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jueves, 4 de junio de 2026

Tiempo de abejarucos y sus vecinos.

Tiempo de abejarucos. Tiempo de poder disfrutar de una de las aves más bonitas que tenemos en nuestra tierra. Ave que lleva en su cuerpo todos los colores de la paleta de un insigne pintor.
El abejaruco llegó hace unas semanas procedente de África para comenzar su reproducción aquí, en nuestros campos. La mayoría de los nidos ya están terminados. Nidos que excavan con su pico y van sacando la tierra del túnel con un movimiento rápido de sus patas, lanzándola al exterior formando pequeños montículos de acumulación de arena según va cayendo.
Bajan en un vuelo acrobático para posarse en el terraplén y comenzar a picar la pared de arena. Lo hacen de una manera muy rápida, como un pequeño martillo percutor que va desgastando la pared. Según pasa el tiempo el agujero se va haciendo más profundo hasta, aproximadamente, de entre uno y dos metros y medio de túnel que termina en una pequeña cámara en la que nacerá la siguiente generación.
Una vez terminado el nido, el siguiente paso, en el que se encuentran estos días es la entrega de regalos por parte del macho a la hembra que lo esperará cerca del nido, en un cable, en una rama o cualquier percha próxima al túnel recién terminado.
Es difícil distinguir al macho de la hembra, una de las maneras de hacerlo es fijándose en los tonos más verdes que presentan en la espalda y en el obispillo las hembras, aunque si estás durante un tiempo observándolos, rápidamente identificarás al macho que se afana, en un trajín constante, en traer abejas, mariposas o avispas que caza en potentes y espectaculares vuelos acrobáticos, rápidos y llenos de quiebros y requiebros que le permiten cazar al vuelo a los rápidos insectos que se mueven entre las flores o vuelan a cierta altura en el campo cercano al nido.
En el entorno de la colonia hay una zona muy curiosa: la zona de baño. En ella pequeños agujeros hacen las funciones de bañeras, bañeras de arena en las que cada cierto tiempo los gorriones se meten y comienzan a rebozarse alegremente en la fina arena con el objetivo de eliminar los posibles parásitos que tengan ya que la arena ahoga a los inquilinos no deseados, pero no solamente es un magnífico insecticida, también es un bálsamo natural para mantener el plumaje perfecto y esponjoso.
Mientras los gorriones se acicalan los abejarucos continúan con sus vuelos acrobáticos de caza que suelen terminar en el sonido que hace el abejaruco cuando captura una presa, un sonido seco, “clack”, presa capturada, además de la sorprendente efectividad de aciertos, es certero y eficaz.
Entre regalo y regalo, las visitas al nido y las montas se van alternando hasta que la hembra comience a poner los huevos iniciando una nueva fase en la reproducción de esta preciosa ave digna de cualquier diseñador de prestigio. Para llegar a esta situación todavía falta, aproximadamente, un mes. Ahora mismo la colonia está en una actividad frenética de caza de insectos e intercambios de regalos, aunque a veces, como le sucedió a este macho, la espera es larga y paciente.
Macho que llegó con un regalo de postín: una esfinge colibrí. Esperó. La hembra no aparecía. No estaba. Comenzó a llamar, a reclamar pero, no aparecía, anteriormente le había entregado varios regalos pero no aparecía. Cambió de percha pero igual, no aparecía, veinte minutos estuvo este afanoso macho llamando a su amada pero no apareció con lo que después de veinticinco minutos, se comió el apetitoso regalo.
Los vecinos de los abejarucos están muy atareados como los gorriones chillones que tienen un trajín constante trayendo pequeños gusanos para alimentar a su prole que les espera en el interior de sus nidos o los aviones comunes que aprovechan un último charco de agua del que coger el elemento indispensable para la construcción de su nido: el barro, o los cernícalos que cazan en la misma zona sin olvidarnos de los vivos conejos que están constantemente atentos a todos los peligros que les acechan.
El pájaro de los mil colores está nuevamente aquí. Ha vuelto a alegrar nuestros campos con sus colores, sus vuelos acrobáticos y sus reclamos.
(Gracias a mi amigo Fernando García por su fotografía para ilustrar esta entrada).

lunes, 19 de enero de 2015

De paseo por el río.

En estos días de nieblas y más nieblas los paseos por el río Duero a su paso por Zamora son mágicos; la humedad y la niebla le dan un aspecto de cuento encantado en el que surgen sus pequeños habitantes que se mueven temerosos, decididos, dispuestos a buscar un sustento que en el invierno es más duro de encontrar con lo que se refugian en carrizos, arbustos y arboledas de la orilla del río donde encuentran cobijo, alimento y protección.
Este mundo está habitado por innumerables pajarillos que vuelan rápidos entre los carrizos y los árboles. Nos encontraremos con pajarillos comunes que habitan todo el año y con otros que pasan aquí el invierno.
Gorriones comunes y molineros son fáciles de ver, al igual que mirlos comunes, petirrojos, herrerillos comunes, carboneros comunes o colirrojos tizones, pero otros son más esquivos o temerosos moviéndose más ocultos o en horas más tranquilas.
Aquí tenéis un buen ejemplo de algunos de los pajarillos que se pueden encontrar estos días por el río Duero a su paso por Zamora: 
Petirrojo.
Moscón.
Lavandera cascadeña.
Lavandera blanca.
Escribano palustre.
Verdecillo.
Pinzón vulgar.
Gorrión molinero.
Jilguero.
Agateador común.
Martín pescador.
Curruca capirotada (macho).
Curruca capirotada (hembra).
Verderón.
Mosquitero.
Mito.
Zorzal.
Colirrojo tizón.
Carbonero común.
Mientras los pajarillos se mueven entre los carrizos y los árboles otros habitantes del lugar andan ocupados en temas amorosos...
Otros se dedican a buscar y encontrar alimento que se comen espectacularmente tras una gran escaramuza para intentar arrebatarle la tan preciada comida. 
Cormoranes, cigüeñas blancas, garzas reales, gallinetas y garcillas bueyeras son otros de los habitantes de este tramo del río Duero.
También hay otro habitante que estos últimos años pasa el invierno en esta zona, el avetorillo.
Grajillas, cornejas, urracas, estorninos, bisbitas, pito real y mirlos también son comunes pero en ocasiones el pico menor, el torcecuello o el picogordo se dejan ver por la zona.
Picogordo.
Pico menor.
Andarríos chico, gaviotas (sombrías y reidoras) y fochas también aparecen estos días por las orillas del río.
Andarríos chico.
Gaviota sombría.
Mis abuelos vivían en una de sus orillas; antes de llegar al puente de piedra, en la orilla derecha, mi abuelo tenía su taller de carpintería con su fachada rosa que durante muchos años fue lugar de reunión en la Zamora de los años cincuenta, sesenta y setenta de futuros pintores, escultores, músicos, escritores o tallistas como Antonio Pedrero, Ramón Abrantes, Coomonte, Claudio Rodríguez, Julio Mostajo, Alito, Alberto de la Torre Cabero, Arturo, Miguel Pérez, Ricardo Flecha (padre), Alfonso Bartolomé, Jesús Hilario Tundidor, Castilviejo, Julio "el escayolista", Tomás Crespo o Miguel Berdión entre otros, a hablar, componer, tocar música o a que mi abuelo les prestara una madera, un lienzo, un bastidor o unas pinturas. Eran jóvenes artistas y amigos de mis tíos que buscaban un futuro que les sonrió y cuando se hicieron importantes siempre que podían bajaban a ver al señor Manolo y a la señora Angelita; ahí es cuando yo los veía y me admiraba que gente tan importante bajara por allí, por el taller, por una simple carpintería; siempre fueron agradecidos y bastantes años después muchos participaron en un homenaje que le hicieron a mi abuelo con una exposición.
En ese taller pasé gran parte de mi vida. Ese taller forjó mi carácter y ese taller se encontraba al lado del río donde mi abuela o mi madre, de niña, lavaban la ropa en su orilla, se cogía una barca para pasear por sus aguas o se pescaba para la comida. En ese río veíamos multitud de animales. Ese río marcó los barrios bajos. Ese río marcó la ciudad.
Voy muy a menudo a pasear por sus orillas o a hacer deporte. Ese taller ya no existe. Se cerró hace muchos años pero cada vez que paso siempre se me escapa una mirada o una sonrisa.
Los habitantes del río van cambiando a lo largo del año, unos se van, vendrán otros y permanecerán algunos todo el año. Es un río cuyas aguas chocolate están llenas de vida, solamente hace falta tener un poco de suerte para encontrártela.