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jueves, 5 de enero de 2012

Pajarillos de la ciudad.

Zamora tiene una enorme variedad de pajarillos que van y vienen por toda la ciudad. Dentro de la misma nos encontramos con tres zonas principales en las que se mueven: la propia ciudad con sus jardines, parques y árboles, el bosque de Valorio (reivindico de nuevo su condición de “bosque”. No de jardín o parque) y las orillas del río Duero, incluyendo los Tres Árboles. Por lo tanto, nos encontramos con unas condiciones muy favorables para la existencia de estas pequeñas aves, los pajarillos que, aunque con ese nombre no vengan en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, siempre los he llamado así, pajarillos y así los seguiré llamando.
Gorrión comiendo flores en la Plaza de La Marina
Con este término me voy a referir a las pequeñas aves, tipo gorrión o lavandera, que revolotean, comen y cantan por nuestra ciudad. Dejaré aparte las aves acuáticas y las que sean más grandes, tipo urraca, oropéndola o pito real. De ellas hablaré en otra ocasión. Me referiré a aquellas que veo en mis paseos por las tres zonas indicadas anteriormente.
Hay una controversia entre los que piensan que cada vez hay menos pajarillos en la ciudad y los que no, pero, disquisiciones aparte, creo que un número considerable de pajarillos se han adaptado perfectamente a vivir en la ciudad. 
Aviones cogiendo barro para el nido en Alfonso XII.
Su adaptación se ha producido siguiendo tres factores:  temperatura, alimentación y seguridad. Dentro de las ciudades la temperatura siempre es superior a la que se pueda encontrar en el campo y este es un hecho que los pajarillos no pasan por alto.
El segundo es la alimentación. En la ciudad disponen de alimento más fácil en vertederos, parques y jardines sobre todo. Aquí en Zamora añadimos dos zonas muy importantes: El Bosque de Valorio y Los Tres Árboles.
El tercero es la seguridad. Dentro de la ciudad los depredadores son menores o incluso no existen y además no hay caza, con lo cual se encuentran más seguros.
Estos tres aspectos son los que han marcado que cada vez más aves se vayan urbanizando. Cuando un ave se viene a la ciudad necesita adaptarse para poder sobrevivir, con lo cual necesitará desarrollar nuevos hábitos para conseguir alimento. Si es capaz de hacerlo sobrevivirá, pero para hacerlo necesitará explorar nuevos lugares, y toda exploración lleva asociada una serie de riesgos. Con lo cual, el cuidado y la necesidad de buscar nuevas oportunidades entran en batalla. Aquí es donde se fraguará el éxito o el fracaso de la adaptación de esa ave a la ciudad. Si el cuidado y la búsqueda están equilibrados, el pajarillo triunfará, se adaptará a la ciudad pero si la cautela puede a la búsqueda de nuevas oportunidades, o al revés, no podrá adaptarse.
Petirrojo en un jardín de Trascastillo.
Por supuesto que en las ciudades también tienen problemas, sobre todo en las contaminadas. Basta decir que nuestro común y querido gorrión, como contaba en una entrada antigua, está teniendo muchos problemas en grandes ciudades y de otras ya ha desaparecido como Londres, Dublín, Edimburgo, Praga o Berlín. En Gran Bretaña han desaparecido 5 millones de parejas en los últimos 30 años. En España, por el momento, la situación no está tan mal, pero sí es preocupante en ciertas zonas como por ejemplo en Valencia, donde ha descendido en los últimos años en un 90% su población y en Madrid están comenzando a desaparecer.
Sus causas pueden ser varias pero entre ellas está la feroz competencia de las palomas y la perdida de alimento por contaminación, la excesiva limpieza de las calles y la eliminación de zonas verdes.
También hemos mejorado en algo. Cuando era pequeño recuerdo que se ponían pajarillos de "tapa" en algunos bares, a algunos os parecerá extraño, pero así era. Por lo menos en eso hemos cambiado, igual que en lo de poner trampas y redes que hace unos años era demasiado común.
En Zamora, de momento, la situación no parece mala, aunque muchos dirán que antes había más pajarillos, y quizás tengan razón. Dependiendo de la época del año, nos encontraremos con unos o con otros. Sería inútil hacer una lista con los que se pueden ver en nuestra ciudad, además no soy un experto y si lo hiciera seguramente metería la pata, simplemente me los encuentro en mis paseos. Os dejo una pequeña recopilación.
Carbonero comiendo una semilla en Trascastillo.
Colirrojo tizón en un jardín junto a la muralla.
Golondrina cogiendo barro en Alfonso XII.
Jilguero en Olivares.
Lavandera blanca en un jardín.
Lavandera cascadeña en el parque junto a Valorio.
Pardillo comiendo junto al puente de piedra.
Pinzón en Olivares.
Verdecillo comiendo junto a la catedral.
Herrerillo comiendo, de forma acrobática, en un parque.
Mosquitero comiendo en la muralla.
Para que sigamos disfrutando de ellos debemos ser capaces de hacer comprender, respetar y valorar que su presencia en la ciudad es beneficiosa y, sobre todo alegre y colorida; y saber que si desaparecieran, nuestras ciudades serían mucho más tristes.
Espero que sigan alegrándonos los días con sus cantos, vuelos y peripecias.

martes, 28 de junio de 2011

El instinto.

El instinto maternal y de defensa de sus crías está muy arraigado entre los animales. Es prácticamente imposible encontrar algún animal salvaje que no intente defender a sus crías o cachorros haciendo todo lo que pueda para evitar que sufran algún percance.
Hace pocos días fui a Villafáfila a dar una vuelta y allí, en la carretera que va desde Otero de Sariegos hasta la principal que se dirige a Villafáfila, me cruzó una familia de avocetas, cosa rara ya que normalmente no crían allí.  Lo mas característico de estas aves es su fino pico curvado hacia arriba que utilizan para alimentarse, ya que con esa peculiar forma van recorriendo la superficie del agua en busca de comida.
Eran los adultos con 3 minúsculos pollos que los seguían a todos los lados. Ante mi presencia se dividieron quedando un adulto con una cría, a la derecha, en el agua y, el otro adulto, con 2 crías, a la izquierda. El de la izquierda estaba desesperado y decidió tirar carretera adelante por el borde. Su objetivo era cruzar pero no se atrevía y sus indefensos pollitos lo seguían chillando ante la desesperación de su progenitor que para tranquilizarlos se paraba, se tumbaba y estos acudían rápidamente a meterse debajo de su cuerpo buscando amparo.
La situación se volvió peligrosa ya que un milano negro se dio rápidamente cuenta de lo que estaba sucediendo. La avoceta, era la hembra, ya que tenía el pico un poco mas corto, estaba cada vez mas nerviosa y yo pretendía hacer que cruzaran a la seguridad de la laguna, al lado derecho. Cuanto mas me acercaba, mas se alejaba. Decidí parar. El milano veía una gran oportunidad y no lo dudó pero la avoceta reaccionó de una manera increíble. Se fue a por él con un vuelo directo que dejó helado al milano y sin capacidad de reacción. El milano ante el insistente ataque de la avoceta, se fue.
En otra ocasión una cierva me impresionó por su paciencia, ternura y ánimo constante que le daba a su pequeño cervatillo. Una cierva y su cría, de unos 3 ó 4 meses, cruzaban un camino cercano a Puebla de Sanabria. La madre, al verme, aceleró el paso y subió por una zona empinada de matorral muy espeso. Al subir, la cierva se dio cuenta de que su pequeño no podía. La hembra no paraba de animarle a subir con suaves y tiernos balidos que hacían que la pequeña cría lo intentara una y otra vez, siempre con el fracaso como resultado. La cierva no se movía de allí y animaba constantemente a su pequeño. Trascurrido un buen rato de múltiples intentos, consiguió subir por un pequeño caminito que la hembra había hecho golpeando con sus patas delanteras el terraplen. Seguramente no me considerara una gran amenaza ya que si hubiera sido un depredador hubiera bajado a defender a su cría con vehemencia.
Hace pocos días, en una terraza de un bar, en Toro, mientras tomábamos algo, me fijé en un gorrión que tenía una actitud curiosa. Se agachaba. Movía las alas como temblando. Agachaba la cabeza un poco y pedía y pedía. Tenía hambre. Era un pollo que ya volaba pero seguía a sus padres por todos lados, pidiendo comida. Y ahí estaba el objeto de sus deseos. Un generoso trozo de chorizo al cual llegó la madre y, con una increíble suavidad y ternura, le fue dando, poco a poco, piquito a piquito, pequeños trocitos. Al rato apareció otra cría que también quería participar en el festín. Entonces llegó el macho y, con igual suavidad, le fue dando de comer al otro pollo. Mientras ellos comían les tiraba fotos entre las sillas ante la insistencia de mis compañeros que, no entendían, que estuviese allí, agachado, haciendo fotos, a lo que para ellos eran unos simples pájaros.