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domingo, 22 de septiembre de 2013

El fin de semana del "no oso".

Llegamos el viernes con la esperanza de tener, como mínimo, la misma suerte que el año anterior y poder disfrutar del increíble animal que es el oso, pero todo nuestro gozo se convirtió en frustración; desde que llegamos el viernes hasta el domingo a mediodía no levantó una niebla meona para nosotros, para los asturianos simplemente estaba orvallando; dicha niebla nos impidió hacer alguna espera hasta el domingo por la tarde, cuando nos teníamos que volver.
La naturaleza es así y en muchas ocasiones no puedes hacer nada de lo que tenías previsto; quizás sea la manera de obligarte a volver, quizás sea una manera de tenerte enganchado.
En vista de que la niebla no levantaba nos dedicamos a pasear, hablar y disfrutar del entorno en la compañía de buenos amigos; en una de esas conversaciones tan instructivas, con nuestro anfitrión Tino, nos enteramos que junto al pueblo en el que estábamos, en esta preciosa provincia de Asturias, había un oso que vivía en el robledal que estaba junto al pueblo y que casi todas las noches bajaba a comer fruta junto a una farola donde lo solían ver. Había que intentarlo. Así es que nos escondimos en el coche y estuvimos mirando la farola durante casi dos horas en la fría noche esperanzados de que el oso bajara en ese momento por allí. Nueva frustración. No bajó en ese momento, pero sí conseguimos estos pequeños tesoros.
Preciosa huella de oso. Vimos alguna más pero menos marcadas.
Esta fue un regalo ya que estaba en una zona de barro.
Excremento de oso lleno de titos de cerezas (a mediados de septiembre).
Pequeños tesoros que nos dejaron tremendamente impresionados. Había estado allí. Estaba allí. Vivía allí. El oso se había bajado al pueblo y como nos decía Tino: "Este año es muy raro; como no hubo primavera y nevó hasta casi julio ahora tienen para comer manzanas, arándanos, avellanas, cerezas, moras, bellotas...de todo y es muy difícil localizarlos. Este baja aquí porque tiene todo eso para comer a la vez, en el mismo sitio y, además, está tranquilo. ¿Dónde va a ir mejor que aquí? Este año el bosque está loco".
Tino es un hombre de campo y conoce perfectamente el bosque y al oso. Sabe por dónde se mueve. Sabe dónde está. Conoce los valles y los bosques como la palma de su mano y sabe que el oso se mueve en función de la comida y esta le llega escalonada en el tiempo; primero una cosa y luego otra, antes el arándano que la avellana o la bellota, pero este año no; todo está a la vez, que si cerezas en septiembre junto con moras o avellanas, arándanos y bellotas...
Hablar con Tino es aprender. Aprender de un hombre que habla de forma pausada, con voz clara y firme, que te cuenta historias de lobos, de osos o de urogallos, que sabe lo que dice porque lo ha vivido desde niño, porque lo vive, que admira y ama al oso. Es una de esas personas que trasmiten su entusiasmo envuelto en optimismo pero nunca olvidando la realidad; que sabe de los problemas del oso, que lamenta que la Fundación Oso haya cambiado su filosofía y que todo el prestigio que había ganado en años lo pierda en muy poco tiempo. Que nos preguntaba sobre el oso o los osos de Zamora interesado por las noticias; algo de lo que, seguramente, haga alguna entrada próxima. 
Sus experiencias, sus historias y sus sabias palabras te abstraen y emocionan. Te llevan a lugares especiales. Te muestran la vida del oso sin tapujos, o la del lobo, o te cuenta cuando el urogallo se cazaba y se ponía de tapa en los bares y ahora casi no hay, algo que lamenta profundamente, algo que siente en el alma y lo dice con un pesar infinito. Así es Tino. Un hombre de campo. Un hombre que ama el campo.
Fue un verdadero placer hablar con él y su familia que nos acogieron de una manera excepcional y nos hicieron sentir como en nuestra casa. Volveremos, y la próxima vez esperamos que la niebla nos dé un respiro y podamos, por lo menos, admirar el paisaje e intentar buscar a ese animal mítico que es el oso.

domingo, 23 de septiembre de 2012

En busca del oso II.

Tras una buena comida nos encontrábamos en el porche de la casa hablando y comentando las experiencias vividas mientras un buen número de lavanderas blancas y cascadeñas pasaban constantemente por nuestras cabezas, así como algún mosquitero musical, colirrojo, aguilucho ratonero, golondrinas o aviones cuando, por sorpresa, llegó corriendo nuestro maravilloso "anfitrión" diciéndonos: "¿No queríais ver al gato montés? Allí está". Nos dejó perplejos. Eran las cuatro de la tarde. Había cerca de 30 grados y en teoría, sólo en teoría, no se debía de mover nada, pero no era así, el gato montés estaba en la ladera de enfrente.
Caminaba elegante, con ese andar que le caracteriza, ligero pero seguro, ágil pero contundente. Se movía por la pradera con cautela. Silencioso, de repente, se paró. Se quedó inmóvil. Mirada fija y cola en un ligero arco. Así estuvo unos segundos hasta que movió una pata, despacio, muy despacio, cuando la situó, movió otra, una trasera y luego una delantera, tras un par de metros avanzados se detuvo, flexionó ligeramente las patas traseras, tensó las delanteras, se arqueó levemente, se equilibró con la cola y, pasados unos segundos, que parecieron minutos, saltó como un resorte, con una agilidad increíble, seguramente su presa sería un pequeño ratón o topillo que consiguió escapar. El gato montés había fallado pero su espectáculo nos dejó boquiabiertos. Disfrutamos de varios intentos de caza. Todos infructuosos. Una hora y cuarto lo estuvimos viendo moverse por los prados. Buscaba su comida. Buscaba una presa. Al día siguiente lo volvimos a ver en el mismo sitio, a la misma hora y con un calor similar.
No sólo se movía el gato montés, un poco más abajo, en la misma ladera, una corza con su cría comían placenteramente. En esos momentos me vino a la cabeza la cantidad de veces que solemos decir o pensar que los animales solamente se mueven al amanecer o anochecer y parece que se mueven más de lo que nos creemos.
Contentos y admirados nos dirigimos en busca del oso. A las seis de la tarde ya nos encontrábamos buscándolo. Esperando y deseando poder volver a verlo aunque con lo que habíamos visto, nos conformábamos pero tuvimos, la inmensa suerte, de observar y disfrutar de mucho más.
El tiempo pasaba y no aparecía. Entre tanto, los rebecos y los corzos se movían de acá para allá en busca de comida y los arrendajos chillaban en disputas por alguna bellota. Nuestra esperanza empezaba a flaquear hasta que Isa exclamó: "¡Ahí está! Toma. Toma. Toma". "¿Dónde?". Preguntamos al unísono. "¡No lo sé!" Nos contestó emocionada. Miramos por su telescopio y nos quedamos sin habla. Allí estaba. Parecía más grande. Parecía la osa de la mañana pero...¡estaba subida en lo alto de un roble! ¡Estaba en la copa de un roble de cerca de veinte metros de altura...comiendo bellotas!

En ese momento me impresionó verla allí. Subida en un árbol. A veinte metros de altura comiendo todas las bellotas que quedaban a su alcance. Es increíble ver a un animal de alrededor de cien kilos subido a un árbol y hacerlo de manera tan ágil y segura. Allí estuvo comiendo unos veinte minutos en los que pudimos admirar a tan fantástico animal. Se movió por diferentes ramas hasta que decidió bajar y certificamos que era la misma osa que habíamos visto por la mañana.
Se movió entre los avellanos y los robles, comiendo, caminando decidida, tenía hambre, comía todo lo que podía ya que esta época es determinante para acumular grasas de cara a la hibernación y, si ha tenido la suerte de quedarse preñada, la posterior cría de los pequeños oseznos que nacerán en la profundidad de la osera.
Las osas tienen la implantación diferida, como comentaba en entradas anteriores igual que les pasa a las corzas y a las tejonas, es decir, la osa se queda preñada alrededor de mayo-junio pero el embrión no se empieza a desarrollar hasta aproximadamente noviembre y, en enero, dentro de la osera, nacerán los pequeños oseznos (normalmente de uno a tres) que pesarán alrededor de 350 gramos y saldrán en abril a un nuevo mundo para ellos. La osa los cuidará con mimo y los protegerá de los ataques de algunos machos que intentarán matarlos para que la osa entre en celo otra vez y ser ellos los que copulen con ella. Los pequeños oseznos seguirán a su madre durante los siguientes 15 ó 16 meses acompañándola a todos lados. Pasado ese tiempo, la osa, los abandonará  coincidiendo con el siguiente celo. Al abandonarlos, los hermanos permanecerán juntos otro año más y la osa, dos años después, volverá a parir, si ha quedado preñada, una nueva camada.
Una manera de contabilizar los osos es por las osas criando, es decir, todos los años se cuentan las osas con crías y así se puede saber la evolución de la especie en la zona. En la subpoblación occidental se están recuperando mejor que en la oriental. En el año 2010 se contabilizaron 25 osas con crías en la occidental y 3 en la oriental (datos de la Fundación Oso).
Uno de los problemas de las dos poblaciones oseras es la inconexión entre ellas. Se están haciendo esfuerzos para conectarlas y que los individuos puedan entremezclarse pero hasta el momento es sumamente complicado.
Estuvimos viéndola comer y moverse por la zona alrededor de 40 minutos hasta que decidió adentrarse en el robledal donde nos fue imposible seguirla ya que el bosque nos impedía ver. Fue una experiencia impactante. No salíamos de nuestro asombro e incredulidad al pensar que ese animal, tan pesado, se movía por las ramas del árbol con total soltura y seguridad. Aquí os dejo un pequeño vídeo realizado por casavuelta y montado por mí. Espero que os guste.
Regresamos hablando y comentando nuestra experiencia mientras se oía al cárabo y al autillo en la noche asturiana. Al día siguiente no la vimos. No salió del robledal y fue imposible observarla pero un curioso corzo de una sola cuerna llamó nuestra atención durante un buen rato. Puede que la hubiera perdido en alguna pelea en junio o julio cuando luchaba contra otros machos por las hembras o, simplemente, que no le hubiera salido.
El fin de semana acababa no sin antes charlar largo y tendido con nuestro “anfitrión” que nos contaba historias de lobos y osos, de urogallos o de experiencias que nos tenían abstraídos en su conversación. Fueron unos magníficos días llenos de naturaleza, belleza, tranquilidad y paz que nos hicieron disfrutar de un entorno privilegiado. Volveremos. Estoy absolutamente convencido. Fue un verdadero placer para los sentidos. Gracias a nuestro “anfitrión” y su familia que nos acogieron de una manera excepcional y nos hicieron sentirnos como en nuestra casa.

martes, 18 de septiembre de 2012

En busca del oso I.

Nuestras ilusiones eran muchas y nuestras esperanzas también pero no podíamos imaginarnos lo que viviríamos en los siguientes tres días por la Cordillera Cantábrica en un maravilloso lugar de Asturias.
El valle era espectacular. De bosques mágicos, luz especial y paz que se adentraba dentro de ti y te abrazaba en un sosiego y tranquilidad que invitaba a observar la naturaleza, a disfrutar de laderas repletas de bosques y vegetación. 
Dejamos los bártulos en la casa rural y rápidamente nos fuimos en busca del oso. No había ni un instante que perder ya que debíamos aprovechar el tiempo lo máximo posible. 
Llegar y "besar el santo", como se suele decir. Antes incluso de montar el telescopio y mirar a la ladera de enfrente, nuestro maravilloso acompañante exclamó: "¡Allí hay uno!". 
Rápidamente montamos los telescopios, nos colocamos y pudimos observar a una osa joven que comía avellanas tranquilamente. Nuestra euforia fue inmediata, contagiosa y debo confesar que se me pusieron los pelos de punta de la emoción al estar contemplando a uno de los pocos osos cantábricos que quedan en libertad en la península ibérica.
El oso cantábrico es una especie en peligro de extinción y declarada protegida en 1973. En aquel momento se encontraba al borde del abismo y gracias a programas de protección, educación ambiental, concienciación y enormes esfuerzos por la conservación de su hábitat, se ha ido recuperando lentamente hasta la actualidad, en la que el oso ha pasado de ser perseguido, cazado y furtiveado a ser considerado como un bien que hay que conservar y cuidar, aunque todavía esté en peligro. Actualmente se estima que en la Cordillera Cantábrica hay una población de unos 160 osos en la subpoblación occidental y unos 30 en la oriental. 
Allí estábamos, viendo a uno de esos osos que comía tranquilamente avellanas. Era impresionante ver como se ponía a dos patas. Se estiraba y cogía con fuerza pero con cuidado, el avellano. Lo bajaba desde la parte alta para agarrarlo y, con una enorme delicadeza, comer su preciado botín, las avellanas.
Los osos se mueven en función de la comida. En esta época del año buscan las avellanas pero dentro de muy poco tiempo se adentrarán en los robledales en busca de las bellotas, aunque no desdeñarán hormigueros, pasto fresco, fruta, moras e incluso alguna carroña que puedan encontrar. La buena alimentación en esta época será básica para coger fuerzas y grasas para poder hibernar y para que las hembras tengan éxito en la cría.
Allí estaba. De avellano a avellano. De árbol a árbol haciendo la misma operación de bajar los avellanos para comer sus frutos. De vez en cuando cruzaba una pedriza y la podíamos admirar en todo su esplendor. Sus potentes patas. Su cuerpo grande. Su cabeza rubia. Sus orejas redondas y  pequeños ojos envueltos en una mancha negra alrededor.
Los osos cantábricos varían enormemente en su tonalidad. Van desde el marrón muy oscuro, casi negro, hasta el dorado claro (rubio) e incluso gris. Esta osa tenía la cabeza rubia, las patas oscuras y el cuerpo entre gris y dorado. Era una gozada y un enorme privilegio poder verla moverse entre rocas y árboles, entre arbustos y troncos. Era nuestro primer oso. Jamás olvidaré ese momento. Esa sensación. Casi dos horas estuvimos admirándola. Dos horas que se nos pasaron como una exhalación. 
Sin darnos cuenta la noche lo envolvió todo y nos obligó a regresar a la casa rural hinchados de satisfacción, gozo y gratitud hacia nuestro acompañante que estaba igual de satisfecho o más que nosotros mismos. Nos acostamos ilusionados y esperanzados de poder volver a verla al día siguiente.
Antes del amanecer ya estábamos situados en nuestro punto de observación. El tiempo pasaba lento y la osa no aparecía. Entre búsqueda y búsqueda encontrábamos rebecos y corzos que deambulaban por las laderas en sus quehaceres cotidianos. Pasada una hora, apareció. "¡Allí está!" Dije emocionado. Allí estaba pero no era la misma. Era una osa más grande y de un color diferente. Era más oscura, más corpulenta y fuerte. Caminaba decidida ladera arriba parándose de vez en cuando para comer alguna avellana. Solamente la vimos unos veinte minutos antes de perderla tras un enorme roble. Veinte minutos intensos, de verla aparecer y desaparecer entre escobas, avellanos y robles.
Los osos dependen enormemente de que el bosque esté en condiciones. Necesitan una enorme variedad de alimento que consiguen deambulando de ladera a ladera, de bosque a bosque en función de la época del año. Buscarán brotes tiernos en primavera, arándanos y cerezas en verano o avellanas y bellotas en otoño. Necesitan que su habitat esté sano y se conserve. De ahí que uno de los puntos importantes en su conservación sea mantener sus habitat saludables.
Nuestro anfitrión nos contaba historias de osos y anécdotas que había vivido. Experiencias que le habían conmovido, ilusionado e incluso apenado. Nos las contaba con admiración, respeto y amor hacia el animal que había visto siempre. Había vivido cómo el oso pasó de ser perseguido a admirado en un proceso muy lento que se fue consolidando poco a poco a lo largo de los años.
Volvimos a la casa. A disfrutar del paisaje, de la tranquilidad y de la paz que emanaba de la montaña sin saber las sorpresas que nos depararía el día, y digo bien, el día, a plena luz, en las horas centrales de un caluroso sábado, cuando admiramos a otro habitante de la montaña, el gato montés; pero ahí,comenzará la siguiente entrada.