico y un poco mágico, por su belleza, porque el lobo no se rinde, aunque lo empujemos y persigamos, sigue con la cabeza alta buscando su espacio. Estas son algunas de las razones por las que el lobo nos atrajo esa mañana hasta la sierra.
El belga y la madrileña nunca habían visto uno. Era la tercera y cuarta vez que venían hasta Zamora para intentar verlo y no perdían las esperanzas. Esperanzas en una mañana muy fría, en la que los ciervos y corzos comían tranquilamente mientras un zorro campeaba buscando topillos y los pajarillos se desperezaban entonando sus trinos. Pasaban las horas y las esperanzas de los dos decaían según avanzaban los minutos. Les intentaba infundir ánimos haciéndoles ver que podía salir en cualquier momento y que se concentraran en ciertos puntos por los que pasaba regularmente.
A las diez y diez de la mañana el belga dio la voz de alerta, por supuesto en voz baja, no se puede gritar en una espera. Había visto cruzar algo por detrás de unas escobas donde le había indicado. Rápidamente nuestros telescopios se dirigieron al lugar marcado. Si había pasado por detrás de la escoba se dirigiría a encamarse. Les indiqué el camino que iba a seguir para que estuviesen atentos y esperamos. Sabía que iría por allí porque unos días antes había hecho lo mismo. 
Los pinares emergen como islas en un mar de nieblas en la Sierra de la Culebra.
Es el territorio del lobo.
Salió de la zona de escobas y cruzó un campo viéndose perfectamente. Su andar poderoso y elegante nos tenía hipnotizados. Nadie hablaba. Ellos casi ni respiraban. Lo seguimos todo el recorrido. Era un lobo joven que cruzó el campo, atravesó unos brezos y salió a un cortafuegos que recorrió paralelo a la hilera de pinos. De ahí cruzó a otro para perderse en un punto concreto entrando en el pinar. Su recorrido fueron unos 800 metros en los que ni el belga ni la madrileña pudieron articular palabra. Cuando desapareció y levantaron su vista del telescopio, su cara denotaba una alegría y felicidad que les salía por los cuatro costados. Estaban exultantes y emocionados. Hablaban de cómo era, cómo andaba, de su porte, de la cantidad de tiempo que habían tenido que esperar para ver un lobo por primera vez en plena naturaleza.
Sabía que podía aparecer otro y no levanté la vista del telescopio. Era la hora del encame y si había venido uno por esa ruta, por este lado del bosque, seguramente vendrían más.
A los diez minutos de acabar de ver al anterior apareció un segundo lobo. Este era mucho más grande, más poderoso, era un adulto. Según seguían contándose lo que acababan de ver les dije: “¡Ahí viene otro! ¡Y trae algo en la boca!”. Antes de acabar la frase ya estaban pegados en el telescopio preguntando: “¿dónde?”, por supuesto en bajito, repito que en las esperas no se puede levantar la voz (esto va para los del "y yo más"). Tras indicarles el sitio nos fijamos en lo que llevaba en la boca. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos cómo el lobo se movía raro; no era torpe, era un movimiento raro, con el cuello muy estirado y la cabeza levantada para poder caminar con lo que llevaba en la boca: ¡Una cabeza de corzo! Si. Una cabeza de corzo. A algunos les parecerá desagradable pero así es la naturaleza y os aseguro que impresionaba. El lobo con la cabeza de corzo en la boca caminaba en la misma dirección que el anterior. Hizo el mismo recorrido que el primero hasta perderse en el mismo punto del pinar. Seguramente allí tendrían el encame.
Cuando desapareció, el belga y la madrileña flotaban en una nube de satisfacción. En el mismo día habían visto dos lobos. Sus dos primeros lobos. Pero todo no acabó ahí ya que otros diez minutos después de desaparecer este segundo lobo ¡apareció un tercero! Era joven, como el primero, e hizo el mismo recorrido que los dos anteriores.
 Eran casi las once de la mañana y mis compañeros estaban más que contentos, estaban exultantes. Sus esperanzas se habían visto recompensadas viendo y admirando a tres lobos en plena naturaleza, en su ambiente y sin interferir ni molestarlos para nada. Los tres nos fuimos para nuestras respectivas ciudades: Zamora, Madrid y Sevilla (el belga estaba en Sevilla) tremendamente satisfechos y admirados de poder contemplar a tan increíble animal qué es capaz de despertar la atracción de personas tan dispares y de diferentes lugares para venir a verlo a él. Al lobo ¿Por qué será?
(Agradezco a Poli prestarme su magnífica fotografía para esta entrada)

3 comentarios:

  1. Enhorabuena... Estupendo texto! Ya te lo he dicho alguna que otra vez, que envidia conocer tan bien esa zona y al animal!!
    Un saludo, y a ver si nos vemos por aquellas tierras en alguna ocasión.

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  2. Estoy enganchada a tus historias , las disfruto mucho

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  3. Mis felicitaciones por el relato. Realmente uno siente envidia (sana) ante tales vivencias. A ver si me acerco un día por la Culebra que no la tengo muy lejos. Desde el Bierzo cuando busco lobos, o lo hago en allí mismo, o en la Cabrera o en Carballeda, pero sin éxito. Saludos.

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