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domingo, 2 de octubre de 2022

¿Por qué se cazan ciervos y corzos en zonas limítrofes al quemado en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra?

Este pasado verano en la Sierra de la Culebra y parte de Los Valles se han producido dos de los incendios más grandes en la historia fatídica, triste y desoladora de los incendios forestales en España. Algo más de 60.000 hectáreas abrasadas por un monstruo enorme llamado fuego que tuvo las condiciones perfectas para correr y correr. Fuego que si hubiera sido controlado (sobre todo el primero) al principio estando el total del operativo de incendios activo y no lo consiguen controlar, nada habría que decir ni objetar, pero no fue así. ¿Ha habido alguien que haya asumido responsabilidades por los errores cometidos? No. Según nuestros dirigentes todo se hizo de forma perfecta y eficiente pero la realidad es tozuda y ahí está.
Tristemente, la mayor y fatídica pérdida, fueron las tres personas fallecidas. Pérdidas incalculables a nivel económico, social y medioambiental. Es un drama de proporciones épicas.
Quiero centrarme a nivel medioambiental. Ámbito en el que es una pérdida imposible de calcular. Desde insectos, invertebrados o micromamíferos hasta mamíferos, aves o reptiles todo está afectado. El soporte de flora ha desaparecido. Plantas, arbustos, árboles,…todo muerto y con ello toda la vida que conlleva a su alrededor.
Los incendios fueron en pleno periodo de cría. Todas las camadas de lobos y zorros muertas. Polladas de aves muertas. Crías de ciervos y corzos muertas. Nutrias, garduñas, martas, tejones, jabalís, conejos, liebres, tritones, lagartos…todos afectados.
Los adultos que consiguieron sobrevivir (recordemos que muchos murieron asfixiados o por las llamas o por la heridas causadas) se han desplazado a zonas limítrofes pero, los animales van volviendo a sus zonas, poco a poco se acercan a las zonas quemadas, donde está empezando a brotar la hierba fresca, para alimentarse pero en las que no se pueden quedar porque no hay cobertura vegetal para esconderse de depredadores o protegerse de las inclemencias meteorológicas o simplemente descansar.
Ciervos y corzos deambulan por zonas quemadas y limítrofes en las que están expuestos. En estas condiciones mi pregunta es: ¿Por qué se les está cazando en zonas limítrofes al quemado en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra? ¿No se debería de haber dejado un tiempo sin cazar?
No entiendo que se pueda disparar a un gran ciervo en una zona a la que ha llegado desorientado, en la que no tiene donde esconderse. El artículo 92 de la Ley 3/2009, de 6 de abril, de montes de Castilla y León dice: “Los aprovechamientos ganaderos y cinegéticos en los montes que hayan sido objeto de un incendio quedarán suspendidos de manera automática y sin derecho a compensación durante un período de cinco años en los terrenos afectados. No obstante, la consejería competente en materia de montes podrá autorizar el levantamiento de dicha suspensión cuando se acredite la compatibilidad de los aprovechamientos con la regeneración del monte incendiado y con la restauración del hábitat y supervivencia de las especies de flora y fauna silvestre”.
¿De verdad se ha acreditado la compatibilidad de la caza del ciervo o corzo en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra con la regeneración del monte incendiado y con la restauración del hábitat y supervivencia de dichos animales? Pero si el incendio ha sido hace menos de dos meses…

lunes, 21 de febrero de 2022

Lobo: bendita casualidad.

La Real Academia Española de la Lengua define casualidad como: “Combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar”. Eso fue lo que nos sucedió y permitió disfrutar de uno de los momentos más íntimos en la vida de un lobo.
Esa bendita casualidad nos tenía en el lugar justo a la hora justa a mi amigo José Luis y a mi. Unos lo llamarán suerte, otros dirán que fue casualidad o incluso coincidencia el caso es que allí nos encontrábamos una fría mañana ante un pequeño cachorro de lobo que sesteaba tranquilo en el robledal, vigilado, muy de cerca, por su cuidadora, una joven loba tumbada unos metros más allá, escondida entre los brezos, tranquila pero pendiente de todo lo que le pudiera suceder al pequeño cachorro que estaba a su cargo.
Sierra de la Culebra. Hermosa. Mágica. Dura...
Es su cuidadora. Su niñera y debe de protegerlo pero también enseñarle a comportarse y a actuar ante situaciones comprometidas. La loba no perdía detalle de todo lo que sucedía. Estaba pendiente del pequeño y continuaría vigilándolo hasta que el resto del grupo fuera llegando.
El pequeño lobo estaba relajado, tranquilo pero atento a todo lo que sucedía a su alrededor. La mañana estaba fría y el lobato esperaba tranquilo. Estaba creciendo y como todo buen lobo crecía a trozos, sus patas eran largas y falsamente desgarbadas, sus orejas enormes pero tenía una mirada penetrante y limpia propia de su raza.
...Tierra de contrastes. Colores. Olores...
La mañana avanzaba sin sobresaltos que si un ciervo se movía por aquí o un arrendajo chillaba por allá. El lobato esperaba sin prisa, de repente, levantó la cabeza, la giró a su izquierda y sus orejas parecían salir como cohetes en pos de la luna. ¿Qué sucedía?
Volvió a agacharla. Se estiró cuan largo era como una alfombra elegante y se fue girando, reptando diría yo, hacia la izquierda sin levantarse, quedando como una plancha pegada al suelo pero las orejas tiesas como velas y la mirada perdida en el robledal. Estaba escuchando.
Ni que decir tiene que estábamos en un punto que no molestábamos en absoluto al pequeño ni a su cuidadora, es más, no nos detectaron en ningún momento. El telescopio echaba humo: ¿Qué hacía?
El pequeño no se movía. Seguía estirado. Tumbado en el suelo con la cabeza pegada a sus enormes patas delanteras. Silencio. Nos mirábamos incrédulos. Expectantes. Sin saber que sucedía. No podía ser nada malo o peligroso porque la cuidadora seguía tumbada, tranquila pero con la cabeza también levantada hacia donde miraba el lobato.
Pasaron los segundos muy lentamente, parecían eternos hasta que, de repente, el pequeño se levantó como si tuviera un resorte bajo su barriga que le hiciera saltar como un muñeco en una caja y desapareció entre los robles. No podía ser. No veíamos nada. ¿Qué pasaba?
Segundos después, que pasaron atormentadoramente lentos, el pequeño apareció contoneándose como si de un junco se tratara agitado por el viento al lado de una loba a la que se acercaba sumiso. La miraba con la cabeza gacha, le chupaba el morro y esperaba ansioso, mirándola con ojos suplicantes que deseaban respuesta. Volvió a lamerle el morro a la recién llegada y esperó. La loba comenzó a arquearse, agachó la cabeza y regurgitó una pasta digerida que el pequeño comenzó a comer sin demora. Acto seguido la loba desapareció y pequeño lobato, después de comer el preciado tesoro que la loba había traído en su estómago, la siguió entre los brezos. No los volvimos a ver.
...enigmática. Tierra de lobos.
Esta escena he tenido el privilegio y la inmensa suerte de verla unas cuantas veces pero lo que hace a esta en particular diferente es poder ver y observar la actitud previa del pequeño lobato, su comportamiento minutos antes de que llegara la loba: su paciente espera sin delatarse, cuando escucha la llegada de la loba, ¿a cuánta distancia se daría cuenta de que venía?, cuando sabe que se acerca pero permanece inmóvil, cuando salta para recibirla, cuando le suplica comida…
Vida íntima del lobo. Vida familiar. Todos los lobos del grupo traerán comida. Todos cuidarán al pequeño y todos harán lo posible para que salga adelante; si, por cualquier motivo, la loba muriese antes de destetarlo otra ocuparía su lugar encargándose de cuidarlo y alimentarlo hasta que pudiera comer carne y seguir adelante.

martes, 18 de enero de 2022

Lobo: Calidad de la imagen / lo que sucede en ella.

Estas fotografías como tales, no valen nada de nada, pero, muchas veces, no hace falta que sean de una extraordinaria calidad para ser significativas y elocuentes de lo que quieren contar. Este es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo.
Muchas veces, la mayoría, los lobos se observan a enormes distancias como es este caso. En esta imagen lo verdaderamente importante es lo que está sucediendo en ella, lo que se ve y no su calidad. En ella podemos ver al macho reproductor del grupo familiar con el rabo levantado, imponiendo su autoridad ante un subadulto situado a la izquierda que, en primera instancia, abre la boca entre asustado y nervioso según el gran macho se acerca imponente, con el rabo levantado enarbolando la bandera de la dominación, de la jerarquía superior que debe ser acatada sin rechistar. 
Según el gran macho se acerca, el lobo de la izquierda baja las orejas y mete el rabo entre las patas en una actitud de sumisión total ante el gran jefe. Mientras, a su alrededor, varios cachorros corretean entorno a ellos saludando al gran macho y yendo hacia otro adulto que, en la parte de atrás, acaba de llegar y está regurgitando la comida traída en su estómago para alimentar a los pequeños lobeznos que esperaban nerviosos la llegada de los adultos.
Pasada la tensión de la jerarquía, la loba es seguida por el subadulto que ha ejercido a la perfección su labor de "cuidador/a" de los pequeños durante toda la noche mientras, los lobeznos, corretean alrededor jugando y pidiendo comida a los adultos que van llegando a la vez que los primeros rayos del sol van iluminando la sierra.
Esta escena es la vida cotidiana de un grupo familiar de lobos, una mañana cualquiera, en la época en la que los pequeños todavía no han comenzado a desplazarse y esperan jugando, ansiosos, la llegada, al amanecer, de los miembros del grupo familiar mientras son vigilados por su “cuidador/a”. Muchas veces no hace falta que la calidad de la imagen prime sobre lo que está sucediendo en ella.

jueves, 9 de diciembre de 2021

¡Lobo. Lobo. Lobo!

“¡Lobo. Lobo. Lobo!” Fueron mis tres palabras mágicas a las que Isa, Fernando, Alegría y mi pequeña Lucía respondieron de inmediato buscando donde les indicaba. Apareció en la ladera ante la atenta mirada de un gran ciervo que dejó de berrear, se giró completamente y se encaró con el lobo. El lobo se detuvo. El gran ciervo se encampanó. Se observaron frente a frente, como dos poderosos púgiles a punto de comenzar su batalla. De un lado, el gran ciervo con varias hembras escondidas entre el brezo tras él, del otro, el lobo que observaba y evaluaba la situación.
Ninguno se movió durante unos segundos que parecieron detener el tiempo. El ciervo levantó la cabeza lanzando un potente bramido corto que resonó en el valle como si de un cuerno vikingo se tratara, al terminar el sonido tensó sus patas delanteras y con un potente arreón de sus cuartos traseros se abalanzó con enorme potencia y firmeza a por su enemigo, agachando la cabeza, exhibiendo sus formidables cuernas que apuntaban directamente hacia el lobo que reculó temeroso para evitar males mayores.
He visto, en ocasiones, a un gran ciervo embestir con sus cuernas a un lobo y provocarle una fuerte herida en sus cuartos traseros. Heridas feas y complicadas de curar que los lobos tratarán de evitar por todos los medios. Como tratarán de evitar las coces que les pueden dar como pude presenciar hace años cuando dos lobos perseguían a un gran ciervo que se defendía lanzando terribles coces, una de las cuales impactó en uno de los lobos lanzándolo varios metros hacia atrás, el lobo tuvo suerte ya que no le causó más que un fuerte golpe que lo dejó aturdido unos segundos en el suelo para levantarse rápidamente y proseguir la formidable persecución.
El gran macho levantó nuevamente la cabeza estirando todo su cuerpo. Se subió sobre una roca y exhibió satisfecho todo su poderío, su fuerza, su enorme potencia y ahora su enorme orgullo de haber echado a su odiado enemigo y protegido a las ciervas que salieron de detrás de los brezos. Levantó la cabeza nuevamente y lanzó un sonido corto que recorrió el valle como el viento de la mañana, de repente, otro gran ciervo, más abajo, lanzó otro berrido corto al que contestó un tercer y un cuarto ciervo que estaban apostados a lo largo de todas las laderas del valle ¿Qué estaba pasando? Nuestra sensación fue de sorpresa y asombro: ¿Se estaban avisando unos a otros de la presencia del lobo? Nunca lo podremos saber pero, desde luego, es lo que parecía o por lo menos, es lo que nos pareció. 
El gran ciervo observaba al lobo que bajaba cuidadoso la empinada ladera. Bajaba con el rabo entre las patas, mirando de reojo hacia atrás por si el gran ciervo volvía a intentar ensartarlo con sus poderosas armas.
El lobo ejerce un control en la población de ciervos, atacará a los más débiles, heridos o enfermos con lo cual contribuye a su mejora genética. Sobreviven los más fuertes. Es la ley de la naturaleza. Pero hoy no era ese día, un solo lobo frente a un gran ciervo poco tiene que hacer y mucho que perder. Habrá más días. Días en los que el gran macho esté cansado o herido y entonces el lobo tendrá una oportunidad.
Hoy no era el día. Llegó al roquedo y paró. Ahí se encontraba seguro. El ciervo había quedado atrás. No era día para asumir riesgos. Miró al fondo del valle y continuó bajando.
Mi pequeña no quitaba ojo del telescopio. Ni parpadeaba. Observaba atenta y embelesada al lobo que teníamos tan cerca. Lobo que llegó al fondo del valle. Salió al descubierto. Se paró. Giró su potente cabeza y nos miró.
A través del telescopio su mirada se veía nítida, clara. La mirada de un lobo es profunda, penetrante, heladora. Su ojos almendrados color miel miraban a unos extraños que no perdían detalle de sus movimientos. Se giró. Avanzó unos pasos y se contorsionó desde la punta de su hocico hasta el final de la cola para sacudirse toda el agua que podía haberse pegado en su cuerpo al rozar los brezos y escobas en su bajada.
Unos pasos mas tarde se paró nuevamente y se rascó enérgicamente. Avanzaba decidido. Elegante. Poderoso. Con paso firme entre las hierbas. Paró y marcó: “¡Es una hembra!” Dijimos todos al unísono. En muchas ocasiones no puedes asegurar que es un macho o una hembra hasta que no les ves los genitales o la postura para marcar orinando ya que, hay machos que parecen hembras y hembras que parecen machos. En este casos estaba claro: era una hembra.
Continuó por el fondo del valle hasta llegar a la ladera de nuestra derecha que comenzó a subir oculta entre las altas hierbas. La loba subía tranquila. Atravesó la zona de hierbas altas hasta llegar al pinar y desapareció.
Nos miramos orgullosos. Alegres. Satisfechos. Mi pequeña se volvió y con los ojos como platos nos dijo: “¡Qué pasada!”.
(Agradezco enormemente a Fernando García sus fotografías para ilustrar esta entrada así como su compañía y la de Alegría que siempre es un placer compartir con ellos días, historias y vivencias. Gracias).

miércoles, 6 de octubre de 2021

Berrea el rey del bosque.

La luz del día se va apagando y el gran ciervo comienza a desperezarse. Levanta la cabeza mostrando su potente cuello y sus imponentes armas, abre la boca y un sonido gutural, ronco y potente sale de su garganta. El sonido retumba en el pinar como si de una catedral se tratara. Todos saben que el rey del bosque está allí y se ha puesto en marcha. Berrea.
El gran macho se levanta. Se estira. Comienza a restregar su poderosa cuerna en unos arbustos cercanos para limpiarla y pulirla; sus armas deben de estar perfectas y las hembras deben de ver la majestuosidad de su cuerna. El pequeño arbusto se mueve zarandeado por la fuerza y potencia de las arremetidas del gran macho, según se restriega parece que llora, de las glándulas del lagrimal le salen unas secreciones que dejarán allí su olor. Todos sabrán que ha estado en este lugar.
Sale del pinar. Pinar que le ha cobijado durante gran parte del día. Pinar que le da protección. Pinar que le servirá de protección a la mañana siguiente, cuando vuelva a descansar. Berrea.
La noche es larga y el rey del bosque comienza la búsqueda de hembras. Las buscará e intentará mantenerlas junto a él varios días. El gran macho levanta la cabeza y ventea; busca el olor de las hembras, el olor de las hembras en celo. Un aroma inconfundible le llega por el frío viento de la noche. Rápidamente se pone en marcha. Las ha localizado.
Las hembras lo observaban. Lo evalúan. No le dejan acercarse. El gran macho se para. Observa si algún otro macho está con ellas. Berrea. Las hembras se ponen alerta. Un berrido suena cerca de ellas. Otro macho está allí. El rey del bosque berrea de nuevo. Las hembras observan. Miran cómo son las cuernas. Saben que cuanto más grande y ramificada sea la cornamenta más fértil es el ciervo; elegirán al macho que más les convenga en función de esa percepción, incluso si pierde cualquiera de sus batallas.
El otro macho le contesta. Se están midiendo. Controlando su fuerza. Su potencia. Su poderío. El rey del bosque sabe que el macho que está con las hembras es más joven. No es un oponente para él. Berrea y se acerca seguro de si mismo. El macho de las hembras le contesta pero ya sabe que no tiene nada que hacer. Se acerca. Se miden. Se contemplan a escasa distancia. Berrean.
El macho más joven se retira. Está en inferioridad y lo sabe. El gran macho ha ganado sin pelear pero no siempre fue así. El rey del bosque recuerda días en los que debía enfrentarse a otros machos iguales que él; debían pelear. Enfrentarse. Entrechocar sus cuernas que suenan en la noche con golpes secos, duros, potentes,...Se empujan. Cargan. Se chocan. Se entrelazan las cuernas. Más de una batalla perdió en su juventud. Ahora no. Es el rey del bosque. Recuerda una batalla con un extraño oponente con una cuerna extraña, larga y peligrosa que casi le mata. Berrea. Oponente que dejó herido al rey del bosque. Herida fea que se curó con el tiempo. Berrea.
Un olor a muerte impregna el ambiente. El rey del bosque lo ve. Un antiguo contrincante yace decapitado en el suelo. Ha perdido su vida. Ha perdido su honra. El superdepredador ha estado allí. El hombre ha estado allí. Berrea. Hombres que solamente quieren el trofeo, la cabeza es lo único que les interesa, ese trofeo por el que han pagado miles de euros, ese trofeo junto al que se hacen fotos orgullosos, se jactan de su logro y lo propagan sin pudor. Huele a hombre. Huele a muerte. El gran macho se va. Continúa su camino. Berrea. Él puede ser el siguiente.
Se acerca a las hembras. Las huele. Las persigue. Las controla. Las crías están asustadas. No saben que pasa. Siguen a su madre y miran sorprendidas al rey del bosque que no deja que sus madres se vayan. Las monta en un segundo escaso con un rápido empujón. Estará con ellas varios días, luego buscará otras y comenzará la misma operación. Quiere extender su extirpe entre el mayor número posible de hembras. Un joven ciervo lo observa embelesado. No se acercará. Su momento llegará en unos años. esperará.
Amanece. El rey del bosque berrea. El sol ilumina su majestuosa e imponente figura. Está cansado. Lleva toda la noche activo. Controlando a las hembras. Defendiendo su conquista. Berrea. Hace casi un mes que casi no come. Las hembras le llevan todo su tiempo. Está cansado. Sabe que es vulnerable. Debe comer algo. En verano engordó lo suficiente como para aguantar sin comer el tiempo de la berrea pero perderá muchos kilos. Debe aguantar hasta que las hembras terminen el celo. Debe cuidar de no resultar herido; si así fuera, su vida correría peligro. Un olor le llega con el viento fresco de la mañana. Huele a lobo. Su enemigo está allí. Esperando una oportunidad. Esperando un desliz. Un fallo. El lobo no perdona. Debe de tener cuidado. Su vida está en juego.
El gran macho está cansado, renqueante, lento, necesita descansar, se tumba. Berrea. Camina con la boca abierta y la lengua fuera. Un pequeño robledal le permite descansar. El frescor del ambiente le alivia su cansancio. Levanta la cabeza. Huele a hombre. Sale del robledal. Allí están.
Dos hombres le observan. Dos hombres que no huelen a muerte. Dos hombres que le observan embelesados. Dos hombres que le respetan. Berrea. Dos hombres que admiran su porte. Su belleza. Su poder. Dos hombres que se van con unas fotos en sus cámaras, imágenes inolvidables en sus retinas y sentimientos profundos en su alma. Dos hombres que le respetan. El rey del bosque continua su camino.
El sol va cogiendo fuerza. El rey del bosque berrea. Orina en la arena y se revuelca en ella. Se impregna. Su olor se extiende por el valle. El sol calienta cada vez más. El rey del bosque está cansado.
Es hora de volver al pinar. De volver a la seguridad de su casa. Berrea. De descansar. Lentamente va entrando en él. Se tumba. Está cansado. Berrea. Agacha la cabeza y la apoya en el suelo. Al anochecer comenzará una nueva jornada. El rey del bosque descansa.
(Esta entrada está basada en una que realicé en 2013, ampliada, mejorada y adaptada).

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Grupo familiar de lobos en cuatro actos.

Suena el despertador. Es pronto, muy pronto. ¿Por qué te levantas tan pronto? Me dicen muchas veces: “Estamos de vacaciones y madrugas mas que si estuvieses trabajando”. Es cierto pero como diría mi abuela: “sarna con gusto no pica”. 
La mañana está fresca. Un suave viento del norte mueve las carqueisas, brezos y escobas meciéndolas con la dulzura de una madre acunando a su bebé. Observo. Busco. La sierra está tranquila. Se ven muy pocos ciervos que comen tranquilamente siempre pendientes ante la posibilidad de la aparición de su enemigo natural, el lobo. 
Pasan los minutos y no aparece. La paciencia es una gran aliada con la observación y búsqueda del lobo en su medio natural. La sierra va despertando. Los corzos van saliendo. Se ven mas ciervos que con la luz del sol reflejan el precioso color de su pelo; un curioso acentor se aproxima en busca cualquier rastro de comida mientras un alcaudón real observa desde lo alto de un pino. De repente, aparece un lobo como salido de la nada, el telón se levanta y comienza una preciosa historia en cuatro actos. 
Las fotos de esta entrada no son de lobos en libertad; 
están tomadas en el Centro del Lobo de Robledo (Zamora).
Primer acto: el precioso lobo avanza por un camino, pegado al borde del matorral, por si surge cualquier problema y, de un pequeño salto, desaparecerá de la vista. Avanza lento, pesado, lleva la barriga llena, se le nota según se mueve. Lo sigo expectante. Tengo una ligera esperanza de saber a donde va pero lo complicado es conseguir verlo. Sigue despacio. Un ligero trote que se ve frenado en seco. Otro lobo sale de la espesura del brezal. Es una hembra. Sus tetas caídas la delatan, detrás le sigue una pequeña preciosidad negra de menos de dos meses que sale contoneando todo su cuerpo como si de un enorme flan se tratara. Saludan al recién llegado. Le lamen el morro. El recién llegado trae comida. Comida en su estómago que regurgitará en forma de papilla para que el pequeño lobezno la coma sin dificultad. Está comiendo su primera carne y de esta manera la digerirá mejor. 
Otros tres pequeños lobeznos salen de un punto mas alejado del brezal y bajan por el camino a toda la velocidad que les dan sus pequeñas patas. Son otras tres bolas negras que se juntan contentos y deseosos de participar en la suculenta comida. El gran lobo se mete en el brezal y todos le siguen. Desaparecen. El brezo se los traga como un enorme dragón que abre sus fauces y engulle todo a su paso. 
Segundo acto: el sol va calentando la mañana. La suave luz inunda el valle mostrando la belleza de los colores de la sierra. Sigo buscando. Los pequeños lobeznos y los dos adultos han desaparecido pero queda tiempo para intentar ver algún lobo mas o a estos mismos aunque es complicado que vuelvan a salir porque comerán y descansarán en la profundidad del brezal. 
Un movimiento llama mi atención. No lo he visto bien. Ha sido muy fugaz pero mi intuición me dice que es un lobo. Espero a que salga del pequeño grupo de pinos. Espero. El tiempo pasa muy despacio hasta que sale. Un enorme lobo aparece ante mis ojos. Es grande. Potente. Elegante. Avanza. Entra en la pradera. Un segundo lobo le sigue de cerca. Es su escudero. Avanzan por la agostada pradera produciendo un enorme alboroto entre los ciervos que salen corriendo a toda velocidad, es peligroso quedarse ante el paso del poderoso lobo y su escudero. 
Van subiendo el valle. Se dirigen hacia donde los lobeznos desaparecieron. Avanzan rápido en su trote lobero inconfundible que les permite abarcar mucho terreno en muy poco tiempo y con un gasto mínimo de energía. Desaparecen. 
Fotografía tomada en el Centro del Lobo de Robledo (Zamora).
Tercer acto:
la mañana está siendo extraordinaria. Muchos días los habría firmado para ver, como mínimo, lo que había visto hoy pero las sorpresas no terminarían tan pronto. 
Quince minutos después una fila de cinco lobos avanzaba entre los brezos. Tres adultos y dos subadultos que están en constante aprendizaje. Los lobos suelen ir en línea recta, uno detrás de otro, así no sabes cuantos van en el grupo. Bajaban la ladera en una majestuosa línea imaginaria que todos seguían, incluso cuando dejan de verse unos a otros van siguiendo exactamente los pasos del lobo que va delante; es increíble verlos pasar por los mismos puntos, el olor, en este caso, es un aliado extraordinario. 
Para mi sorpresa se alejaban del punto en el que se habían ocultado los cachorros y los dos adultos. Se alejaban en un paso lento pero decidido. Se iban a encamar a otra zona diferente. En muchas ocasiones parte del grupo familiar se encama en una ubicación diferente a la de los cachorros y eso es lo que estaba sucediendo. Aunque siempre puede pasar algo. 
De repente, los cinco lobos, se paran en seco y como si un resorte imaginario tirara de ellos, se volvieron en dirección al punto en el que los cachorros se encontraban. El sol va calentando con mas energía y un poderoso aullido resuena en el valle. Aullido largo, potente, prolongado. Aullido hacia el que los cinco lobos se dirigen a toda velocidad, mostrando el poderío de su avance. Carrera elegante, rápida, contundente. Carrera que da muestra de la velocidad a la que se puede desplazar un lobo, amplia zancada que abarca terreno de una forma abrumadora. 
Corren hacia un punto por debajo de donde se encontraban los pequeños; en él se encuentran con el gran lobo y su escudero que les están esperando. Se saludan. Se lamen. Contonean sus cuerpos. El gran lobo ejerce su dominio sobre algunos de ellos que se agachan con las orejas gachas y rabo entre las patas en señal de sumisión. Se han reunido los siete lobos y, ante mi sorpresa, otro lobo, el octavo, llega corriendo en el sentido contrario al que llegaron los cinco. Se junta al grupo que se mueve siguiendo al gran lobo que se pierde en el brezal donde los cachorros se ocultaron. Desaparecen.
Fotografía tomada en el Centro del Lobo de Robledo (Zamora).
Cuarto acto:
la mañana avanza y el día está siendo espectacular. Desde la primera observación ha pasado una hora. Hora que se me ha pasado muy rápida, hora en la que he podido observar la vida diaria de un grupo familiar de lobos pero la mañana y las sorpresas no habían terminado. 
Veinte minutos después cinco de los lobos vuelven a aparecer. El gran lobo, dos adultos y dos subadultos bajan por el valle. Van relajados. Los dos subadultos juegan a perseguirse, a saltar uno sobre otro, a morderse simuladamente sus patas en un juego constante, un juego que es aprendizaje; sus juegos les retrasan, teniendo que acelerar para incorporarse al grupo mientras uno de los adultos va delante, explorando y el gran lobo cierra el grupo. Él dirige el avance. Él marca por donde hay que ir y él para en puntos concretos para marcar el terreno, para avisar a todos los que pasen por allí que están en su territorio. Bajan al fondo del valle y desaparecen. 
La mañana toca a su fin. El sol calienta; ciervos, corzos y jabalís se han encamado, al igual que los lobos que pasarán gran parte del caluroso día al resguardo y frescor de brezos y carqueisas. 
He podido disfrutar de los movimientos de un grupo familiar de la sierra. Grupo compuesto por cuatro cachorros, dos subadultos y ocho adultos. Catorce preciosos lobos que viven y mueren en la sierra zamorana, en la sierra en la que el lobo es mítico. Es admirado y odiado a partes iguales. Es fuente de recursos y controversias. Es muy importante en la cadena trófica. Básico en la regulación de especies en nuestros campos. Es cazador y cazado. Es idolatrado y vilipendiado pero, no nos olvidemos, que el lobo es un animal, con sus cosas buenas y malas. Es, simple y llanamente, un animal. Un lobo es un lobo, con todo lo que conlleva serlo.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Su primer grupo familiar de lobos.

Comenzaba a bajar el sol cuando nos dispusimos a buscar al grupo familiar de lobos que llevaba observando desde hacía casi un mes. Grupo familiar esquivo que tenía seis preciosos cachorros reacios a dejarse ver y que salían cuando no les molestaba nadie y corrían menos riesgos, de noche.
Isabel, David, mi pequeña de cinco años y yo nos dispusimos a escudriñar el valle en busca de los lobos. El grupo familiar lo conformaban ocho adultos y seis cachorros. Grupo familiar que cuando lo sigues durante un tiempo eres capaz de diferenciar perfectamente a varios de sus miembros más característicos, entre ellos el gran macho reproductor, la madre de los cachorros, un viejo lobo de cara blanca, una hembra subadulta muy clarita, un subadulto muy pequeño que engañaba en muchas ocasiones por su tamaño, el lobo oscuro…miembros de este grupo familiar que se ha comportado de una forma atípica, seguramente provocada por el movimiento e incordio de algunos humanos que no son capaces de respetar lo que en teoría más aman, la naturaleza.
Pasaban los minutos y los ciervos eran los dueños y señores del lugar, algún corzo aislado y un solitario jabalí conformaban el elenco de actores que se movían en el valle; esperábamos a los actores principales y vaya si aparecieron, a lo grande. 
De repente, de la nada, surgieron seis preciosos cachorros y dos adultos en un amasijo informe de lobos en el que saltaban, se echaban unos encima de otros, se perseguían, se mordían…todos jugaban, los dos adultos eran un cachorro más al que perseguir o morder.
Rápidamente cogí a mi pequeña, la puse en el telescopio y le dije:
-Mira ¿Los ves?- le pregunté.
-¡Si! ¡Los veo! Son dos –me contestó pasados unos segundos con una enorme sonrisa y ojos de emoción.
Acababa de ver por primera vez en su vida un grupo familiar de lobos. Lobos adultos ya había visto antes pero esta vez era diferente; eran unos preciosos cachorros que jugaban tranquilamente con dos adultos ante nuestra atenta e ilusionada mirada.
Los veía. No es nada fácil para una niña de cinco años regular y mirar por un telescopio a menos que la vayas acostumbrando desde pequeña a mirar, a moverle el ajuste, a decirte cuándo lo ve borroso o no. Los veía. Los estaba viendo y mi satisfacción era enorme. El poder enseñar a tu hija algo que vives tan profundamente es una satisfacción que no tiene parangón.
Estos son los dos lobeznos que vio. Las fotografías son fotogramas
de un video grabado por una gran persona a la que le agradezco enormemente
el grabarlos y que mi hija tenga ese momento guardado para toda su vida.
Gracias John Hallowell.
Hay que educar a los niños en la naturaleza. Hay que enseñarles a observar, a tener paciencia en una espera, a entretenerse sin hacer ruido y, por supuesto, sin el móvil, a apreciar dónde están, lo que están viendo…Todo se enseña. Todo se aprende. A respetar y apreciar también se enseña y aprende.
Habrá días que te hará más caso que otros. Habrá días en los que no querrá saber nada del tema pero el poso va quedando poco a poco, lentamente, no hay que agobiar, simplemente mostrar con ilusión cómo es la naturaleza para que un día llegue y te llame corriendo: “Papi. Papi. Mira” Y te enseña hormigas que llevan algo, un pequeño ratón que está comiendo, una mariposa en una flor, una nutria que fue capaz de ver junto al río o viene indignada del colegio porque un compañero ha intentado pisar una lagartija. Todo suma. Todo se les va quedando. Hay que conseguir que respeten nuestro entorno y para conseguirlo hay que tener paciencia e ilusión.
Los lobos siguieron un buen rato jugando en el valle. Cuando dejaron de jugar y se desplazaron, la situación cambió por completo. Un lobo adulto comenzó a andar seguido de todos los cachorros en fila y el otro lobo adulto cerraba la formación. Había que moverse y todas las precauciones son pocas para un lobo así es que lo principal era proteger y cuidar a los pequeños. Un adulto delante y otro detrás. En el medio todos los cachorros, protegidos, sin que se separaran demasiado. Habían terminado los juegos y comenzaba la lección de la supervivencia.
Desaparecieron en un bosquete cercano. Mientras la luz se iba apagando lentamente volvieron a aparecer. Sus contornos se desdibujaban en la oscuridad de la noche mientras corrían al lugar donde los vimos por primera vez. Dejamos de verlos. Continuaron con su vida en la que nosotros éramos los intrusos, los extraños.
Recogimos y nos fuimos. Según avanzábamos por el camino varios chotacabras se iban moviendo delante nuestro. Acercaba el coche. Me paraba y los ojos de mi pequeña se abrían desmesuradamente observando a ese extraño pájaro que parecía dormitar en el suelo. Inmutable. Hierático delante del coche.
Al día siguiente contaba orgullosa a todo el mundo los lobos que había visto el día anterior. Una persona le dijo: “no sabes la suerte que tienes”. Una enorme sonrisa de satisfacción se dibujó en mi cara porque si ella había disfrutado, ni que decir tiene cómo lo hice yo.

sábado, 9 de febrero de 2019

Y la loba los movió...

Hay momentos que te regala la naturaleza que recordarás toda la vida y este que voy a contar es uno de ellos. Todo comenzó una agradable mañana en la que el viento del norte arreciaba y la sensación de frío se hacía patente. Guantes, gorro y braga eran indispensables cuando las primeras luces comenzaban a iluminar el gran valle de la sierra. Los ciervos no se hicieron esperar moviéndose lentamente entre los brezos y las altas hierbas que se movían suavemente como mecidas por la caricia del viento mientras, varios corzos, comían plácidamente.
Al poco de comenzar la búsqueda aparecieron. Cuatro preciosos cachorros de lobo ibérico subieron a unas rocas en las que la rojiza luz de la mañana los iluminaba mostrando toda su belleza. Allí estaban. Quietos. Observando el valle que se abría ante ellos. Tenían entre cuatro y cinco meses. Estaban muy grandes pero, quizás, lo que más destacaría de ellos  sería su osadía y desparpajo para moverse por una parte de su territorio en un constante descubrimiento del lugar en el que han nacido y, poco a poco, van conociendo.
Bajaron de las rocas. Atravesaron el brezal y llegaron a un camino, siempre es mejor andar por caminos ya que gastarán menos energía y, la energía, en un lobo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Avanzaban a buen ritmo pero eso no quitaba que de vez en cuando se pararan a jugar, a revolcarse unos encima de otros o a perseguirse. Subieron valle arriba hasta que llegaron a otro camino y allí apareció un adulto que no había visto en ningún momento y, estoy absolutamente seguro, que iba con ellos, vigilándolos, controlando sus movimientos.
¿Por qué se dejaba ver ahora? Pronto lo supe ya que, no muy lejos, tras una curva que yo no veía, apareció una señora andando. El lobo adulto, la niñera de los cuatro cachorros surgió del brezal y, acto seguido, los cuatro pequeños se ocultaron entre los brezos, quedando dos a un lado del camino y los otros dos al otro lado.
La señora caminaba tranquilamente en su paseo matutino sin ni siquiera imaginar que iba a pasar entre cinco lobos. Avanzó y llegó a la altura de los lobos que no se movieron, solamente la observaban ocultos en la espesura del brezal. La mujer pasó entre ellos sin enterarse de nada. Continuó su camino. Los cachorros no se movieron hasta que el adulto no salió al medio del camino y comprobó que el peligro había pasado, tras lo cual volvieron a juntarse para continuar su exploración y el adulto volvió a desaparecer.
Después de una hora y media de juegos y carreras tocaba volver e hicieron el mismo trayecto pero en sentido inverso hasta las rocas en los que los había visto a primera hora de la mañana. Dos lobos adultos aparecieron detrás de ellos, dos lobos grandes y fuertes que les iban vigilando a cierta distancia. Todos se juntaron y desaparecieron.
Me podía dar por contento pero, lo que hubiera sido un gran día, se convirtió en un día memorable. Después de más de una hora sin que volvieran a aparecer, un lobo adulto surgió de la espesura del brezal y detrás de él uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…¡ocho preciosos cachorros! que caminaban en fila india detrás del lobo que, seguramente, fuera su madre. Los estaba moviendo. Estaba trasladando a toda la camada desde su lugar de encame hasta un nuevo espacio en el que se sintiera más segura.
Iban a buen ritmo. La loba caminaba rápido, a buen paso, paso que seguían sin problema los cuatro cachorros que había visto desde el amanecer pero que otros cuatro cachorros, mucho más pequeños, les costaba seguir, sobre todo a uno que se quedaba demasiado rezagado y le costaba más avanzar. Cuando se iban quedando atrás, la loba aminoraba la marcha e incluso se paraba y miraba hasta que todos los cachorros llegaban a su altura o se volvía hacia los últimos, los más pequeños, metiéndoles prisa con pequeños toques del hocico en sus cuartos traseros para que aceleraran. Quería llegar cuanto antes a su nuevo destino, a su nueva ubicación.
Cuando mueven de esta forma a los cachorros suele ser la madre la que dirige toda la operación pero acompañada por algún otro adulto que irá un poco más rezagado como así iban otros dos lobos adultos que pareciera les cubrían las espaldas; en ningún momento se les acercaron, simplemente les acompañaban desde la distancia.
La loba avanzaba a buen ritmo en una maravillosa fila india que buscaba la protección de otro encame. Cuando una loba se siente amenazada mueve inmediatamente a sus cachorros pero hay veces que los mueven, simplemente, para enseñarles otra parte de su territorio.
La larga fila avanzó entre brezos y carqueisas hasta lo más espeso de un enorme brezal en el que se ocultaron a los ojos del mundo. Desaparecieron mientras una gran sonrisa iluminaba mi cara ante la maravilla que había presenciado en más de dos horas y media disfrutando del lobo ibérico, animal mítico, odiado, amado, animal que no admite medias tintas, o lo amas o lo odias.
La mañana terminaba. Inicié el camino de vuelta pero, el día no dejaría de sorprenderme, según me dirigía a casa, otro lobo cruzó delante mío ante mi más absoluta incredulidad. Había pasado a escasos metros, a buen trote, al trote lobero con el que recorre grandes distancias y que me mostró en todo su esplendor y elegancia así como su desparparjo y curiosidad ya que se paró tranquilo, se giró lentamente y me miró con sus preciosos e inquietantes ojos de color miel que se te clavan en la mente y que es imposible dejar de mirar hasta que él retire la mirada. Fueron unos segundos que hicieron que el tiempo se detuviera hasta que continuó su camino. Llegué a casa y comencé a escribir estas líneas para guardar para siempre esta increíble observación que quedará grabada, sin lugar a dudas, en mi mente, de donde surgirá cada cierto tiempo para poder contarla y seguir sonriendo.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Ahí está. Me mira...

Ahí está. Me mira. Nuestros caminos se han encontrado. Coincidimos. Nuestras miradas se entrecruzan durante un tiempo eterno, un tiempo que parece haberse detenido, petrificado. Estamos él y yo. No escucho nada. No hay nada a mi alrededor. Sólo está su mirada. Una mirada de ojos almendrados que parece bucear en tu interior. Una mirada que como decían desde antiguo: “te hiela la sangre”. En cierto  modo es verdad. Es una mirada penetrante, profunda, hipnótica. Una mirada que no puedes dejar de mirar hasta que él decida cambiarla. Es la mirada del lobo. La mirada del más odiado o admirado, del que despierta pasiones encontradas, del que ha sido el malo de los cuentos, de mil historias y ha aterrorizado a pueblos, del que despierta admiración, entusiasmo o nerviosismo. Un animal emblemático, icono de nuestra fauna, un animal con el que debemos convivir y sobre todo, respetar. Ese es el lobo y esta es su mirada.

viernes, 16 de marzo de 2018

Jóvenes lobos a punto de dispersarse.

Seis preciosos lobos jugaban tranquilamente entre los brezos. Eran jóvenes lobos que estaban afianzando relaciones, estatus y jerarquía entre ellos. Se perseguían. Saltaban unos encima de otros. Se mordían simuladamente. Corrían de un lado a otro en un maravilloso espectáculo.
Agradezco enormemente a Fernando García prestarme
 sus fotografías para ilustrar esta entrada.
Eran jóvenes lobos que comienzan la época más crucial de su vida. El momento en el que van a empezar a dispersarse, un momento muy peligroso en la vida de un lobo. Momento en el que son muy vulnerables. Momentos en los que la mortandad es muy alta. Momentos en los que las cacerías y carreteras afectan de una manera fatídica a la vida de estos jóvenes lobos.
Los seis jóvenes lobos emprendieron la marcha por un camino. En hilera. En una fila muy lobera en la que todos siguen la misma senda, en la que sus huellas se confunden y es difícil saber cuántos ejemplares van caminando.
De repente, comenzaron a desplegarse en abanico, ¿que hacían? Nos dimos cuenta que a unos cientos de metros un pequeño grupo de ciervas estaban atentas, con las cabezas levantadas y las orejas tiesas. Olían el peligro. Olían a los lobos que se habían desplegado de dos en dos. Dos fueron por la izquierda de las ciervas. Dos a la derecha y los otros dos dieron un rodeo por encima de un pequeño pinar. La estrategia estaba diseñada. Comenzó el intento de caza. Los dos lobos de la izquierda fueron los encargados de acosar a las ciervas para llevarlas hacia los dos lobos de la derecha que las esperaban a la entrada del pinar. La persecución se desarrolló a toda velocidad. Los lobos querían que las ciervas no entraran en el pinar o si lo hacían sacarlas rápidamente de allí hacia los otros dos que estaban esperándolas fuera, por la parte alta.
Las ciervas corrían guiadas por la hembra experta, la mayor, la que marca el plan de fuga; gracias a esa cierva se salvaron ya que se les adelantó y se refugiaron en el pinar, donde es muy difícil que pudieran cogerlas; además, las ciervas, no salieron por donde querían los lobos, sino que corrieron por dentro del pinar para salir a campo abierto unos cientos de metros más a la izquierda, donde los lobos no podían alcanzarlas.
Los lobos habían fallado. Algo lógico en ejemplares jóvenes que están aprendiendo. Cazar se aprende. Las técnicas de caza se enseñan por parte de los lobos adultos y entre ellos, el macho reproductor, que es el que elabora y dirige toda la estrategia, ese macho dominante, no estaba en este grupo.
Los grupos de jóvenes lobos aprovechan las oportunidades. Habían visto una oportunidad en las ciervas pero no tenían la suficiente experiencia como para derrotarlas. A estos lobos jóvenes es normal verlos cazar topillos en cualquier pradera. Lo hacen de una manera muy similar a la forma de cazarlos de un gato montés o de un zorro. Se quedan quietos, se tensan y dan un gran salto para caer en picado sobre el topillo que, en la mayoría de las ocasiones, se escapa. También persiguen conejos o liebres que comprueban la tremenda velocidad de un lobo a la carrera.
Estos jóvenes lobos, cuando continúan unidos, conforman un grupo que se mueve por el territorio. Territorio por el que cazarán en compañía de los adultos, aprendiendo de ellos, o irán solos y aprovecharán cualquier oportunidad o debilidad de ciervas, corzos o jabalís; un fallo es su sentencia de muerte como la acción que tuvieron ocasión de ver dos grandes amantes de la naturaleza y amigos, Fernando y Alegría que nunca habían visto cazar a los lobos y tuvieron la suerte (suerte que buscan porque sino no aparece; es como la famosa frase de que la inspiración te tiene que pillar trabajando) de presenciar como seis lobos jóvenes levantaron a una cierva con su cría del año y, tras una persecución corta, rápida y fulgurante la cría cometió un error que le costó la vida, se tropezó en su huida, cayendo al suelo. Un fatal error que el grupo de jóvenes lobos aprovechó sin dudarlo. No fue una cacería organizada, fue aprovechar la ocasión y en eso, los lobos, son verdaderos expertos.
Continuaron su camino. El reconocimiento de su territorio. El lugar que próximamente la mayoría de ellos abandone para siempre y comience una época peligrosa de vagabundeo que puede durar meses, años o toda la vida. Unos tendrán la suerte de conseguir un territorio propio. Otros de entrar a formar parte de otra manada. Algunos vagabundearán toda la vida y otros morirán en el intento. Así es la vida de un lobo joven. Incierta y peligrosa.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La vida de 11 lobos.

La mañana estaba agradable y las esperanzas eran muchas de poder observar algún lobo en libertad, en su hábitat, en la sierra, en su casa. Esperanzas que se vieron más que cumplidas cuando un hermoso lobo apareció en mitad de un camino y se tumbó al sol que despuntaba en el horizonte. Tranquilo. Sereno. Se estiró cuan largo era y tomó, durante varios minutos, el agradable sol de la mañana hasta que, de repente, se levantó como un resorte y fue corriendo hacia el espeso brezal. Brezal del que salían seis preciosos cachorros de unos tres meses y medio que comenzaron a saltar a su alrededor, a corretear, a morderse. El lobo adulto dio la orden y todos comenzaron a seguirlo por el camino.
Los pequeños cachorros le seguían pero no paraban de jugar en el avance. Se perseguían. Se mordían. Formaban una verdadera pelota de lobeznos que jugaban a saltar sobre uno de ellos que quedaba completamente cubierto. Seguían su avance por el camino detrás del adulto que, en un punto determinado, se salió y volvió al intrincado brezal para terminar en un grupo de piedras en las que se volvió a tumbar mientras, los pequeños, a su alrededor, continuaron jugando hasta que se les acabaron las fuerzas y comenzaron a tumbarse entre la espesura.
Durante la siguiente hora no se movieron del lugar. El adulto se tumbó, cuan largo era, y se durmió profundamente. Esta relativa tranquilidad se vio alterada cuando aparecieron otros tres lobos adultos que fueron recibidos por los pequeños con movimientos constantes de su cuerpo y pequeñas carreras de alegría. Los recién llegados se tumbaron en las rocas. Comenzaba su descanso.
Media hora más tarde una ingenua corza caminaba tranquilamente entre el brezo. Corza que se dirigía directamente hacia donde estaban todos los lobos tumbados. “¡Pero dónde va!” Directa hacia los lobos. Directa hacia la boca del lobo. Se fue acercando sin darse cuenta de nada hasta que, a menos de quince metros, se paró en seco. Se puso tiesa, con la cabeza y cuello estirados, orejas en alerta y, en ese momento, tres lobos se incorporaron y la miraron fijamente. A un lado la sorprendida corza y del otro los tres lobos atentos. En menos de un segundo la corza se giró y salió corriendo a grandes saltos en dirección contraria a los lobos que, solamente, se levantaron para observar como se perdía entre el brezo.
Ni se inmutaron. Estaban con la barriga llena y no les hacía falta malgastar una energía que, seguramente, necesitarían en otra ocasión. La corza se salvó porque los lobos estaban bien alimentados. Se había metido entre cuatro lobos adultos que, en otro momento, de más hambre, hubieran ido a por la despistada corza.
Los lobos volvieron a tumbarse tranquilamente mientras, los cachorros, que se habían asomado a ver qué pasaba volvieron a iniciar un tiempo de nuevos juegos. Juegos que irán afianzando su carácter, su posición en el grupo; observándolos se puede llegar a conocer a cada uno de ellos, a saber quién domina a quién, quién es el despistado o el que anda más libre, al que le gusta investigar, al que le gusta ir con los adultos…al igual que nuestros hijos, los pequeños lobos, son diferentes, tienen personalidades diferentes que se irán marcando desde estos momentos, desde el juego, desde que son muy pequeños.
Pasados unos minutos todo volvió a la calma. Se fueron echando entre el brezo y sobre las rocas. Era el  momento de descansar. De reponer fuerzas. De recuperar energías. A la media hora, un gran lobo oscuro, muy oscuro, apareció entre el brezo. Se dirigía directamente hacia donde se encontraba el grupo familiar. Su andar era firme, decidido, elegante, potente, era un gran lobo. Se fue acercando a través del intrincado y espeso brezal hasta donde estaba todo el grupo.
Los cachorros se sentaron unos y se pusieron en pie otros. Todos miraban hacia el lugar por el que venía el gran lobo. Ninguno lo veía pero era increíble ver como esperaban atentos, las orejas tiesas y el cuerpo estirado, cuello levantado y cabeza en dirección hacia el lugar por el que venía el gran lobo. ¿Lo estarían escuchando? ¿Cómo notaban su presencia?
Cuando apareció, todos los cachorros salieron a su encuentro contoneándose, moviendo su cuerpo como si fuera un gran chicle de un lado para otro. Se acercaban, le chupaban la cara, el morro y se agachaban a su lado sumisos, con las orejas gachas, meneando la cola en un signo de alegría que parecía que la cola tuviera vida propia. El gran lobo comenzó a arquearse, a contonear su cuerpo, a hacer espasmos que hicieron que llevara su cabeza un poco hacia atrás para casi, inmediatamente, abrir la boca y regurgitar en el suelo. Momento en el que todos los cachorros se abalanzaron sobre lo regurgitado para comerlo. 
El gran lobo se habría alimentado de cualquier animal, cazado por él o encontrado muerto, los lobos son carroñeros y si encuentran un animal muerto no desaprovecharán la oportunidad. Se habría alimentado a una distancia que los pequeños lobos todavía no podrían recorrer así es que la manera de llevar esa comida hasta sus lobeznos era en el estómago y además, en forma de papilla, como cuando a nuestros hijos les damos papillas o purés para empezar a comer después de la lactancia. No empiezan a comer carne directamente, hay una transición. Los lobos hacen lo mismo. Se van acostumbrando. El siguiente paso será llevarles un trozo de comida sin digerir, en la boca, para que ellos vayan comiendo. Al cabo de un tiempo irán moviendo a los pequeños hasta el lugar en el que se encuentra la comida y coman de ella. La manera de comer también va afianzando su posición en el grupo. No todo el grupo familiar come a la vez. Hay turnos. Hay rangos. Unos comen antes y otros después.
Con el estómago lleno se volvieron a tumbar tranquilos pero, al cabo de unos minutos, el mismo lobo que los llevó hasta las piedras se comenzó a mover brezal abajo, momento en el que todos los cachorros se levantaron y lo siguieron en fila. Había dado la orden de volver a su lugar protegido, a su encame donde pasarían todo el día.
Bajaban por el brezo en fila cuando, de repente, el lobo adulto que iba al principio se tumbó; inmediatamente todos los cachorros lo imitaron. Desaparecieron entre la espesura. ¿Qué pasaba? ¿Por qué hacían eso? ¿Por qué se tumbaban y desaparecían? Miré hacia las rocas y todos los lobos adultos también habían desaparecido. Se los había tragado la tierra.
El porqué apareció unos cientos de metros más abajo; por un camino subía un coche directamente hacia donde ellos se encontraban. El coche subió y pasó a escasos metros de donde estaban tumbados el adulto y los cachorros. Era increíble ver que no se veía nada, que habían percibido el peligro y estaban actuando para no ser vistos, para no correr ningún riesgo. 
Estaban ocultos. Escondidos. Nos temen y saben que un encuentro con el hombre puede ser muy peligroso y en ocasiones mortal. El coche pasó delante de ellos y unos cincuenta metros mas arriba paró, se bajó un hombre y comenzó a observar el valle; unos ciervos salieron corriendo pero los lobos ni se inmutaron, ninguno asomó. El hombre volvió al coche. Montó y se fue. Hasta que el coche no se alejó unos cientos de metros el lobo adulto no se levantó. Inmediatamente después todos los cachorros hicieron lo mismo y comenzaron a seguirlo por el brezal para salir al camino por el que acababa de pasar el coche. Bajaron por él y se perdieron en el mismo que lugar por el que habían aparecido unas horas antes.
Esta es la vida de un grupo familiar. Esto es lo que sucede en la naturaleza. Esta es la vida de 11 lobos en estado salvaje en un día cualquiera en nuestra sierra. Todo un privilegio de animal que debemos conocer para poder valorar y respetar.

jueves, 25 de mayo de 2017

Siete lobos…

Hacía mucho tiempo que no contaba ninguna historia de lobos en el blog así es que voy a contar una de las últimas observaciones que he tenido de este magnífico animal en la que pudimos disfrutar de un grupo de lobos en una época muy poco propicia para verlos en grupo.
La mañana estaba muy complicada. Una espesa niebla cubría por completo la sierra. Niebla muy baja que no hacía presagiar nada bueno. Había amanecido hacía más de una hora y no se veía absolutamente nada. La resignación empezaba a estar presente en nuestras cabezas, el día no tenía buena pinta pero, como cuando le das la vuelta a una tortilla, cambió.
Lo que más frío nos haría pasar fue lo que nos arregló la mañana, el viento comenzó a soplar helador y la espesa capa de niebla se empezó a desplazar como cuando retiras una gruesa manta de la cama. La niebla desapareció como por arte de magia y la sierra se abrió esplendida ante nuestros ojos. Los colores brillaban con una intensidad desmedida que nos hizo rápidamente ponernos a mirar y a buscar al tan ansiado animal.
El viento que había levantado la niebla acrecentaba la sensación de frío que se metía hasta las entrañas. El tiempo pasaba y no aparecían. Grupos de ciervos deambulaban por el matorral y según avanzaba la mañana se movían hacia sus lugares de encame, un corzo comía tranquilamente y un solitario zorro prospectaba el terreno en un movimiento constante.
La mañana pasaba y el lobo no aparecía, algo que suele pasar en la mayoría de las veces en las que lo buscas pero, con el lobo, nunca se sabe; es imprevisible y, aunque se suele decir que se mueve al anochecer y al amanecer, en esta época del año podría aparecer a cualquier hora del día.
Bien entrada la mañana me acerqué a mi compañera y le dije: “Busca ahí que yo busco aquí”, le comenté esperanzado. Segundos después me dijo muy nerviosa: “creo que he visto algo”. “¿Dónde?”. Le pregunté acercándome a su telescopio. Miré. Busqué. Esperé y…¡ahí estaban!
Se veían muy mal. Avanzaban entre el brezal tapados por el bosquete de robles que estaban cruzando. Estaban ahí. Metidos en el robledal. Había que localizarlos cuando salieran de él…si salían.
Rápidamente nos pusimos a buscar por las zonas que podían salir. La tensión y el nerviosismo se palpaban en el aire. Aunque lo hayas visto en muchas ocasiones cuando se escucha la palabra “lobo” un escalofrío recorre todo tu cuerpo y tus sentidos se ponen en alerta máxima, como así sucedió.
Unas ciervas salieron corriendo del bosquete de robles, señal inequívoca de que allí estaban. Corrieron unos metros y se pararon. Se giraron. Estiraron su cuellos, levantaron las orejas y permanecieron en alerta. Había que seguir a donde miraban, los lobos estaban allí dentro.
Pasados unos minutos, por un lateral del bosquete, apareció un lobo. Se asomó y observó a las ciervas que no le quitaban ojo. El lobo se volvió y se perdió tras unas rocas. ¿Se habrían quedado allí?
Los minutos pasaban muy lentamente y nuestros ojos escudriñaban el brezal que rodeaba a los robles, podían salir por cualquier lado, podían quedarse allí o salir y que, como fantasmas, pasaran delante de nuestras narices y no fuéramos capaces de verlos pero no…pasados unos interminables minutos un lobo salió de entre los robles y otro y otro y uno más…iban en fila…1,2,3,4…7 preciosos lobos caminaban uno detrás de otro, sin prisa pero sin pausa.
Las fotos de esta entrada son representativas del momento.
Su avance era seguro y decidido. Estaba todo el grupo junto, algo muy inusual en esta época del año ya que la pareja reproductora debía de estar separada e incluso la hembra ya podría estar preñada pero no, estaban todos juntos y avanzaban espectaculares por la sierra.
El grupo avanzaba de derecha a izquierda. Según su comportamiento y aspecto podías saber quién era quién en el grupo, aunque lo de su aspecto, en muchas ocasiones es muy engañoso ya que puedes estar viendo a un macho y es una hembra o al revés pero, en este caso, tanto su comportamiento como su manera de marcar y moverse nos permitió saber quién era quién en el grupo.
El lobo dominante era un lobo grande, oscuro, muy oscuro, destacaba de todos por su corpulencia, color y manera de comportarse; la cola recta y la actitud sumisa del resto cuando se le acercaba nos indicaba quién era, era el macho dominante que marcó en varios puntos. Era un lobo fuerte y poderoso que dirigía el avance desde la retaguardia.
Otros dos eran los cachorros del año. Eran más finos, con un color más uniforme y su comportamiento los delataba. Jugaban. Se quedaban rezagados persiguiéndose, tumbándose y echándose uno encima del otro. Cada vez que se quedaban para atrás uno de los otros lobos se les acercaba y les regañaba mordiéndoles en los cuartos traseros para que arrearan con el grupo. Ese lobo que les apremiaba parecía un subadulto al igual que otro de ellos y el último era, al contrario que el lobo oscuro, un lobo muy claro, parecía mas corpulento que los dos subadultos; había muchas posibilidades de que fuera la hembra reproductora del grupo (hembra era ya que la vimos marcar en un punto del recorrido).
Agradezco a Fernando García prestármelas para ilustrar esta entrada.
Les seguimos en un avance de más de cinco kilómetros. Iban a buen ritmo, sin casi parar en ningún momento, sólo cuando los dos más jóvenes se rezagaban o el macho reproductor lo ordenaba. Según avanzaban, los ciervos salían corriendo despavoridos de sus encames. Corrían unos 50 metros y se paraban, se giraban y controlaban a los lobos hasta que se perdían entre el brezal.
Avanzaban a buen ritmo, siempre en grupo, no paraban salvo que uno de los cachorros del año se parara como así hizo en una ocasión uno de ellos que se paró y comenzó a revolcarse, panza arriba, en algo que le estaba resultando muy entretenido. A veces, los lobos (al igual que muchos perros) se revuelcan en excrementos de otros animales o restos para esconder su olor, quizás, aparte de jugar, este cachorro del año, estaría haciendo eso de una forma innata hasta que uno de los otros lobos llegó, le dio con el morro y lo apremió a que volviera al grupo.
Cruzaron caminos, campos, brezales hasta que se perdieron. Era casi la hora de comer. Habíamos estado prácticamente dos horas siguiéndolos. Viendo su comportamiento. Disfrutando de como avanza un grupo de lobos. Donde iba cada uno. Que hacían en el grupo. Quién mandaba y quién obedecía. Quién era un cachorro del año y quién no. Fue una auténtica lección de campo de como se mueven y avanzan un grupo de lobos en la sierra.